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Cuando el pueblo Neuquén era lo más parecido a una película del lejano oeste

Cuatro crímenes ocurridos a principios del siglo pasado reflejan la violencia y el entorno social del incipiente caserío.

Compadrear, pelear por una mujer, discutir por el juego o por los efectos del alcohol eran acciones que podían costarle la vida a cualquier hombre en los comienzos de la vieja ciudad de Neuquén, que en aquel entonces era lo más parecido a un pueblito rescatado de una película del lejano oeste estadounidense del siglo XIX.

Los bares, los almacenes de ramos generales, los prostíbulos y hasta los lugares de trabajo podían ser el escenario perfecto para que se cometiera un crimen a partir de una discusión aparentemente banal o un altercado menor.

Lejos del romanticismo que supone la llegada de pioneros al pueblo fundado por Carlos Bouquet Roldán, la vida en Neuquén era dura y muy peligrosa. La inmensa mayoría de los vecinos andaba armada. Los que tenían dinero cargaban un revolver; los pobres, un cuchillo.

Por supuesto que no toda la ciudad tenía las mismas características. A partir de 1910 podía diferenciarse la zona del Alto y el Bajo con las vías del ferrocarril marcando un límite entre ambos sectores.

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El gobernador había diseñado estas dos zonas a propósito. Al norte, el sector de las instituciones y al sur, el espacio destinado a los comercios y al trabajo rural.

La estación del ferrocarril era un hormiguero cotidiano donde todos los días llegaba gente (especialmente hombres jóvenes) de distintos lugares del país y el mundo en busca de la ciudad del medio del desierto, como la denominaban sus fundadores. En ese contexto, no era extraño que los episodios de violencia se sucedieran casi de manera natural. La seguridad y la Justicia por aquel entonces no daban abasto frente al crecimiento imparable que parecía tener el pueblo cada día que pasaba.

Un grupo de historiadores de la Universidad Nacional del Comahue realizó un laborioso trabajo de investigación recopilando viejos expedientes judiciales que reflejaban cómo era la vida en Neuquén en aquellos tiempos remotos.

María Beatriz Gentile, Gabriel Rafart y Ernesto Bohoslavsky fueron los compiladores, aunque participaron otros historiadores que integraban el Grupo de Estudios de Historia Social (GEHiSo). La investigación terminó en el año 2000 con el libro Historias de Sangre, Locura y Amor. Neuquén (1900-1950).

En varios de los capítulos de esta publicación se recrea cómo era la capital neuquina a principios del siglo pasado y qué tipo de crímenes se cometían, aunque también se analiza el contexto sociológico e histórico que rodeaba a la población del entonces territorio neuquino.

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Crimen en un prostíbulo de Neuquén

Un hecho que se destaca entre tantos casos policiales es el ocurrido en un prostíbulo de la calle San Luis, el 25 de diciembre de 1908.

Durante la tarde, el lugar estaba concurrido por un grupo de personas, “entre las que estaban las pupilas, la dueña y algunos asiduos clientes, bailando y bebiendo con motivo de festejar la navidad. Desde cerca de las 14 horas había llegado al local un hombre llamado Manuel Durán, con algunas copas encima, relata en el libro la historiadora Marcela Debener.

Cuenta que cerca de las 16 horas entró otro (Lázaro Talla) y al encontrar a la pupila Delia Suárez recostada sobre el mostrador, la tomó de un brazo y la llevó al fondo del salón diciendo a los presentes “ahorita los dejo sin hembra". Según lo declarado por la pupila mencionada, "se zafó y corrió hacia la puerta del patio". Dijo que al regresar al lugar encontró que Talla y Durán discutían, pregonándose insultos y amenazas. Y a partir de ese instante la violencia fue creciendo en una espiral imparable.

Durán sacó su cuchillo e hirió a Talla en el brazo. El agredido desenfundó su revólver y disparó. Durán cayó herido en medio del salón de baile. Lázaro todavía alcoholizado y apenas consciente de lo sucedido no se detuvo ni para saber si había matado a Durán, corrió desesperadamente por las calles del Bajo y sólo se detuvo en la casa de su hermana a quien le dijo: "He hecho una muerte en lo de la vieja Patrona porque me estaban compadreando". Le entregó el arma y huyó.

Durán murió 15 días después por una peritonitis, no acusó a Talla y solo se limitó a decir que quien le disparó era solo un "camorrista". Estas declaraciones y las circunstancias del hecho, permitieron alegar "en defensa propia", lo que evitó que Talla fuera condenado por la justicia, según se detalla en el libro basado en el expediente.

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Compadrear, algo imperdonable

En la misma fonda, en el invierno de 1908, ocurriría otro episodio que terminaría con la muerte de un hombre.

El 19 de julio de 1908, Rodolfo Laurín fue hallado muerto en el interior de una chacra ubicada sobre la calle Mitre, frente a las vías del tren en dirección al puente. Estaba sin ropas, sin dinero, con el cráneo y el cuerpo cubierto de golpes de rebenque y estrangulado con un pañuelo.

La víctima había concurrido dos noches antes a un baile que se había organizado en la misma fonda donde durante la Navidad pasada habían asesinado a Manuel Durán.

Al baile en cuestión habían concurrido jornaleros, soldados, ferroviarios, peones, prostitutas, empleadas domésticas y costureras.

Por lo que se pudo reconstruir, todo se inició a partir de la discusión entre dos mujeres que se disputaban el amor de un hombre que motivó un cruce de palabras entre dos parroquianos que estaban en el lugar: Rodolfo Laurín e Hilario Torres, este último un malevo de "mal llevar".

