Ninguno de los dos la merece

En el suple Dale! del lunes, el prestigioso colega Fernando Pacini, uno de los mejores comentaristas deportivos del país, opinó que después de los bochornosos episodios del fin de semana en las adyacencias y el interior del Monumental, esta edición actual de la Copa Libertadores debería quedar desierta.

Pasaron cuatro días y cada vez más acertado y coherente aparece aquel concepto. Es que lejos de calmarse los ánimos, se acentuaron las grietas y afloraron las peores miserias humanas.

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Así, quienes debían bajar un mensaje prudente, de calma, fueron los encargados de echar leña al fuego, con la “patoteada pública” de ayer de Rodolfo D’Onofrio, presidente de River, a su par de Boca, Daniel Angelici, como más claro ejemplo.

“Vení a jugar, pueden ganar, no somos tan buenos”, canchereó, incluso, el titular millonario. Todo delante de decenas de micrófonos y cámaras. Patético, aunque luego intentó disculparse.

La Copa Libertadores debería quedar desierta tras el papelón y las miserias de unos y otros.

Claro que el Tano tampoco es la madre Teresa de Calcuta. Es el mismo que tras agradecer el gesto de River y comprometerse a jugar al día siguiente, fue volando a pedir la descalificación del eterno rival en la Conmebol. Acá, el que no corre vuela.

Independientemente del fallo, que estaba al caer, los dos clubes quedaron muy expuestos en este papelón mundial. Y perdió el fútbol argentino en su conjunto, que mostró su cara más triste al planeta: la de la violencia, la polémica, la ventaja, la trampa.

La final, decía también Pacini, perdió interés. Pero estaba convencido de que iba a jugarse por su “sentido comercial”. Ese maldito negocio que mata al más popular de los deportes, como su entorno putrefacto.

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