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Trabajo a pulmón en el refugio Cura Brochero: así es la vida de 30 hombres en situación de calle

La mayoría tiene problemas de adicciones y allí los acompañan para salir adelante. Hay 12 voluntarios que entregan parte de sus vidas por los otros.

El comedor está en el medio de la casa, allí se encuentran para desayunar. Cada día le toca a uno diferente hacer el mate cocido, a veces comen tostadas con manteca, otras facturas. Se preguntan cómo están. Algunos se van a sus trabajos y la mayoría se queda en los quehaceres del refugio neuquino Cura Gabriel Brochero, donde conviven 30 hombres en situación de calle.

Casi todos tienen problemas de adicciones a las drogas y al alcohol: es que es un padecimiento difícil de esquivar para los que no tienen un hogar. Pero una vez que están adentro del refugio las cosas parecen cambiar, allí se acompañan entre todos, tienen el apoyo profesional que necesitan y también espiritual.

Al refugio se ingresa a través de una puerta de chapa blanca. Las ventanas que dan a la vereda suelen estar cerradas, no se ve nada para dentro. Pero una vez que se atraviesa esa puerta la sensación de resguardo está latente en el aire.

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Los hombres que viven allí tienen desde 18 y hasta 80 años. Algunos están tomando mate, otros haciendo ejercicio en el patio. Un par tendrán que lavar la ropa de todos, limpiar el pasillo, o los baños. Para no olvidarse de las tareas hay un cartel que detalla, día por día, a quién le toca cada obligación.

Los que llevan más tiempo en el refugio son los encargados de recibir a los nuevos. Les explican la importancia de mantener el orden, la limpieza de su espacio y de su ropa y siempre están dispuestos a escucharlos. Le cuentan que el living -un pequeño espacio con un sillón y un televisor- es prioridad de los abuelos y que el único lavarropas que les queda funcionando está prendido todo el día.

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Myriam Francisquini es la coordinadora del lugar. Ella es trabajadora social jubilada y todos los días concurre al refugio de manera voluntaria. Es la que recibe a los hombres cuando llegan a pedir ayuda y también la que los acompaña en su andar. Todos la quieren y le agradecen su bienvenida y, del mismo modo, ella tiene palabras de reconocimiento para cada uno de ellos.

"La demanda va aumentando todos los días. Sabemos que hoy en Neuquén hay unas 180 personas en la calle, y seguramente me quedo corta", contó compungida Francisquini, a LMNeuquén. El refugio está completo y, por eso, a muchos que no pueden ingresar los ayudan con una vianda, les lavan la ropa o les permiten darse una ducha. Tienen incluso una lista de espera con varios aspirantes. Todos los días un joven nuevo golpea la puerta.

Igualmente, Myriam sabe muy bien que no toda la gente que está en situación de calle quiere estar en un refugio o una institución y contó que muchos llegan de otras provincias o ciudades con promesas de trabajo que no se cumplen y se quedan en la calle.

"Hoy tenemos 30 hombres en situación de calle con distintas necesidades, distintas características, muchos con problemas de salud, también nos lo derivan de los servicios sociales de los hospitales, terminan una internación o una intervención quirúrgica y quedan en calle", contó la coordinadora.

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Una de las habitaciones que comparten los hombres del refugio.

Una de las habitaciones que comparten los hombres del refugio.

Refugio Cura Brochero: un poco de historia

El refugio neuquino Cura Gabriel Brochero es una asociación civil sin fines de lucro que funciona en Neuquén hace 7 años. Comenzó como un espacio donde hombres que estaban en la calle podían pasar la noche y durante la pandemia pasó a ser directamente una casa para ellos, donde reciben una atención integral hasta que puedan tener las condiciones para mantenerse.

El Gobierno de la Provincia aporta los víveres para la comida y paga a algunos de los operadores. El resto -que ahora son 12- trabaja de manera voluntaria. El Obispado cedió, en calidad de préstamo, el espacio donde funcionan, ubicado en Echeverría 140, en el barrio Villa María.