Una de estas mujeres fue invitada a bailar un tango por Laurín, un chileno llegado desde la colonia Lucinda, bien vestido y con plata. Cuentan que mientras estaban bailando, Torres, excedido en copas, lo provocó y lo acusó de “compadrear” (hacer alarde o fanfarronear).

La cuestión es que entre palabras y agravios los dos salieron a la calle. Torres amenazó a Laurín con una daga, pero otros hombres y mujeres, testigos de la escena, intervinieron para separarlos y evitar que corriera sangre en las puertas del baile.

Todo parecía indicar que aquel incidente había terminado en paz, pero no fue así.

Dos días después, el cadáver de Laurín fue encontrado cerca de la fonda. Por lo que dice el expediente, la víctima fue llevada allí por uno o más hombres donde lo golpearon con un rebenque primero y con una piedra después para robarle lo que traía puesto y el dinero que llevaba.

Se concluyó que la víctima fue asesinada por el solo hecho de hacer alarde de su vestimenta y del dinero que traía ante las mujeres que estaban en el lugar. No se lo perdonaron.

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Cargadas que terminaron en muertes

Las disputas por el amor de una mujer o de un hombre, las compadreadas inaceptables y el alcohol en exceso no eran los únicos motivos que generaban hechos de violencia que podían terminar con la vida de una persona en la vieja ciudad de Neuquén. El juego y las “cargadas” también eran motivo de peleas sangrientas.

La noche del 29 de noviembre de 1911 un grupo de jornaleros, peones, empleados de comercio y ferroviarios habían terminado de cenar en una fonda de la calle San Martín, donde los dueños tenían además piezas para alquilar en el fondo del patio. Después de la comida, los concurrentes decidieron jugar un truco de cuatro con la consigna de que la pareja que perdía tenía que pagar una botella de vino.

Tránsito Miranda y Tobías Alonso, dos amigos en apariencia, conformaron una dupla, pero el alcohol y la mala suerte en las cartas hicieron que todo terminara de la peor manera.

A la hora de saldar las cuentas, Tránsito lo acusó a Tobías de no tener dinero para pagar el vino. El otro minimizó las acusaciones y descargó una catarata de burlas sobre el aspecto de su compañero, al que trató de “indio de mierda”.

Mientras los dos se iban a las piezas a dormir, en medio de discusiones y cargadas que iban creciendo, Tránsito sacó un cuchillo y se lo clavó en el abdomen. Tobías murió a los pocos minutos.

Los que estaban en las otras habitaciones fueron testigos de aquel crimen. Tránsito amenazó de muerte a todos los que estaban en el lugar y se fue a un boliche a emborracharse. Poco después fue detenido.

La estación del ferrocarril era el lugar neurálgico de la vieja ciudad de Neuquén y siempre estaba concurrido, especialmente cuando llegaba el tren desde Buenos Aires. Hombres y mujeres concurrían al lugar para conocer a los nuevos vecinos que se asentarían en la capital. Los comerciantes iban con carretas a retirar las mercaderías que llegaban de la gran ciudad.

Muchos de los visitantes se hospedaban en los hoteles cercanos a las vías, pero había otros que se quedaban en los galpones del ferrocarril hasta poder conseguir un trabajo que les permitiera alquilar una vivienda o, al menos, una pieza.

Otra de las historias policiales reflejada en el libro “Historias de Sangre, locura y amor”, tiene lugar precisamente en los galpones de techo de zinc.

Asesinato en la estación del ferrocarril

En septiembre de 1912 cuatro extranjeros que, ocasionalmente se habían albergado en este espacio protagonizaron un confuso hecho de violencia que terminó con una muerte.

Los hombres eran Francisco, un español recién llegado de 55 años, Basilio también español de 21 años, Adrián un belga de 59 años y Juan, chileno de 30 años. Según consta en el expediente judicial muy temprano por la mañana llegarían dos hombres más que dijeron no tener rumbo fijo.

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Todo comenzó temprano a la mañana con una conversación relacionada a posibles trabajos y a aspectos y particularidades del pueblo que recién conocían. Arrancaron con unos mates, pero a media mañana alguien abrió una botella de caña. Y luego otra. Al poco tiempo, Francisco, uno de los españoles, y el chileno Juan cayeron completamente borrachos y se tiraron a dormir en los catres.

Al mismo tiempo, Adrián el belga y los anónimos recién llegados decidieron hacer un concurso de pulseadas para ver quién tenía más fuerza. Y todo terminó mal.

Según los testimonios que se pudieron recabar hubo una fuerte discusión que con el correr de los minutos se tornó más violenta. En medio de la tensión el belga desenfundó un revolver calibre 38. En su testimonio aseguró que disparó al aire para terminar con la pelea. En los hechos, uno de los desconocidos cayó muerto con un balazo.

El belga fue condenado a prisión, pero un año después un tribunal de La Plata revocó la sentencia y el acusado quedó en libertad.

Del hombre muerto no se supo nada porque no tenía documentos que acreditaran su identidad. Sólo llevaba una bolsa con ropa sucia, yerba, un tarro de tabaco negro "La Fortuna", una navaja de afeitar y un papel con membrete escrito en árabe; usaba una gorra color café, pañuelo al cuello, chaquetilla rayada, botines de cuero y pantalón negro; medía cerca de un metro sesenta, aparentaba unos 55 años, pelado y con bigote rubio canoso.

Estos crímenes cometidos a lo largo de cuatro años son apenas una muestra de lo que se vivía en aquella lejana Neuquén a principios del siglo pasado.

Los cuatro hechos de violencia reflejan una realidad con características que bien podrían adaptarse a la realidad de hoy, pero que también contrastan con aquel sueño romántico y pueblerino que tenían los pioneros, aquellos hombres y mujeres que trabajaron para levantar una ciudad en el medio del desierto.

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