Si se meten con la pelota, digamos todo
Mientras todos estamos sumidos en el magnetismo del Mundial de Qatar y disfrutando cada una de las últimas pinceladas de magia que nos regala Messi, emblema por excelencia de este deporte tan maravilloso como es el fútbol, la pelota sigue girando en la región pese a los golpes que ha significado en estos dos últimos años las muertes en los predios. Pero no exageren.
No intentaré hacer ningún tipo de defensa a los torneos amateur que son administrados por gente grande que sabe muy bien lo que tienen que hacer, lo que están haciendo y el negocio que representa.
Solo me limitaré a explicar lo que pasa cada sábado a miles de tipos que vamos a jugar a la pelota. Llegamos a la cancha entre una hora y cinco minutos antes del partido. Algunos hacen entrada en calor y otros aprovechan para charlar a la sombra con propios y ajenos.
El equipo en el que estoy tiene más de 30 años, varios estamos por llegar a los 50 y otros ya lo han superado, por lo que en las canchas nos cruzamos con rivales, amigos y conocidos a los que vemos desde hace más de 10 años de mínima.
El fútbol nos regala esa horizontalidad en la que todos somos igual sin importar la condición laboral o económica. Siempre lo ha hecho y así he tenido el gusto de experimentarlo. Acá no hay billetera ni título que valga. Acá juegan todos sin importar la rusticidad ni la habilidad.
El sábado a la tarde todos quieren estar, más allá de la condición física que no es poca cosa y los médicos lo saben y también ellos participan del torneo. Pero no olvidemos que en Argentina, la salud no es algo internalizado culturalmente. De hecho, muchos no hacen nada porque salen reventados del trabajo y con la cabeza quemada.
Esa falta de actividad, sumado a la ausencia de controles médicos regulares convierte a gran parte de los que asistimos a los torneos en una bomba de tiempo.
Pero también les puedo asegurar que muchos de los que participan en estos torneos, no estarían vivos y con cierto grado de cordura si no fuera por la catarsis que representa ir los sábados a la jugar, charlar con amigos, reírse que es tan saludable y que solo algunos lo logran en esas tardes, porque también la pelota es terapia.
Ahora, no seamos hipócritas. Mejoremos los controles médicos en lo inmediato, pero no nos olvidemos que la muerte está a la vuelta de la esquina para todos. Te puede tocar en una cancha, atrás de un escritorio, manejando o empuñando una pala.
Si quieren preocuparse de verdad por la gente grande, avisen a los políticos sobre la cantidad de jubilados que se mueren a diario porque después de una vida de trabajo y aportes, viven en la miseria, cobrando la mínima y con una atención médica degradante.
Digamos todo y no transformemos al fútbol amateur en el chivo expiatorio.
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