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La Mañana Antártida

La científica neuquina que trabaja en la Antártida y cuenta el día a día en el continente blanco

Se doctoró en Biología en la UNCo y pasará más de un año en la Base Carlini. Habló de su trabajo, entre la soledad y el retroceso de los glaciares.

Desde sus primeros años, cuando se dejaba sorprender por plantas y animales en una chacra de Plottier, la bióloga neuquina Rubí Azul Duo Saito sabía que su vocación iba a estar siempre cerca de la naturaleza. Aunque todavía no sospechaba que iba a encontrar su norte en el Polo Sur, hoy cumple el sueño de todos los científicos con una misión en la Antártida Argentina, donde se dedica a recolectar datos de biología costera y animales marinos.

"Yo creo que a todos aquellos que les gusta la ciencia lo llevan desde chiquitos", explicó Rubí desde la base Carlini. Son las nueve de la mañana y aún no empieza a aclarar. Afuera, el termómetro marca cinco grados bajo cero, "buen tiempo" para los invernantes que afrontan las temperaturas más extremas del continente blanco. "Yo creo que siempre tuve cierto interés de saber por qué son las cosas y cómo funcionan", agregó.

"Me crié en una chacra de Plottier y todo bichito que pasaba me llamaba la atención", recordó la investigadora de 33 años. Aunque se debatía entre estudiar Veterinaria, Biología o Biología Marina, finalmente decidió mudarse a Bariloche para seguir la carrera de Licenciatura en Ciencias Biológicas en la sede cordillerana de la Universidad Nacional del Comahue (UNCo).

Tras su graduación, se quedó en Bariloche. Había algo en el hielo que parecía atraparla. "Hice mi doctorado estudiando levaduras de ambientes extremos fríos, y hacía mi trabajo en los glaciares de alta montaña. En ese momento, la Antártida ya estaba en mi radar", explicó.

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Si bien hay microorganismos de hielo que sí están presentes en los glaciares de la cordillera andina, toda la bibliografía que inspiraba los estudios de Rubí describía la vida de la Antártida, una región inhóspita pero fascinante desde el punto de vista científico.

El desafío de viajar a la Antártida

Ya con su diploma de doctora bajo el brazo, la investigadora se planteó un nuevo desafío para el futuro y así se embarcó en un arduo proceso de selección para trabajar como científica técnica de apoyo en una de las bases de la Antártida Argentina. Su objetivo era conseguir, a fuerza de conocimiento y estudio, un ticket para llegar a un destino que sólo visitan las fuerzas armadas o los turistas que pagan millones para visitar un lugar exótico.

"A todos los que les interese este tema les recomendaría que estudien mucho porque realmente vale la pena", afirmó. Y aunque admitió que su historia tiene una dosis de mérito y otra grande de apoyo económico y contención de familiares y amigos, agradece poder trabajar de lo que le apasiona y descubrir puntos remotos gracias a su trabajo.

"Me hicieron solamente una entrevista sobre mis estudios y mi conocimiento", dijo Rubí sobre el proceso de selección. Quizás fue porque su currículum ya habla por sí solo. O quizás porque el desafío de esa tierra cubierta de hielo no pretendía hacer tambalear su perfil como científica sino poner a prueba su resistencia a un entorno hostil.

"Lo más duro del proceso de selección fue la evaluación psicológica, fueron como cuatro o cinco entrevistas para saber si estaba preparada y tenía el carácter para afrontar la vida en la Antártida", aclaró. Es que la base Carlini, donde llegó, garantiza no sólo temperaturas extremas y vientos agresivos, sino también una buena dosis de aislamiento y encierro, casi sin conexión con el continente.

Pasada la euforia por la noticia de haber quedado seleccionada, Rubí se apuró a brindar en la última Navidad. A fines de diciembre, se embarcó en una aventura que marcaba no sólo un hito en su carrera como científica sino que abría una oportunidad de introspección y el diseño de su carrera hacia el futuro.

