Nunca sentimos su ausencia porque en ciertos momentos del día, entre las urgencias de la vida cotidiana, recuperamos su voz y es como revivir esa promesa de un regalo tan deseado o algún consejo que con el paso del tiempo nos damos cuenta que tenía toda la razón. Nunca sentimos su ausencia porque cada tanto rescatamos de algún cajón un álbum de fotos y allí está, joven con una imagen que refleja la eternidad toda. O en esa otra imagen con uno de pequeño en sus brazos firmes y contenedores, sintiendo que nada nos iba a pasar estando con él.
Nunca sentimos su ausencia porque reconstruimos la particularidad de su andar, el ruido de sus pasos subiendo las escaleras de la casa, el abrazo sentido y firme para celebrar alguno de nuestros logros, la mirada tierna y la sonrisa perfecta cuando le contábamos ideales o sueños que perseguíamos.
Son esos episodios mínimos los que nos traen de vuelta a ese padre que hoy no está junto a nosotros. Es esa suave alegría del desamparo, que no duele, que no lastima. Mi padre siempre acompañó, a su manera, cada una de mis búsquedas y decisiones y también ciertas tempestades de aquel adolescente. Esa es la enseñanza que me transmitió, el legado que me dejó y que, con aciertos y errores, trato de repetir, desde que me convertí en padre, con mis hijos. El tiempo dirá, si fui un fiel representante.
Cuando mi padre murió -por estos días se cumplieron doce años de su partida- recordé aquello que escribió Osvaldo Soriano en su relato “Reloj” tomando una cita del escritor belga Georges Simenon: la fecha más importante en la vida de un hombre es la de la muerte de su padre; los hijos comprenden que era el mejor amigo.
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