No hay milagro para salir de la crisis

Se sigue un camino errado y no se visualizan medidas que tiendan a corregirlo. El déficit es producto de muchas medidas equivocadas, como la falta de regulación, y la toma de deuda agrava aún más la situación.

Por Humberto Zambón / humbertozambon34@gmail.com

No estamos viviendo "turbulencias económicas", como dijo el presidente Macri, sino una profunda crisis originada en el agravamiento de los déficits externo y fiscal, lo que se conoce como "déficits gemelos", y un aumento exagerado del endeudamiento externo.

La cuenta corriente de la balanza de pagos tuvo saldo positivo entre 2002 y 2009, lo que permitió el desendeudamiento del país, hasta que la crisis financiera mundial iniciada en el año 2008 generó dificultades con las exportaciones (principalmente con el valor de las mismas) y esa cuenta se volvió negativa; en el año 2015 el saldo negativo alcanzaba al 2,9% del PBI, pero el gobierno de Macri en sólo dos años lo elevó casi al doble. Algo parecido pasó con el déficit fiscal, que el año pasado llegó al 6,1% del PBI, básicamente por la incidencia de los intereses de la deuda.

El agravamiento de la situación se debe a una serie de medidas desacertadas tomadas por el gobierno, que conviene repasar: 1) se eliminaron las retenciones a las exportaciones de la minería y de la agricultura (excepto los de la soja, que se disminuyeron inicialmente y que continúan bajando a través del tiempo), con lo que se eliminó un importante ingreso a las arcas públicas y disminuyó el ingreso de dólares al fisco; 2) se suprimió todo límite para la compra de moneda extranjera por parte de particulares, lo que generó una importante demanda de dólares para el ahorro o la fuga al exterior; 3) se levantaron los controles a la importación de mercaderías, lo que inundó el mercado con productos que competían con la producción nacional, con el daño correspondiente a la industria local, y tornaron negativa a la cuenta comercial (exportaciones menos importaciones); 4) se liberó el mercado de capitales, permitiendo que los capitales especulativos a corto plazo entren y salgan sin ninguna restricción en cuanto a montos y plazos de permanencia; 5) se eliminó la obligación de los exportadores de liquidar el monto de las mismas, lo que disminuyó para la economía nacional una de las principales fuentes de ingreso regular de divisas; 6) se bajaron impuestos al consumo suntuario (como los automóviles importados) y otros que afectaban a la riqueza: más importaciones y menos ingresos para el fisco.

Todo ello produjo el aumento de ambos déficits, un resultado esperado dado el resultado de los experimentos neoliberales previos, pero esta vez el deterioro se produjo a un ritmo de avance desconocido hasta ahora porque va a contramano de la historia: luego de la crisis financiera del 2008 los países asumieron la defensa de sus producciones internas, protegiéndolas y fomentando las exportaciones, mientras que Argentina abría sus mercados al comercio exterior y eliminaba todos los controles.

Para cubrir el déficit fiscal se recurrió al endeudamiento en pesos y, como no entraron capitales externos para inversiones productivas, para cubrir el déficit externo se recurrió a dos herramientas: 1) el endeudamiento externo (del gobierno nacional pero también de las provincias y de las empresas particulares) y 2) al ingreso de capitales especulativos en base a un importante diferencial de la tasa de interés: entraban los dólares, se cambiaban por pesos que se invertían en Lebac (letras del Banco Central) a corto plazo, con lo que obtenían una rentabilidad en dólares superior al 10% anual (el interés menos la devaluación probable del peso). En general, al vencimiento se renovaba el importe más los intereses, a los que se agregaba el capital especulativo local, alcanzando una emisión total de 1,3 billones de pesos.

Es como si un auto avanzara hacia un muro sin eludirlo ni frenar.

La emisión bruta de deuda pública total (sin descontar amortizaciones) siguió la siguiente evolución: 65.751 millones de dólares en 2016; 94.682 millones al año siguiente y 43.063 millones en el primer semestre del 2018.

En enero de este año, la Bolsa de Nueva York informó al gobierno que no iba a recibir más instrumentos de crédito nacionales. La noticia de problemas de financiación fue recogida por la prensa y comenzaron los movimientos de los capitales especulativos para retirarse del país, mientras que se intensificaba la fuga de capital argentino al exterior. La respuesta fue la suba de la tasa de interés de las Lebac para que sean renovadas, tasa que llegó al 40% y hasta el 47% que, a ese nivel, hacen imposible cualquier inversión productiva. Ante la poca respuesta positiva por parte de los inversionistas, se optó por ofrecer Letes, letras del tesoro en dólares, a cambio de los Lebac, lo que implica dolarizar la deuda con el problema que significa para el futuro del país.

Una cuenta elemental nos muestra para el resto del año la siguiente necesidad de dólares: deuda externa a vencer en el segundo semestre, incluyendo Letes, por 22.000 millones de dólares; a eso hay que sumar los vencimientos de Lebac que no se renueven y, lógicamente, pretendan convertirse en dólares. Además hay que tener en cuenta la demanda de dólares para atesoramiento (en el 1° cuatrimestre fue de 7392 millones), la demanda para turismo y compras en el exterior (en el 1° cuatrimestre 4094 millones) y el déficit comercial por exceso de importaciones (fue de 3420 millones).

Lo más elemental, de manera provisoria, es volver a aplicar retenciones.

Aunque se piense en renovar gran parte de la deuda y que la demanda de dólares para ahorro, fuga y turismo disminuya el ritmo a partir del 2° semestre y que bajen las importaciones como consecuencia de la recesión económica, la cuenta nos da que, después del acuerdo con el FMI, están faltando, como mínimo, 20.000 millones de dólares.

Mientras tanto no se ha tomado ninguna medida para corregir el rumbo, no sólo para lo queda de este año sino para el futuro próximo. Es como si un conductor de un automóvil que avanzara a toda velocidad contra un muro de hormigón no atinara a maniobrar para eludirlo o, al menos, aplicar los frenos.

Lo más elemental sería volver, aunque fuere anunciándola como medida provisoria, a las retenciones a las exportaciones (que la Sociedad Rural avisó que no iba a aceptar, como si tuviera poder de veto frente a las políticas nacionales); limitar o encarecer con impuestos la compra de moneda extranjera para ahorro o para el turismo; restringir la importación de bienes prescindibles, etc. Sin embargo, estas medidas han sido desechadas por el gobierno.

Lo que queda es esperar un milagro. Aunque deberían que tener en cuenta que los economistas no creen en los milagros, al menos en los económicos. Inclusive aquellos que fueron bautizados como tales, como el “milagro alemán” o el “milagro japonés”, tienen una explicación lógica sobre los factores y circunstancias históricas que los hicieron imposible y, como es sabido, cuando u fenómeno es explicado racionalmente no se lo puede considerar milagro.

Volviendo al ejemplo del automovilista, todo indica que, con este rumbo, es inexorable el choque,

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