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La Mañana San Martín

San Martín, su sable corvo y nuestros libros

Nuestro libertador usó uno de sus premios militares para fundar una biblioteca. Poblarlas, hoy, es un homenaje a su figura.

Padre de la Patria, libertador, líder militar de la independencia argentina. En los retratos, los monumentos o los dibujos de nuestras revistas infantiles, José de San Martín aparecía siempre como un guía. A veces con su sable corvo, a veces con la bandera. Y casi siempre, con el dedo: su índice apuntando hacia la cordillera de los Andes, hacia ese horizonte de liberación que llegaba al entender que unirnos con nuestros hermanos y romper las cadenas ajenas también nos libera.

Después del cruce de los Andes y tras de la batalla de Chacabuco que derrotó a los realistas en Chile, el Cabildo chileno recompensó a nuestro prócer con una Orden de Mérito y un premio de 10 mil pesos. San Martín no compró nada para él: destinó todo ese dinero a fundar una biblioteca. Porque ahí, en los libros, encontraba armas más efectivas que su sable.

“Las bibliotecas, destinadas a la educación universal, son más poderosas que nuestros ejércitos para sostener la independencia”, dijo en ese entonces. Ya antes, aceptaba donaciones literarias de los obispos y expropiaba los libros de los realistas derrotados de este lado de la cordillera para ponerlos al servicio de su nueva y gloriosa nación.

San Martín luchó por su pueblo libre. Pero luchó, sobre todo, por su pueblo educado. Seguro lo sabía: su sable corvo dejaría de ser empuñado por su mano férrea para ser, algún día, una pieza de museo. Y entonces, sólo el saber de los ciudadanos podría sostener los laureles que él supo conseguir.

A 209 años de esa frase, las bibliotecas parecen ser sólo un lugar para los nostálgicos. Y esa educación universal que él propugnaba hoy resiste como puede los embates de la sobreinformación, el contenido chatarra de las redes sociales, los mensajes fragmentados y una enorme crisis de atención que hacen del aprender una tarea que propone más esfuerzo que recompensa.

Pero ahí está: ese debería ser nuestro homenaje. Ni flores en los monumentos ni desfiles con marchas militares. ¿Por qué no poblar las bibliotecas que él mismo fundó? Entender que educarse era su propuesta para sotener la independencia. Y hacerlo hoy, cuando aprender con compromiso y humildad es tan díficil como cruzar la cordillera, es un gran acto de heroísmo.

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