La científica neuquina había estudiado -e imaginado- la Antártida miles de veces. Sin embargo, la primera postal de la base Carlini, en el norte del continente, la sorprendió. "Me esperaba un lugar más desolado y me sorprendió ver tanta vida alrededor", relató. Y aunque sabía que podía encontrar animales marinos en ese sector, sonrió al ver un pequeño grupo de elefantes marinos durmiendo tranquilos junto al cartel de bienvenida.

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El verano suele ser más amable con las personas que viven en la Antártida. Cuando llegó, un total de 75 personas convivían en la base de este territorio argentino. "Llegamos casi sin conocernos y enseguida festejamos Año Nuevo. Se suelen hacer estudios sociológicos acá porque se produce un fenómeno raro, se crean amistades con mucha rapidez, y nos pasa de conocernos mucho por tanto tiempo que compartimos. A mis compañeros les conozco mañas que no sé de mis mejores amigas", aclaró.

En ese sector del continente sólo se accede a Internet de baja velocidad. "Tenemos 6 megas y cuando éramos 75 personas, teníamos que pedir turnos para conectarnos. Nos daban una hora por día, que podíamos distribuir", afirmó la científica. Así, su conexión con Neuquén, Bariloche y el resto de sus seres queridos se hacía escasa e intermitente. En cambio, la inmensa soledad del hielo se presentaba, abundante, frente a sus ojos.

La rutina en la base Carlini

Cada mañana, a las 8, Rubí está lista para el desayuno. El cielo sigue oscuro sobre la base Carlini y, una hora después, se suma a una reunión operativa para definir los trabajos de cada día. En el invierno, son 29 las personas que viven en ese lugar, y la mayoría son militares que trabajan en mantener la base operativa. "De los 29, sólo 6 somos civiles, el resto es dotación militar, dentro de la dotación es más que nada de apoyo para mantener la base en funcionamiento, se dedican a las instalaciones, taller, usinas, motores. Hay cocineros, médicos, enfermeros y la jefatura", aclaró.

A ellos se suman los seis civiles: Rubí y su colega bióloga, dos informáticos, un meteoróloga y un trabajador de logística de la Dirección Antártica. En grupo, cada mañana deciden qué tareas van a realizar, si hace falta embarcarse o si harán recorridos a pie por los glaciares. "Si el tiempo lo permite, porque muchas veces el viento es tan fuerte que no se puede salir", aclaró.

Las temperaturas en la base Carlini pueden caer a los 18 grados bajo cero con facilidad. Cuando el viento sopla, inclemente, la sensación térmica es de 30 bajo cero. Y así, pese a la indumentaria especializada y ese temple que los abriga por dentro, no hay más opción que quedarse puertas adentro y hacer trabajo de oficina. "Eso es lo que menos disfruto, yo elegí ser bióloga para estar en el campo y ensuciarme las manos", se rió.

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"Cuando tengo actividades de navegación, se habla en las reuniones de coordinación con los encargados para que manden un timonel y los chicos de buceo, si es necesario", aclaró. "Cuando me toca hacer algún censo de animales, como petreles o focas, tengo que salir de la base y hay un refugio en donde me puedo quedar en caso de que empeoren las condiciones de tiempo o simplemente para descansar de la caminata y tomar unos mates", relató.

Aunque el frío es elocuente en ese lugar, Rubí aclaró que desde el Instituto Antártico les proveen de indumentaria especial para hacer frente a las temperaturas extremas. Los mamelucos y pantalones de nieve se complementan con abrigos especiales y también trajes de agua que los protegen del frío y que los ayudan a flotar. "Ante un movimiento brusco de la embarcación, alguna persona puede caer al agua", explicó la joven sobre una prenda que los podría salvar de ahogarse o congelarse en el océano Antártico.

Las jornadas laborales en la Antártida culminan a las cinco de la tarde en el verano y a las dos en invierno, porque la noche se apodera del continente helado a las cuatro. "Después de ese horario, se hace trabajo de oficina, aprovechamos a usar el gimnasio o nos reunimos a charlar, ya no hay otras actividades hasta las 8, que es el horario de la cena", explicó.

