"Mis padres se enteraron que estaba en la guerra porque me vieron en la televisión"
“Cuando empiezan a picar las balas uno se acuerda del día que nació”, recuerda con intensidad Rubén Carrupan cuarenta y un año después la batalla de Monte Longdon, la más cruenta y encarnizada de la Guerra de Malvinas que tuvo lugar entre las fuerzas británicas y argentinas durante la noche del 11 hasta la madrugada del 12 de junio de 1982. De los trescientos efectivos que participaron en la batalla, solo noventa lograron llegar a la capital malvinera. El resto quedó muerto, herido o prisionero, lo que hace de este combate uno de los más intensos y mortales de la guerra.
Carrupan tenía 23 años cuando llegó a Malvinas con el Regimiento 5 de Infantería de Paso de los Libres, Corrientes y fue designado jefe de grupo de la sección exploración de la compañía de comandos. Había nacido en Plottier el 1 de octubre de 1959 y a los 17 años dejó su hogar para unirse a la Escuela de Suboficiales del Ejército “Sargento Cabral” en Campo de Mayo. “Hice la primaria en la Escuela 60 y la secundaria en el CPEM 8 en Plottier pero llegué hasta tercer año. Eramos cinco hermanos y a mi padre, que trabajaba en Vialidad, se le hacía difícil bancarnos los estudios a todos, así que tomamos la decisión de irme a Buenos Aires a estudiar en la Sargento Cabral”, cuenta.
Tuvo que enfrentar no sólo el desafío de la separación de su hogar en Plottier sino también una situación inesperada a raíz del conflicto entre Argentina y Chile por el Canal de Beagle que puso a los ejércitos de ambos países a un paso de la guerra. “Comencé la carrera que eran dos años pero empecé mal porque en 1978 tuvo lugar el conflicto con Chile. Fue toda una experiencia porque era asumir una gran responsabilidad siendo tan joven y había que saber llevarla”, comenta.
A pesar de su juventud, tuvo la responsabilidad de liderar un grupo de diez soldados durante cinco meses en el Refugio Militar Pino Hachado como parte del Regimiento de Infantería de Montaña 21 de Las Lajas.
En marzo de 1982, pidió el traslado al Regimiento de Infantería de Paso de los Libres, sin saber lo que sucedería semanas después cuando las tropas argentinas recuperaron las Malvinas interrumpiendo 149 años de ilegítima posesión británica.
Mientras desayunaba en el casino de suboficiales, la noticia del desembarco llegó por la televisión. “Estábamos desayunando en el casino de suboficiales y por la televisión el periodista de ATC José Gómez Fuentes anuncia que recuperamos las Malvinas. Nos miramos unos a otros, todo era una gran incógnita”, recuerda.
En pocos días, el regimiento fue trasladado a Comodoro Rivadavia como refuerzo. ”Nos dijeron que teníamos que relevar a la tropa que hacía días estaba en la costa de Puerto Argentino. El grupo que embarcó estaba compuesto de 55 hombres dividido en tres grupos, uno de esos grupos era el de tiradores, y yo estaba en este grupo”, aclara.
Fue todo tan rápido que cuando llegó a Puerto Argentino lo que más lamentó fue que no le había podido avisar a sus padres sobre su destino. “No nos dieron tiempo de avisar y despedirnos de nuestras familias. Por supuesto que eramos conscientes de que íbamos a una guerra pero a veces los muchachos decían ‘Cómo van a venir de tan lejos los ingleses a atacarnos’”.
Lo que sí sabía Carrupan era que con la ropa con la que habían arribado a Puerto Argentino no iban a poder resistir el frío. “Llegamos con la ropa que teníamos, ropa liviana, camiseta ballenera, camiseta de manga corta y chaqueta. No nos dieron más ropa. Los borceguíes que teníamos eran de llanura no de montaña”, describe.
El regimiento fue asignado a la ocupación de Puerto Howard, en la Isla Gran Malvina donde tenían la tarea de defender esa posición a cualquier costo. Los soldados fueron distribuidos en distintos puntos estratégicos para resistir los embates del enemigo.
