No habrá ninguno igual

Nada es eterno. Salvo las leyendas. Sobre todo esas que se construyen heroicas, gloriosas, apasionadas, desbordantes de talento y ejemplos. Esas que están llenas de momentos únicos, irrepetibles, capaces de erizarte la piel cada vez que regresan a recordarte lo mágico que puede ser el deporte jugado por alguien que trasciende el Olimpo albiceleste y es venerado en todo el planeta.

Ya hace rato que Manu venía masticando este paso a la inmortalidad a sus jóvenes 41. Y no eligió un día más. Catorce años atrás, un 27 de agosto, fue el goleador de un partido que reflejó, como pocos, la dimensión de su grandeza. En los Juegos Olímpicos, en Atenas, en semifinales, ante el dream team de LeBron James, Tim Duncan, Kevin Garnett y Carmelo Anthony, Manu Ginóbili guió a los suyos rumbo a la historia. Esa que ahora le guarda un lugar gigante como su huella.

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Poco antes, en 2001, en el Ruca Che neuquino había empezado a llevar a la Generación Dorada de la mano hacia lugares inimaginables. Lo mismo que hizo con su carrera en el otro planeta del básquet, esa NBA inalcanzable en la que apenas un par de años antes nos emocionaba si el Colo Wolkowyski jugaba un par de minutos.

Manu conquistó ese mundo tan lejano disfrazado de invencible superhéroe, con poderes increíbles que envidiaron los otros superhéroes, rendidos a sus pies mientras ganaba cuatro anillos con los Spurs y un lugar en ese mítico Salón de la Fama que pronto le abrirá las puertas. Las del corazón de los amantes del deporte ya las había abierto hace rato. Cuando su mano izquierda, sus piernas, su espíritu y su mente construyeron al deportista más completo de la historia de nuestro país.

Kevin Durant, bicampeón de la NBA con los Warriors, lo definió con un adjetivo certero: “Es un maldito ganador”.

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