Las comidas en la base Carlini

En la base Carlini reciben visitas frecuentes del rompehielos ARA Almirante Irizar, que les trae los insumos y alimentos necesarios para sobrevivir en una tierra cubierta de glaciares. También se lleva a algunos de los habitantes temporales de regreso al continente y trae nuevos compañeros. "Tenemos una alimentación muy calórica para hacerle frente al frío, no nos falta nada pero hay algunas cosas que extraño, como las ensaladas, o que llevo seis meses sin comer bananas, porque no llegan todos los tipos de frutas", relató.

En otras ocasiones, llegan productos a través de los aviones Hércules o desde una base de la Antártida Chilena, que está muy cerca de su emplazamiento. Esos viajes sirven también para que Rubí envíe algunas de las muestras congeladas, de moluscos, por ejemplo, que apuntan a estudiar los niveles de contaminación en el agua y el sueño. Así, pese a las limitaciones de Internet, nunca están del todo desconectados del continente.

Su trabajo de investigación

Rubí no dirige una investigación propia en el lugar. Por el contrario, realiza distintas tareas de apoyo para investigaciones científicas históricas. "Son investigaciones del Instituto Antártico que llevan mucho tiempo, algunas desde los años 90", aclaró la investigadora. De esa manera, su rutina es siempre cambiante: un día cuenta la cantidad de elefantes marinos en determinada región, otras veces mide los microplásticos del agua. Con sensores, mide la infiltración de la luz, la salinidad del agua, la clorofila o los sedimentos en suspensión.

La neuquina combina esas jornadas de trabajo de campo con tareas de oficina y algunos días en los que el viento suspende cualquier tipo de actividad. Así, se quedará todo el invierno y la próxima Navidad: su fecha de retorno está prevista para 2025. "Estoy teniendo una buena experiencia y creo que va a dejar un gran recuerdo en mí", explicó.

"Cada vez que me cruzaba en el continente con alguien que había venido, tenía un recuerdo muy lindo de la Antártida, incluso aquellos que habían sufrido muchas inclemencias climáticas", relató. Y agregó que este espacio le permite no sólo sumar experiencia, nuevos contactos y más puntos a su currículum: el tiempo a solas con el hielo también le dio la oportunidad de replantear su carrera como científica.

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"Hasta ahora, tengo incertidumbre para el futuro", dijo y aclaró que confía en que esta oportunidad abra nuevas puertas para su trabajo, que aporta datos fundamentales para conocer y preservar el ambiente. "Como es la primera vez que vengo, no puedo compararlo con nada, pero mis compañeros que ya habían visitado la Antártida años atrás me dicen que se nota mucho el efecto del cambio climático", afirmó.

“La Antártida es un sitio que nos indica cómo está afectando el cambio climático global. La fauna, flora y microorganismos de la Antártida son muy sensibles a los aumentos de temperatura, ya están adaptadas a este frío extremo permanente”, aseguró.

Y así, mientras el hielo retrocede y desnuda islotes desconocidos, mientras el glaciar Fourcade desprende sus pedacitos los microplásticos se ciernen como una amenaza microscópica, los invernantes se arman de la ciencia y el conocimiento para defender ese rincón del sur que les marca un norte en la brújula, siempre cerca del estudio y la protección de la naturaleza.

Qué es la base Carlini

La base está ubicada sobre la costa, donde a esta altura del año se observaba nieve con hielo, resaltando sobre el cielo blanco, el cerro Tres hermanos, frente al glaciar Furcade.

La base Carlini es un laboratorio natural, en una zona de la península antártica que está muy afectada por el cambio climático, cada vez hay menos precipitaciones en forma de nieve porque las temperaturas son más altas.

Las edificaciones que hay en lugar son en su mayoría laboratorios y alojamientos, una casa principal donde se encuentra la cocina y comedor.

Además, se destacan el acuario, la sección de buceo, el instrumental del Servicio Meteorológico Nacional que se encuentra al aire libre, los tanques de almacenamiento de combustible, sensores geotérmicos, paneles solares y sismógrafo.

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