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La Mañana Escalada de violencia

Hay que sancionar un código de convivencia a la carta

El ataque a un inspector de Tránsito dejó a la vista que el respeto a la autoridad ha naufragado. La violencia en su mejor expresión.

Hay tareas que se emprenden a sabiendas que representan un riesgo que no debería ser tal, pero en una cultura tan iracunda como la nuestra, lamentablemente lo es.

En esos empleos están erolados los integrantes de las fuerzas de seguridad, quienes en cualquier intervención, por más que sea de pura rutina, puede terminar mal. A la lista podríamos sumar a los inspectores, tanto de Comercio como de Tránsito, que no están armados, pero que con sus libretas de multas suelen representar una grave amenaza.

Si bien no es aceptable la violencia como justificación de nada, la violencia existe y se ejerce en todo tipo de situaciones. El oficio de inspector no es sencillo, genera indignación en los comerciantes porque muchas veces son sancionados y ni hablar del humor de los conductores furibundos que a sabiendas de estar incumpliendo las normas suelen justificar todo con frases tales como: "estaba en verde", "el velocímetro decía 40" o el tradicional "fueron dos minutos que me estacioné y ya me voy".

Lamentablemente, si los inspectores son indulgentes con cada uno de los que se excusan, nadie estaría cumpliendo la ley. Sí deberíamos confiar en que la buena preparación del inspector le permitará tener un criterio humanitario para contemplar situaciones muy puntuales, pero en Argentina, todo puede fallar.

Ahora, que como sociedad se permita que se pueda golpear gratuitamente a un inspector por hacer su trabajo, es señal de que estamos muy mal. Incluso las instituciones pertinentes como municipio, juzgado de paz y la misma justicia penal deberían intervenir de oficio y sancionar en forma ejemplificadora a quienes incurren en dichas prácticas.

La pérdida de autoridad es un fenómeno que viene creciendo desde hace un par de décadas y eso fue motivado por las mismas autoridades que relajaron todo a tal extremo que la palabra de un docente está a la par o por debajo de un alumno o del padre, por dar un ejemplo cotidiano.

La autoridad, se supone que se ejerce desde el saber y la prudencia velando por intereses superiores que favorezca el desarrollo de los ciudadanos. Lo que ocurre hoy, es que cualquiera tiene la posibilidad de querer imponer su visión, incluso de lo que se debe sancionar o no, pasando por encima de la ley o castigando a golpes a quienes la pretenden hacerla cumplir en el espacio público.

Nos encaminamos a un código de convivencia a la carta donde las normas se ajustan a voluntad y necesidad de cada uno. Habrá que ver de sancionar el código del antojo ciudadano.

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