Pero la “verdadera” guerra estalló el 1 de mayo. En la madrugada del sábado los británicos atacaron el aeropuerto de Puerto Argentino con más de 20 bombas de mil libras. Los aviones Harrier y Sea Harrier, lanzados desde el portaaviones “Hermes” iniciaron un bombardeo implacable sobre las fuerzas argentinas. La situación era apocalíptica.
“Fue impresionante, hacía mucho frío, el cielo estaba todo estrellado y escuchamos las bombas que caían cerca del aeropuerto, por la onda expansiva nuestras carpas volaban como si nada y los Sea Harrier ingleses parecían pájaros que subían y bajaban. Parecía una película pero era la realidad. Quedamos impactados, nos metimos en los pozos de zorro y empezamos a disparar”, revive. Carrupan se dio cuenta de que estaba frente a la vida o la muerte.
Mientras pasaban los días crecía la preocupación de Carrupan por sus padres que no sabían nada de él desde que había llegado por primera vez al regimiento de Paso de los Libres. Su mente se sumergía en esa preocupación, sin saber si estarían bien o si llegaría a verlos nuevamente. Sin embargo, lo que desconocía era que sus padres habían visto su rostro en televisión durante un reportaje que realizaba Nicolás Kasanzew, el único periodista que cubrió la guerra para ATC. Carrupan apareció en una de las notas del periodista leyendo una carta escrita por unos alumnos de una escuela dirigida a los soldados en las islas. “Cuando mi mamá me vio en la televisión que estaba en la guerra entró en una depresión de la que no se pudo levantar. Cuando regresé y la vi así, sentí una gran culpa. Al final no la disfruté nada”, dice con voz quebrada.
Carrupan lideró a su grupo en la defensa de Monte Longdon, donde enfrentaron a las fuerzas de infantería inglesas. Dos de sus hombres, Raúl Alegre y Antonio Aguirre, murieron en combate, lo que causó un gran dolor en Carrupan. “Me mataron a dos de mis hombres, es un dolor grande que aún permanece, me impactó muchísimo. A esos chicos me los habían dado en Paso de los Libres. Pelearon y quedaron allá”, confiesa. Eran hijos de campesinos chaqueños y correntinos. Explica que eran muy parecidos de cara, así que los bautizó Sapo uno y Sapo dos. “Eran unos muchachos muy aguerridos, les había tomado aprecio enseguida. Es un dolor grande que aún permanece”, describe. Cuando Sapo dos murió quedó tendido boca abajo en su pozo y Carrupan sintió un dolor asfixiante. Después Sapo uno fue herido mortalmente.
“Antes de salir del pozo paso revista para saber si estamos todos. Sapo dos no responde. Le ordeno a Ortigoza que vaya a la posición de Sapo dos. Cuando vuelve me dice que estaba tirado en el pozo boca abajo y cuando lo movió le vio un agujero en el pecho y me dice que no había nada que hacer. Ahí sentí un dolor que me asfixiaba. Continuamos el combate y le dan a Sapo uno, se retuerce de dolor y la sangre le mancha la chaqueta. 'Mi cabo, me dieron', me susurra. El sapito me abraza mientras Ortigoza le practica un torniquete en alguna parte del hombro. El sapito me dice que se muere, yo le respondo que no, pero los dos sabemos que es verdad”, relata el hombre. Sintió que había perdido a sus propios hijos en la guerra.
"Continuamos el combate y le dan a Sapo uno, se retuerce de dolor y la sangre le mancha la chaqueta. 'Mi cabo, me dieron', me susurra. El sapito me abraza mientras Ortigoza le practica un torniquete en alguna parte del hombro. El sapito me dice que se muere, yo le respondo que no, pero los dos sabemos que es verdad. Sapo uno murió en mis brazos. Es como si hubiera perdido a mis hijos". Sapo uno era el apodo que Carrupan le puso a uno de sus jóvenes soldados.
