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El sabio croata que con un telar en Aluminé le vendía telas a Harrods

Juan Benigar creó la primera industrial textil neuquina en Aluminé y enviaba su producción a la sucursal de Buenos Aires de la famosa tienda londinense.

“De profesión industrial tejedor”, consignó Iván (Juan, en español) Benigar en el formulario con que gestionó la ciudadanía argentina tras arribar proveniente de Zagreg, capital de la República de Croacia, donde nació en las vísperas de la Navidad de 1883. De nacionalidad esloveno, por sus lazos sanguíneos, siendo joven lo atrapó la Ingeniería Civil, estudió en la Universidad de Praga, pero también la filología y los idiomas, ya que durante su vida dominó cerca de veinte lenguas como el sánscrito, latín, japonés, alemán e italiano.

En 1908 decidió abandonar Europa para forjar su destino en el sur de la Argentina. Se cuenta que Benigar fue motivado a emprender ese viaje a la Norpatagonia porque de niño había leído un libro sobre los araucanos, tema al que le dedicó gran parte de su vida en tierras patagónicas. Primero llegó a Colonia Lucinda (actualmente Cipolletti) y un tiempo después se instaló en Colonia Catriel donde conoció a Eufemia Barraza, su primera esposa, de nombre indígena Sheypukiñ, emparentada con la dinastía Catriel. Esta mujer, con la que tuvo once hijos, fue quien le abrió las puertas al universo de la cultura ancestral mapuche y sobre todo le enseñó el arte del telar vertical. Además de asimilar estos conocimientos, Benigar volcó sus saberes de ingeniero realizando los primeros canales de riego de la Colonia Catriel con el objetivo de fortalecer la agricultura de la zona.

A comienzos de 1925, luego de trabajar en varias chacras de Río Negro, el escritor Félix San Martín (quien entre 1930 y 1932 fuera secretario de la Gobernación del Neuquén y luego gobernador interino) le ofreció a Benigar trabajar en el campo de su propiedad y se trasladó al puesto Quilla Chanquil, donde falleció su esposa, y posteriormente a la estancia Pulmarí donde se estableció en lo que llamó “El Manzanal de Poi Pucón”, próxima a la frontera chilena del por entonces Territorio del Neuquén, cercano a la localidad de Aluminé. Se casó con Rosario Peña, descendiente de mapuches y originaria de Ruca Choroy, con quien tuvo cuatro hijos.

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Una prenda con etiqueta de Harrods que se exhibe en el Museo Municipal de Aluminé.

Una prenda con etiqueta de Harrods que se exhibe en el Museo Municipal de Aluminé.

San Martín fue amigo y mecenas de Benigar con quien compartió su valiosa biblioteca sobre temas afines a la Patagonia y Neuquén en particular.

La periodista e historiadora Ana María de Mena, quien investigó sobre Benigar, escribió que “Eufemia lo instruyó sobre el telar vertical mapuche con el que tejía prendas y accesorios hogareños. Él lo modificó y confeccionó telas para vender. Llamó a la tejeduría ‘Industria Textil Sheypuquiñ’”. Señaló que, gracias a la tarea realizada por Benigar, en Aluminé nació la primera industria textil neuquina y una de las primeras de la Patagonia. Benigar, quien murió en Aluminé en 1950, se decía esloveno por formación, croata por el lugar de nacimiento e “hijo espiritual de la Patagonia”. El telar con correas de cuero, según la periodista, se accionaba con la fuerza hidráulica del agua del canal que había construido desde su casa hasta Carrilil. La fabricación de la tela requería de varios pasos, en los que la mano de obra era fundamentalmente familiar, contando con al menos una persona asalariada. La tejeduría estaba compuesta por varias máquinas que segmentaban el proceso. Por un lado los husos móviles, en cantidad de 3 ó 4. Por el otro, el telar propiamente dicho, movilizado con energía hidráulica y accionado con pedales y palancas.

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Juan Benigar con sus hijos.

Juan Benigar con sus hijos.

Cercano a su vivienda había construido un resguardo de adobe para instalar husos, bastidores, lanzaderas y demás elementos de la tejeduría. Algunos de sus hijos contaron el arduo trabajo que realizaban: “Todos sabíamos hilar, ahí teníamos ovejas, se esquilaba, se lavaba la lana y se hilaba la lana. Ahí hilábamos mis hermanas y los varones también cuando estábamos en la casa en invierno. Tres, cuatro horas y hacíamos tres mil, cuatro mil metros de hilo porque todo eso iba medido, porque según la medida del hilo se hacía el tipo de tela”. “Cuarenta, cincuenta metros, un carretel grande tenía, como unos tres metros de diámetro. El ancho tenía más de un metro, la tela salía de noventa. Siete, ocho mil metros por día sacaba. Le dábamos, teníamos una mujer que nos preparaba la lana, la lavaba, limpiaba la lana, la choriceaba, así era una montaña de lana, eso nos aguantaba poco”.