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El gimnasio a cielo abierto del refugio.

El gimnasio a cielo abierto del refugio.

A los hombres que se refugian ahí los ayudan para sacar turnos médicos en los hospitales e incluso entre ellos se acompañan para ir. También los ayudan en las gestiones para obtener su DNI (si es que lo habían perdido), en su escolaridad y los apuntalan para buscar trabajo. Los hombres asisten a Narcóticos Anónimos dos veces por semana y en el refugio, una vez a la semana, tienen talleres de consumo problemático, arte y educación física.

Una psicóloga concurre de manera voluntaria para atender a los hombres que lo necesiten y acompañantes terapéuticos, también voluntarios, que destinan muchas horas para apoyarlos. Un ejemplo de ello es Ana Montes de Oca, quien asiste al refugio todas las tardes. "Trabajo de forma individual con ellos, manejo su medicación, toda la parte de salud, sus turnos", contó la acompañante terapéutica desde el comedor del hogar, mientras todos esperaban la polenta para el almuerzo.

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"La calle trae adicciones, van de la mano lamentablemente", aseguró la mujer, cuyo testimonio se suma a lo que asume la mayoría sobre los problemas con la droga y el alcohol. Otros, aunque no son adictos, no pueden pagar un alquiler y eso los dejó fuera de la posibilidad de tener una casa. Quizás hasta tienen trabajo, pero con eso no pueden llegar a los 200 o 250 mil pesos que sale hoy un alquiler en Neuquén. Por eso golpean la puerta del refugio.

Las historias de ellos

José Fernández es uno de los hombres que vive en el refugio. Sin dudarlo, se acercó a charlar con LMN y contó que llegó por problemas de consumo. Vivía con su esposa y su hijo en Ingeniero Huergo, pero su adicción a la cocaína lo hizo equivocarse muchas veces. Finalmente se separó e ingresó al refugio. donde pidió ayuda para salir de las drogas.

Tiene 41 años y hace seis meses que lucha para salir adelante. Contó que desde que ingresó no consumió y que acompaña a sus compañeros ingresantes cuando tienen que ir al médico. Incluso dijo que Myriam lo está guiando para que estudie Acompañamiento Terapéutico y así poder seguir ayudando. Aún no se anima a irse y a enfrentarse con un mundo donde las drogas están en cada esquina.

"La estoy peleando día a día con mucho esfuerzo. Muy agradecido a este lugar y a Myriam, que es quien me abrió la puerta en el momento que yo había tocado fondo", contó José, sobre su segunda lucha, la primera la tuvo a los 19 años, cuando en un trabajo una máquina le agarró el brazo derecho y se lo cortó.

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Pablo tiene 50 años y llegó porque no tiene vivienda y es adicto a las drogas. Le abrieron las puertas y estaba feliz de tener esta oportunidad para salir adelante. En su primer día le enseñaron que de lunes a viernes el desayuno es a las 8, y que lo hace uno de los convivientes. Otro de ellos se encarga de la merienda. El almuerzo está en manos de la cocinera y se sirve a las 13. Para preparar la cena se ponen de acuerdo entre todos.

"No hay normas rígidas acá, sino cuestión de hacer cosas de laborterapia: hacer para no pensar en cosas malas. A veces tenés que lavar los platos o el pasillo. Yo soy poliadicto, al alcohol y a las drogas, es raro que alguien que vivió en la calle no sea adicto, la misma calle te da ganas de consumir", contó por su lado Lucas, quien vivió en la calle durante 8 años, lavaba coches, pedía plata y mendigaba comida. "La comida la conseguía, alguna pizzería te daba, pero para consumir (droga) hacía falta tener plata", describió el hombre de 45 años.

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Rosa María es la cocinera y Eli es la voluntaria que la ayuda. Ambas preparan todos los mediodías el almuerzo para sus "chicos", como les dicen ellas, a pesar de que algunos tocan las 8 décadas.