"Para qué murieron, para qué matarnos, para qué nos arrebataron la juventud y una vida que nos cambió para siempre. Tiene que haber una respuesta aunque no la encuentre. Por ellos y por mí, seguiré buscando. Ya no estoy solo, seguiremos buscando una explicación que nos deje en paz sin disfrazarse de olvido” , se pregunta en su casa de Villa El Chocón. Preguntas que se las viene haciendo hace 41 años.
Destaca el trato que recibieron los soldados argentinos prisioneros de guerra por parte de los soldados británicos una vez firmada la rendición argentina ante Gran Bretaña tras 74 días de combate: "Nos encerraron en un galpón donde se esquilaban las ovejas en Puerto Darwin. Algunos tenían miedo de que los ingleses nos mataran o nos prendieran fuego a todos", comenta.
Carrupan integró el último contingente de combatientes que embarcó en el Rompehielos ARA “Almirante Irizar” para regresar a Puerto Deseado y desde allí ser trasladados hasta Campo de Mayo “donde nos lavaron la cabeza de que no teníamos que hablar nada de lo que había ocurrido en Malvinas. Ese silencio que nos impusieron fue otra guerra que tuvimos que enfrentar”. “Fue doloroso, lo peor para nosotros, sufrir allá, en la guerra, y después acá porque no podíamos hablar de nada, fue algo aberrante”, agrega. Permaneció 45 días en Campo de Mayo donde fue tratado por un psiquiatra. “Un superior mío, un oficial, me volvía loco porque quería enseñarme de la guerra a mí que la había sufrido. Yo le decía ’Si vos no estuviste, qué me venís a contar a mí que sí estuve’. Después de eso ya no quería saber más nada y pedí la baja", relata.
Volvió a Plottier para estar con su familia aunque recuerda esa época como un "calvario". "Cuando bajaban los aviones al aeropuerto era de terror. Cualquier ruido que escuchaba lo relacionaba con la guerra, las secuelas que deja la guerra son terribles. Las noches eran tremendas, había noches que no dormía. Si no hubiese sido por la contención de mi familia, no sé qué hubiera sido. Muchos de nuestros compañeros no pudieron resistirlo, algunos se suicidaron, otros se dedicaron al alcohol o las drogas. Yo gracias a Dios tuve a mi familia que me entendió", cuenta.
Fueron tiempos en que se mantuvo en silencio respecto a lo que había vivido en la guerra, salvo que alguien le preguntara. Pasó mucho tiempo para que pudiera hablar con su familia, sobre todo a partir de la publicación del libro "La guerra en mí", realizado por Diego Suárez, Darío Altomaro, Ailin Muchella y Juan Servidio, que recopila testimonios de diecisiete neuquinos que participaron de la contienda bélica, entre ellos Carrupan.
Regresó a Paso de los Libres donde conoció a su mujer y después a mediados de los años ’90 decidió volver a Plottier donde en una escuela nocturna hizo todo tipo de cursos desde instalaciones eléctricas y motores. También se acercó a ayudar a un amigo que dirigía una escuelita de fútbol en el barrio Los Canales. Destinó tiempo para hacer el curso de director técnico de fútbol. Desde hace tres años reside en Villa El Chocón y tres veces por semana recorre 65 kilómetros para dirigir a los chicos de formativas del club Los Canales de Plottier. "La paso bárbaro entrenando a los chicos, me gusta el fútbol, además tengo dos nietos, uno de 10 y el otro de 13, que juegan en el club", explica y resalta que lo hace ad honorem.
Carrupan se dispone para las fotos, despliega una bandera argentina con las Islas Malvinas e invita a sus jugadores a posar junto a él. Algunos de los chicos se sorprenden al enterarse que su entrenador combatió en la guerra de Malvinas, donde las balas de las tropas inglesas picaban cerca, y él tomaba el fusil y disparaba mientras en su mente comenzaba un flash de imágenes que lo llevaban a su infancia, al viento volando los cardos rusos en la barda, los chapuzones en el Limay, el gusto de las manzanas robadas en la chacra del vecino, el delantal blanco y la maestra de la escuela 60 retándolo por tener las uñas sucias, el gusto de los membrillos, el perro del amigo que movía la cola.
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