En algunos trabajos biográficos sobre Benigar se precisa que él mismo preparaba la combinación de dos colores distintos, y también hacía el teñido de la lana con una mezcla de anilinas alemanas con unos pigmentos vegetales de corteza de lenga y otros árboles. “De los indios aprendió a colorear la lana. La chilca, muy difundida en la cordillera es muy buena para dar color. Empleaba hojas secas, pero tenía que teñir la lana hasta veinte veces. Cuando comenzó con el empleo de hojas frescas, era suficiente solo con tres baños para lograr el color negro y dos para el marrón. Con agregar a la solución dos tercios de anilina, consiguió un color uniforme”, contó un estanciero en la biografía que escribió José Peterlin.

En tanto, el doctor Gregorio Álvarez precisó que las piezas de cuarenta metros por noventa centímetros de ancho en seis colores diferentes (negro, marrón, blanco, gris, verde oscuro y gris claro), Benigar las despachaba por correo. “La combinación de estos colores y distintas tramas daban un surtido variado para los compradores, que eran personas de buena posición económica que apreciaban la calidad y podían pagar la confección de prendas a medida que hacían con ellas”, explicó la periodista.

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La vivienda de Juan Benigar en Poi Pucón, donde falleció el 14 de enero de 1950, sentado bajo la sombra de un manzano.

La vivienda de Juan Benigar en Poi Pucón, donde falleció el 14 de enero de 1950, sentado bajo la sombra de un manzano.

Viejos lugareños de Aluminé afirmaron que Benigar enviaba telas a Harrods Gath & Chaves, afamada tienda londinense que en marzo de 1914 abrió su única y emblemática sucursal en la calle Florida 877 en la ciudad de Buenos Aires. Un lugar que reflejaba la bonanza de un sector de la sociedad argentina y una clase media deslumbrada por los productos europeos. Hasta el mismísimo Marcelo T. de Alvear asumió la presidencia de la Argentina, el 12 de octubre de 1922, con un frac realizado con paño de la industria textil creada por Benigar. Probablemente el sastre lo confeccionó con el material comprado en Harrods. La producción que salía del telar de Benigar y abastecía a la famosa tienda se mezclaba con lo que también se ofrecía allí como gabardinas y casimires ingleses, tweeds escoceses, entre otras prendas.

No solo “Don Juan” o “El sabio europeo”, como lo llamaban quienes lo conocían, vendía sus telas a la gran tienda porteña, también recibía encargos de clientes de distintos puntos del país, según consta en las cartas que forman parte del acervo del Museo Municipal “El Charrúa” de Aluminé. En este lugar se conserva un saco de homespun (hilado de tejido sencillo y tela casera realizada en forma artesanal) en la que se puede observar la etiqueta de Harrods.

En el libro “Benigar, el sabio que murió sentado”, su autor Victor Sulcic recogió un valioso testimonio del croata que da cuenta de la organización que llevaba adelante y del respeto hacia el trabajo del hilandero al que le pagaba según lo producido. En una libreta que Benigar llevaba en su bolsillo, anotaba todos los días los metros que producía cada hilandero. “Al final, sumo los resultados de cada cual, y cuando cobro la mercadería vendida, se les abona religiosamente lo que corresponde, en proporción al metraje realizado. Como usted ve una especie de cooperativa familiar que nos permite, aunque modestamente, pasar la vida”, confesó el croata.

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En una libreta que Benigar llevaba en su bolsillo, anotaba todos los días los metros que producía cada hilandero. “Al final, sumo los resultados de cada cual, y cuando cobro la mercadería vendida, se les abona religiosamente lo que corresponde, en proporción al metraje realizado. Como usted ve una especie de cooperativa familiar que nos permite, aunque modestamente, pasar la vida”, explicó el croata.

En una libreta que Benigar llevaba en su bolsillo, anotaba todos los días los metros que producía cada hilandero. “Al final, sumo los resultados de cada cual, y cuando cobro la mercadería vendida, se les abona religiosamente lo que corresponde, en proporción al metraje realizado. Como usted ve una especie de cooperativa familiar que nos permite, aunque modestamente, pasar la vida”, explicó el croata.

“Aunque no hacía publicidad ni mercadeo, sus telas estaban posicionadas y eran demandadas por los consumidores, lo que califica a la tejeduría como emprendimiento exitoso”, señaló de Mena.

Su gran sueño era formar una cooperativa familiar para darle ocupación a unas cien familias indígenas. Ese proyecto jamás se concretaría dado que el gobierno nacional nunca le entregó las máquinas necesarias para llevar adelante el proyecto. Incluso el presidente Marcelo T. de Alvbear apoyó la iniciativa y encargó una turbina que nunca llegó a Aluminé. Benigar murió el 14 de enero de 1959 en el paraje Poi Pucón, sentado bajo la sombra de un manzano.

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Juan Benigar fue sepultado entre las tumbas de sus dos esposas.

Juan Benigar fue sepultado entre las tumbas de sus dos esposas.

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