En los últimos años, el término “woke” se inmiscuyó sin permiso en el diccionario. La palabra se usaba, en realidad, para designar a los que enfrentan o vigilan los excesos del racismo, pero hoy, se plantó como un calificativo algo desdeñoso para todo aquello que es políticamente correcto -quizás demasiado- y que llega a rozar la cultura de la cancelación.
Ahora, los woke están en el ojo de la tormenta por haber prohibido, o incluso reescrito, aquellos libros clásicos que forjaron la cultura occidental y que, según ellos, resultan potencialmente ofensivos para algunos colectivos o minorías sociales. En las escuelas públicas de Estados Unidos, la primera víctima célebre fue “Matar a un ruiseñor”, de Harper Lee. Y le siguieron otros autores de la talla de Agatha Christie y Roald Dahl.
La obsesión por ofenderse de la generación de cristal se muerde la cola con posturas totalitarias que se alejan de la empatía e incluso subestiman la inteligencia de los lectores. Leer a Karl Marx no te convierte en comunista, y tampoco va a iniciar un genocidio todo aquel que lea “Mi Lucha”.
El expresidente norteamericano Barack Obama se pronunció en relación al fenómeno y consideró a este puritanismo anacrónico como un peligro para la libertad que, según él, “comienza con nuestra capacidad de compartir y acceder a las ideas, incluso, y quizá especialmente, a aquellas con las que no estamos de acuerdo”.
Ante el avance de la cultura de la cancelación, surgió la resistencia con clubes de lectura de libros prohibidos, que proponen leer una idea en su contexto. Empatizar con las posturas que no nos pertenecen y que hasta nos duelen. Ofendernos. Perdonar. Y así, comprender. Para crecer y evolucionar no hay que borrar ni cancelar la historia. Hay que resignificarla para aprender y ser mejores.
La lectura como resistencia
Aunque los sectores republicanos encontraron en esta tendencia una posibilidad de reivindicar sus valores conservadores, la censura de libros también dio lugar a movimientos de resistencia. Con clubes de libros prohibidos, los estudiantes buscaron promover la lectura de un listado de libros que fueron cancelados por ser potencialmente ofensivos y que, según la ONG Pen America, llega a 2500 títulos.
De forma inesperada, el retiro de libros creció en las bibliotecas públicas de Estados Unidos, porque la prohibición generó una mezcla de curiosidad y de necesidad de leer y problematizar esas posturas que, en el contexto actual, podrían resultar escandalosas, pero que deben ser leídas acorde a su contexto.
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