Ya casi nadie se inmuta cuando los ven limpiando los parabrisas de los automóviles o cuando están vendiendo estampitas o cualquier tipo de producto entre las mesas de los bares o restaurantes.
Los niños y niñas que trabajan son parte del injusto paisaje urbano que tienen todas las grandes ciudades, un escenario al que la inmensa mayoría está acostumbrada, como si esas postales se hubieran naturalizado a tal punto que ya nadie se asombra o a nadie le duele. Neuquén no está ajena a este drama.
Hoy se celebra el Día Mundial Contra el Trabajo Infantil, una efeméride que seguramente se pasará por alto, especialmente en la Argentina donde la dirigencia política está enfrascada en sus propios problemas internos y donde las agendas que deberían ser urgentes para incluir y sacar de la pobreza a millones de chicos, son solo discursos o promesa de solución, algo cada vez más común en tiempos electorales.
Hay cifras que duelen, pero es bueno recordarlas para que estas efemérides no caigan en el olvido o para que no sean nada más que una mención oportunista y demagógica entre tantos dirigentes que hablan mucho, proponen poco y no hacen nada.
En la Argentina ya hay ciudades con más de 60% de pobreza infantil y otras con más de 15% de indigencia en menores de 14 años, un fenómeno que empuja a las calles a millones de niños y niñas para ganarse la vida por sus propios medios.
“En la infancia vivimos y después sobrevivimos”, decía el escritor español Leopoldo María Panero.
Esa frase tan simple que rescata a los primeros años de vida de las personas como el refugio temporal más seguro, feliz y confortable, quedó en desuso hace tiempo.
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