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La Mañana therian

La culpa no es del therian, es del contrato social

Un grupo de personas camina en cuatro patas y salta en una plaza. Alrededor, decenas de personas se reúnen a observar. Qué explica el fenómeno viral de la argentina del 2026.

Como si hubieran estado siempre ahí, subyacentes en la capa social, en febrero de este 2026 emergieron en la opinión pública argentina los therians. Empezó, para muchos, como un consumo irónico de redes sociales: videos que se compartían entre la incredulidad y la burla. Adolescentes -o no tanto- que saltan y caminaban en cuatro patas, explicando que para ellos no era juego ni un disfraz, sino identidad: autopercibirse perro, lobo u otra especie no humana.

Sin dudas que el tema es multidimensional y no radica solo en la cuestión identitaria que pueda tener una persona con antifaz, que salta en cuatro patas y ladra. Tenemos, de fondo, una larga lista de cuestiones que podríamos poner sobre la mesa.

Están ahí, y es por algo. Ya sea por llamar la atención o por un sentir verdadero. Sea por búsqueda de atención o por un sentir que quienes lo expresan consideran genuino, el fenómeno logró instalarse. Aunque resulte difícil comprender que alguien pueda sentirse representado por un pastor belga malinois, vale la pena escuchar lo que explican cuando toman la palabra en los medios. La incomodidad no reemplaza al análisis.

Algo está claro, por más que en ocasiones planteen lo contrario, se trata de una performance. El antifaz, los saltos y los ladridos aparecen cuando hay un otro que mira, ya sea en una plaza o a través de la pantalla de TikTok, con respeto o con burla. La identidad, hoy, necesita audiencia.

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Crece el fenómeno therians, personas que se identifica con un animal no humano.

Crece el fenómeno therians, personas que se identifica con un animal no humano.

Mientras tanto, en el Congreso se discute una reforma laboral que redefine las reglas del trabajo en la Argentina y la baja en la edad de imputabilidad. Indemnizaciones, modalidades de contratación, inflación, debates estructurales que inciden directamente en la vida cotidiana. De un lado, discusiones sobre el contrato social; del otro, colas, antifaces y ladridos.

Las urnas muestran niveles de participación bajos y la aparición recurrente de outsiders que capitalizan el desencanto, en Argentina y el mundo. Algo mantiene a sectores cada vez más alejados de las discusiones formales. Cambian los colores y las banderas, pero la sensación de esterilidad persiste. ¿Cómo convencer a alguien de que un debate importa si no percibe efectos tangibles en su día a día? La inseguridad, la crisis económica y las dificultades para proyectar una vida estable siguen ahí, independientemente de lo partidario.

Hace una década, la serie BoJack Horseman planteaba un universo donde caballos, gatos y perros convivían con humanos sin que esa diferencia resultara extraordinaria. Pero la serie no hablaba de especies: hablaba de vacío. El protagonista no sufría por ser caballo, sino por no saber quién era cuando se apagaban las cámaras. En ese universo, la identidad era performance, relato sostenido a fuerza de validación externa. El animal no era fantasía, sino metáfora de una época en la que el yo se construye frente a otros, bajo la mirada constante de una audiencia.

Tal vez no estemos mirando un fenómeno excéntrico sino un síntoma. No es que algunos jóvenes quieran dejar de ser humanos; es que el mundo que les ofrece la condición humana —un mercado laboral insuficiente, dificultades económicas, y formas de representación poco sólidas— resulta insuficiente. La culpa no es del therian. La pregunta es cuál es el contrato que ofrece la sociedad.

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