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Del Parque Industrial a la calle Fava: los churros que atraen con novedosos sabores

Gonzalo Nill relató la historia de El Artesano, la panadería que rinde tributo al clásico con rellenos convencionales y originales

Un clásico de la panadería, que con el transcurso del tiempo fue reinventándose con diferentes versiones en distintos rincones del mundo, encontró en Neuquén a un hacedor que hoy está dando los primeros pasos para cumplir el sueño de convertirse en una referencia y marca registrada de la región. Se trata de Gonzalo Nill, el dueño de El Artesano, la panadería del bajo neuquino que abrió sus puertas en abril de este año ofreciendo diversas propuestas típicas del rubro, entre ellas churros pero con una vuelta de tuerca.

Es que además de satisfacer al paladar tradicional con los de crema pastelera y dulce de leche, el cocinero apostó por otras variedades que no se suelen encontrar en la zona. Así, a los relleno con frambuesa que ya se instalaron como opción en diferentes comercios de la ciudad, sumó para diferenciarse otros exponentes de la variedad dulce como batata, membrillo, marroc y manzana con canela, sabor que pegó fuerte entre los adultos mayores que se acercan a su local, ubicado en Fava 417.

El Artesano también buscó salir de lo común al subirse a la tendencia de los churros salados que están teniendo buena recepción en otras geografías y así lanzó los rellenos con queso azul, también conocido. Un gusto particular que tiene sus detractores entre los que no son partidarios del roquefort, pero que va ganando fans día a día cuando Gonzalo invita a una suerte de degustación a quienes ponen un pie en su panadería.

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Los Inicios

La vocación de Gonzalo por la panadería arrancó hace un poco más de una década, después de que decidera cambiar los aires de su Luis Beltrán natal para probar suerte en la temporada estival en Las Grutas. Con el espaldarazo de un amigo comenzó a foguearse en el oficio en K'scaritas, la churrería artesanal que supo construir una trayectoria de 10 años en la ciudad balnearia.

"Allí trabajé como ayudante en la sala de elaboración y aprendí a hacer churros, donas, chipá, tortas fritas", dijo el panadero al recordar el ritmo exacerbado del verano y el invierno siguiente donde decidió instalarse, luego finalizar su fugaz etapa como estudiante de marketing en Neuquén.

"A partir de ahí entre de lleno en la panadería. Al tiempo intenté tener un microemprendimiento en Beltrán pero no funcionó", comentó antes de contar por qué volvió a poner la mirada y su vida en el Alto Valle con el proyecto de entablar su propio negocio "apenas se pueda".

"Conozco Neuquén desde que tengo uso de razón. De chiquito siempre viajé para ir a ver a mi tío, el hermano de mi mamá que vive acá y siempre vi que hay mucho movimiento, buena economía. Si pones un local, lo trabajas bien y le metés horas, podés lograr algo más", subrayó.

Tras su llegada en 2015, Gonzalo comenzó a trabajar en un autoservicio. Tiempo después y en paralelo, se asoció con un amigo para abrir una verdulería -sobre la calle Belgrano al 1000- en la que también se encontraban productos de almacén y fiambrería.

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"Ese negocio duró unos dos años. Yo me quería abrir para ponerme una panadería, así que decidimos cerrarlos y yo me compré unas máquinas de panadería. El tema fue que como no encontraba ningún local para alquilar, guardé todo y como no conseguía ninguna oferta de trabajo empecé a preparar churros y panes en mi casa para repartirlo en los comercios. En ese momento vivía en Rincón del Valle. Me acuerdo que me levantaba bien temprano para ir a vender la primera tanda a un puesto que estaba en la entrada del Parque Industrial. Iba a las 5 o 6 de la mañana. Luego hacía otra tanda para vender en los comercios de Neuquén", agregó. "Eso fue en el 2021 y así habré estado más o menos un año", calculó.

El sueño del local propio

Luego de sumar experiencia con panificados en Plan Gourmet donde se encargaba de elaborar panes, focaccia, prepizzas y tartas, Gonzalo volvió a insistir con un local que había intentando alquilar tiempo antes para concretar su objetivo. "En un primer momento no tenía el dinero para llegar a un acuerdo, igualmente yo seguía viéndolo porque siempre iba a visitar a un amigo que tiene una carnicería enfrente. Además conservaba el número de la dueña, de modo que la volví a llamar y pude alquilarlo", manifestó con alegría.

Una firma y dos meses después el panadero de oficio pudo dar uno de los pasos más significativos en miras de su principal anhelo. "Una vez que tuvimos todos los servicios y las habilitaciones correspondientes, armamos un espacio muy chiquito y abrimos", señaló y remarcó que afortunadamente enseguida comenzó a cosechar una clientela fiel de vecinos que se acercan a comprar el pan y otros productos y otra gente hace una parada "de pasada" para comprar churros y tortas fritas. Aun nos falta un poco más de decoración e iluminación pero son cosas que de a poco las vamos a ir incorporando", deslizó.

"Lo que más vendemos son churros, tortas fritas y chipá, ese el el podio de nuestro ranking de productos del momento. También vendemos rosquitas, raspaditas o tortitas mendocinas (como le dicen algunos), pan de campo, pan de tira y bollitos que los hacemos a mano, no con máquina. También tenemos pizzetas y prepizzas de harina común y de salvado que vuelan enseguida", indicó Gonzalo.

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"En unas semanas quiero lanzar unos churros que van a estar decorados - no bañados- con chocolate y otros adicionales. Va a ser más largo además. La idea es diferenciarnos a otras fábricas de churros. Lo clásico no lo vamos a sacar nunca, pero vamos a sumando nuevos sabores para quienes se animen a probar cosas nuevas. Mi sueño es ser el número 1 de los churros de la Patagonia, que la gente nos recomiende, que seamos una referencia", agregó.

Con el conocimiento de la buena convocatoria que tienen los churros en el paseo costero de Neuquén, Gonzalo ya comenzó a trabajar en el despliegue de vendedores ambulantes con sus productos. "Calculo que el mes que viene algunos van a estar dándose unas vueltas por el Paseo de la Costa y por Gatica. Van a ir con remeras y gorras de El Artesano para que la gente pueda identificar la marca", comentó.

Aunque las jornadas laborales de Gonzalo son largas y se encarga en solitario de cada una de las tareas de su panadería, él está feliz. "No sé si es una pasión, pero me gusta ver las cosas que hago y que los clientes lo consuman, me pone muy contento observar ese resultado. Las devoluciones que me dan por suerte son todas buenas", concluyó.

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