Las paredes del mundo no lo olvidan. Los barrios se niegan a su ausencia por eso en los muros observamos su figura. Las imágenes con su mágico pie izquierdo llevando la pelota en esa corrida triunfal dejando ingleses desparramados por el piso, con esa melena enrulada con las camisetas de Argentinos Juniors y Boca Juniors, o levantando la Copa del Mundo del ’86, se multiplican.
Maradona se convirtió en una obra de arte, igual que su forma de jugar. Cada lugar del mundo tiene un recuerdo del Diez. La universalidad de Maradona llegó a ser retratado en Villa Fiorito, donde nació, hasta en un mural entre las ruinas de la guerra en el noroeste de Siria o en un campamento de refugiados palestinos en el Líbano. Pero nada puede compensar su ausencia física ni siquiera estos mil y un retratos urbanos del genio del fútbol mundial; estos santuarios callejeros para tenerlo siempre presente.
“El muralismo cumple una función litúrgica, de presencia permanente, de cosa eterna”, explicó Gabriela Saidón, autora del libro "SuperDios, la construcción de Maradona como santo laico".
La tristeza por su muerte se convirtió en un hecho artístico, en un sentir popular como curación colectiva en cualquier rincón del mundo, porque Maradona parece haber estado en todos lados en sus sesenta años de vida, analizó el sociólogo Pablo Alabarces.
Ahora, Maradona podrá ser visto en la inmensidad. Hoy, cuando cumpliría 62 años, se inauguran dos gigantescos murales: uno de 45 metros por 40 situado en un edificio sobre la avenida San Juan en la ciudad de Buenos Aires y otro de 40 metros de alto por 12 de ancho en un edificio cercano al aeropuerto internacional de Ezeiza. Ver a Diego cerca del cielo, emociona.
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