Mientras el mundo enfrenta tensiones que podrían desencadenar una tercera guerra mundial, observamos las violencias que se ejercen en nuestro día a día, en Argentina y en Neuquén y la importancia geopolítica de mantener la paz en nuestra región.
Aunque parezca que las aguas internacionales se han calmado en el transcurso de la última semana, el mundo está hace largo tiempo ya, coqueteando peligrosamente con la posibilidad de una Tercera Guerra Mundial. Lo que para muchos parece un delirio apocalíptico, para otros es una lectura lógica de la continuidad histórica.
En dicho contexto, Neuquén no es solo una provincia más dentro del mapa mundial. Su riqueza energética, concentrada en Vaca Muerta, su abundancia hídrica y otros recursos naturales y la lejanía de los focos de conflictos bélicos mundiales, la posicionan como un lugar estratégico no solo para Argentina, sino para la región y el mundo. En un escenario hipotético de un conflicto mundial, estas características cobran una dimensión clave, que puede convertir a nuestra tierra en un punto neurálgico y deseado por diversos intereses.
La interrupción de rutas petroleras internacionales, como el reciente cierre del Estrecho de Ormuz o los ataques a plantas productoras en Oriente Medio podrían aumentar aún más el precio global del petróleo. Esto posicionaría a Neuquén como un actor fundamental en el abastecimiento energético, con el potencial de atraer inversiones y protagonismo, pero también con desafíos vinculados a la seguridad y la estabilidad social.
Desde una mirada geopolítica, Neuquén tiene un desafío, que es esquivar una violencia que tiene raíces profundas, y que se arrastra por décadas o siglos. Es como un hilo rojo que conecta la Primera Guerra Mundial con la Segunda, y ambas con los conflictos actuales. Un hilo de odio, poder y desigualdad que nunca fue realmente cortado.
Ese mismo hilo atraviesa también nuestras realidades locales. Porque, aunque afortunadamente Argentina y Neuquén en particular son tierras pacíficas, la violencia no solo vive en las bombas ni en las fronteras militarizadas de oriente. Vive también en el recuerdo de las interrupciones democráticas, tantas veces influenciadas por las ideologías en pugna durante la guerra fría entre Estados Unidos y la ex Unión Soviética, que en nombre de intereses extranjeros promovieron el terrorismo de Estado y llevaron a los argentinos a alzarse en armas entre sí. Recuerdo que por cierto está latente, irresoluto y siempre permanece en la agenda del debate nacional.
Pero también la violencia está viva y coleando en muchas de las decisiones políticas que se toman, en la corrupción cotidiana, en los discursos que siembran odio y en las injusticias sostenidas por el tiempo.
En Argentina, por ejemplo, ¿qué más violento que falsear los datos del INDEC durante años, negando la realidad de la inflación, ese impuesto encubierto, que pega más duro en los que menos tienen, mientras se seguía emitiendo dinero sin control? ¿Qué más brutal que mentirle a un país entero mientras millones caían en la pobreza y se perdía el poder adquisitivo de generaciones enteras? Esa fue una forma silenciosa pero masiva de violencia: la violencia de la mentira y la manipulación institucional.
Hoy, se habla de otro tipo de violencia que circula desde el poder: el discurso del odio. Cuando un presidente llama a odiar a periodistas, o a cualquier sector de la sociedad, por pensar distinto o incluso por haber ejercido irresponsablemente la función periodística, convirtiéndola en un negocio deshonroso, habilita simbólicamente al desprecio como forma de relación social. Lamentablemente, ese mensaje es capaz de opacar los logros económicos logrados, como la estabilidad y la finalización de muchos de los abusos estatales, ensombreciendo dichos avances. Porque un espíritu nacional que contenga a todos, no puede desarrollarse sobre la base del odio.
En Neuquén también hay historias que duelen. Que Añelo —el corazón productivo de Vaca Muerta— no haya tenido red de gas natural durante años, mientras el recurso se extrae a borbotones bajo sus pies, fue una violencia estructural histórica. Una herida absurda y simbólicamente demoledora que finalmente comenzó a repararse en noviembre pasado con la inauguración de su red de Gas Natural en torno a un acuerdo entre YPF y el Gobierno Provincial encabezado por Rolando Figueroa. Sin embargo, es inevitable preguntarse: ¿Qué otras postergaciones permanecen aún irresolutas en una tierra tan rica en recursos?
Otra forma de violencia brutal fue la corrupción ligada a los planes sociales. Robarle a los más pobres para financiar campañas políticas o engordar bolsillos personales no es solo un delito: es una forma vil de deshumanización. Es decirle a los más vulnerables: tu necesidad es una oportunidad para que yo me enriquezca. Y eso supera la violencia; es crueldad.
Incluso decisiones como la reciente clausura —por fortuna momentánea— del espacio cultural CASATRES en la ciudad de Neuquén —donde se promueve el arte, la gastronomía local y la expresión libre—, muestran cómo también la cultura puede ser víctima de una lógica violenta que prioriza la norma por sobre el sentido, acallando voces justo cuando más necesitamos escucharnos.
Todo esto nos lleva a pensar que la violencia tiene muchas caras. Y que, si queremos evitar que el hilo rojo de la violencia siga tejiendo hasta Neuquén, tenemos que aprender a identificar y denunciar esas formas más sutiles, pero igual de destructivas en nuestra propia casa.
Porque todo acto de violencia —desde un bombardeo hasta una mentira oficial, desde un discurso de odio hasta una injusticia social— deja marcas. Y esas marcas indefectiblemente nos acompañarán en el futuro.
No se trata de espiritualidad abstracta, sino de algo muy concreto: entender que cada una de nuestras acciones, decisiones o silencios tiene un impacto. Lo que sembramos hoy —en casa, en el trabajo, en la calle o desde un cargo electivo en el poder político—, lo vamos a cosechar como sociedad más temprano que tarde.
Si aceptamos que la violencia genera más violencia, también podemos creer lo contrario: que un gesto justo, una palabra cuidadosa, una actitud responsable, o una obra con sentido social puede ayudar a reparar el daño.
Ante el temor de una Tercera Guerra Mundial, el cambio global empieza por decisiones pequeñas, personales, diarias. No podemos exigirle paz al mundo si no estamos dispuestos a empezar a construirla desde donde estamos.
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