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Octavio Pico, el pueblo en el que 7 de cada 10 se apellidan Fernández

Un 70% de sus habitantes descienden de José Fernández, un inmigrante español que fundó el pueblo en 1933.

Antes de que la provincia se termine, justo cuando un meridiano fronterizo le da paso a otras jurisdicciones, un oasis de tierra verde desafía la aridez de la estepa patagónica. Octavio Pico tiene 300 habitantes, que viven casi aislados del mundo pero muy unidos entre sí. Los pobladores no tienen teléfono, Internet ni caminos asfaltados hacia otros pueblos, pero sí poseen algo en común: un 70% de los habitantes llevan el mismo apellido.

En Octavio Pico, casi todos son Fernández. Lo son la presidenta de la Comisión de Fomento, el almacenero del pueblo y el enfermero que trabaja en la posta sanitaria. Lo son también los pobladores más antiguos y los niños pequeños. Los empleados públicos, los chacareros, los comerciantes. Y las calles también.

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Es cierto que Fernández es un apellido común. Figura cuarto en la lista de los apellidos más populares de la Argentina y se calcula que más de medio millón habitantes del país se hacen llamar por ese nombre familiar, aunque no todos pertenecen a la misma familia.

octavio pico

Pero en Octavio Pico sí. Siete de cada diez habitantes son descendientes directos de José Fernández, un inmigrante español que fundó el pueblo junto a su esposa y sus hijos, y que dio origen a esta gran familia que hoy le da empuje a la localidad.

Juan Fernández tiene 96 años y casi no se acuerda de su nombre. Es que todos le dicen Pancho, incluso cuando él mismo vive en una avenida que lleva su nombre y apellido. Hace algunos años, el gobierno provincial le entregó a él y a su esposa Carlina Moyano una casa sobre la Avenida Juan Fernández, una calle de tierra apisonada cubierta por la sombra de una sucesión de sauces, fresnos y aguaribays.

Hace más de ocho décadas, cuando Pancho tenía apenas 10 años, llegó a ese rincón de la provincia con su papá José. Venían en un carro tirado por 6 mulas y siguieron buscando agua hasta que unas dunas enormes les cortaron el camino.

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“No teníamos nada más que un carro, y después tuvimos una chacra con ovejas y chivas; eran pocas al principio pero llegaron a ser como diez mil”, relata. Pancho clava sus ojos celestes en el vacío. Sus pupilas blanquecinas merodean por un espacio ausente mientras busca una palabra que le permita continuar.

“Nos descuidamos y se las llevaron todas, no nos quedó nada, nos quedaron 500”, se lamenta después. “Y el finado viejo hizo un canal desde el río con pico y pala; punteaba con una pala y yo con un hermanito chico sacábamos la tierra”, cuenta y menciona a su hermano Domingo, otro Fernández que también tiene su calle en Octavio Pico.

Carlina dice que, con Pancho, tuvieron ocho hijos. Y la dinastía de los Fernández se extendió por ese rincón nororiental de Neuquén. Les cuesta acordarse de sus nietos, sus bisnietos y sus tataranietos. Pero saben que son muchos, y que todos llevan con orgullo el apellido que parece una marca registrada para esa población.

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“Hay otras familias: los Sosa, los Reyes, los Osés”, señala Silvana Fernández, que es la presidenta de la Comisión de Fomento del pueblo y sucedió a su propio tío, Rubén Fernández, en el cargo de mayor jerarquía de esa administración. “Son minoría pero siempre están muy incluidos”, dice sobre los otros pobladores, que parecen también ser parte de este enorme clan.

Como en Octavio Pico no hay escuelas secundarias, los jóvenes de la localidad se trasladan a colegios albergues o incluso se mudan con familias conocidas para estudiar en Rincón de los Sauces o en 25 de Mayo, en la provincia de La Pampa. “Muchos se van a estudiar y se vuelven después con su familia, y así se van sumando los Fernández”, detalla Silvana.

Por eso, estiman que la población creció mucho desde el último censo. En 2010, cuando se hizo el último conteo, se registraron un total de 170 habitantes, pero Silvana cree que ya son más de 300 las personas que habitan Octavio Pico. Muchos se casaron con pampeanos, neuquinos, rionegrinos o mendocinos, que viven en los puestos y ciudades aledañas, y regresaron a su pueblo natal para agrandar aún más esta familia extendida.

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Los lazos familiares se mantienen sólidos incluso en un pueblo sin comunicación. En Octavio Pico no hay teléfonos fijos, celulares ni Internet, por lo que todos los encuentros se producen cuando un poblador se acerca a una vivienda para golpear la puerta y probar suerte. Puede ser que ese tío o ese primo esté en casa o que haya salido a su chacra, para enfardar la alfalfa o alimentar a sus animales. No hay manera de saber.

La Comisión de Fomento es el punto neurálgico de la vida social en el lugar. “Los vecinos se levantan muy temprano y pasan por acá a plantear un problema o a pedir asistencia, y después se quedan tomando mate”, aclara Silvana, que suele acudir en ayuda de sus propios familiares cuando necesitan un foco o una herramienta.

A las dos de la tarde, sin embargo, el pueblo perece. Se muere en una siesta imperturbable, con un silencio que apenas se corta por un gallo y su canto tardío. Los perros tampoco ladran. Andan sueltos por las calles bautizadas todas con el mismo apellido, y se tumban en un charco de agua fresca y oscura para refugiarse del calor agobiante de enero.

El coronavirus, que afectó solamente a la propia Silvana y a otra mujer del lugar, redujo en parte los encuentros familiares, que son también los eventos comunitarios de la localidad. Los Fernández usan el salón de usos múltiples para festejar tanto el aniversario de la fundación del pueblo como los cumpleaños y casamientos, esos eventos que festejan todas las familias. Ahora, hacen visitas menos frecuentes y con el uso obligatorio de tapabocas.

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Y la pandemia también frenó los desafíos deportivos del lugar. En el pueblo hay un equipo de fútbol bautizado como Meridiano 10, que es el nombre que tenía el caserío cuando recién se fundó. Dicen que 10 de los 11 jugadores son de apellido Fernández y que se reunían todos los miércoles a entrenar para competir en torneos en Río Negro y La Pampa. Ahora, se quedaron sin competencias.

Aunque todo allí lleva el apellido Fernández, nunca pensaron en ponerle ese nombre también a la localidad. En 1973, el gobernador Felipe Sapag fundó oficialmente el pueblo, y lo llamaron con un nombre más técnico del que usaba la familia, que era Meridiano 10. “Le pusieron Octavio Pico, que es el nombre del ingeniero que trazó el meridiano”, dijo Silvana sobre ese apellido distinto, que los identifica tanto como Fernández.

Es que Pico y su meridiano marcan un componente importante para la identidad de sus pobladores. En un caso atípico, el pueblo se fundó justo en un límite fronterizo, en el que se encuentran las provincias de Neuquén, Mendoza, La Pampa y Río Negro.

Si bien el pueblo es legalmente neuquino, hay un rincón de ese paraje en donde pueden divisarse las cuatro provincias al mismo tiempo. Y muchos de sus habitantes son un poco de Neuquén y un poco de ningún lado. Pero hay algo que sí son: son Fernández.

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