Ambas contaron que todos los días disfrutan de esta labor, que los hombres que viven ahí son muy "alegres y respetuosos" y que siempre están predispuestos a ayudar y agradecidos. "Me siento bien porque lo hago para los chicos y me siento útil, yo les cocino y ellos me brindan su cariño, son mis hijos del corazón. Todo lo que hago les gusta, si les hago fideos hervidos ellos están agradecidos", confesó con dulzura Rosa María, quien aseguró que en todos los años que está nunca vivió una situación de violencia.

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En otra mesa del comedor, otros tres hombres tomaban mate. Dos de ellos estaban de franco, trabajan como seguridad. Martín tiene 50 años y hace cinco meses que está en el refugio. Llegó por adición a las drogas y el alcohol.

"Me enteré de este lugar en el espacio de desintoxicación del hospital Castro Rendón. Igual cuando salí de ahí no vine enseguida para acá. Seguí deambulando y consumiendo un mes más, y decidí venir porque ya no tenía más resto para seguir viviendo. Fue un mes que pareció una eternidad, me quedé en la Terminal de Ómnibus, en la calle, en la casa de algún que otro compañero de consumo", contó.

Para Martín lo importante en esta enfermedad es "hablar" y eso hace en el comedor, con sus compañeros y con los acompañantes. "Es pelearla día a día, no hay fórmulas mágicas", consideró.

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Manolo, el conquistador del grupo.

Manolo, el conquistador del grupo.

En la mesa también está Manolo, hombre canoso, de ojos celestes y voz gruesa. Usa camisa, a pesar de que está de franco. Llegó al refugio derivado luego de una severa operación de corazón en el Hospital Castro Rendón. Vive allí hace un año. No tiene problemas de consumo, aunque no hay diferencias entre los convivientes. La semana entrante cumplirá 64 años, hace 15 que vive en Neuquén. No cobra jubilación, aunque tiene fe de poder conseguir una pensión por su 90% de incapacidad tras la operación.

Es papá y sus hijos ya le dieron 8 nietos, con los que habla habitualmente por videollamada aunque hace mucho que no los ve en persona, están en Ushuaia. "Hoy tengo franco en el trabajo y nos escuchamos con los chicos, nos ponemos el hombro entre nosotros", aseguró.

Manolo es muy querido en el refugio, es como el padre de varios y no tira la toalla de la conquista: hasta la propia Myriam confesó, entre risas, que le pidió matrimonio muchas veces, pero que él no afloja.

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Durante la visita de LMNeuquén al refugio, otro hombre se acercó a charlar. Necesita trabajo, dijo con angustia. Es Claudio, tiene 52 años y hace tres meses que llegó después de estar muchos meses en la calle. Trabajó como vendedor en dos empresas de electrodomésticos por más de dos décadas, pero tras su cierre quedó literalmente en la calle. Después trabajó por su cuenta, pero no le fue bien.

Se había ido por trabajo a Tierra del Fuego y volvió a Neuquén donde estaban sus hijos, confiado en que, como había trabajado acá por años, alguno de aquellos conocidos le daría una oportunidad. Pero las puertas se le cerraron. "Me fui a la Terminal, pedí permiso para estar, a veces algún conocido me acercaba una comida. Pero pasaron los meses y no conseguí trabajo. Fui a Desarrollo Social a pedir ayuda y me hablaron de este refugio", describió el hombre, quien espera en el corto plazo conseguir trabajo para empezar una nueva vida.

Myriam contó que con la llegada del invierno se encontraron con la falta de ropa para los hombres. Necesitan camperas y también ropa juvenil para los más chicos, así como zapatillas y zapatos. Los que puedan donar pueden contactarse al 2996228523.

"Son muchas las historias que tenemos acá. Tenemos un señor que nunca consumió que vino con todo un problema serio de calle, en su momento con problemas de salud. Y hoy armó su proyecto y se está formando, es acompañante terapéutico de los chicos y ya está alquilando una casa. Hizo un proceso maravilloso y logró salir de esa situación de vulnerabilidad", concluyó Myriam, con la esperanza de que muchos más corran la misma suerte.

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