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Paz

Ante la realidad que esta viviendo nuestro país no puedo permanecer en silencio. Siento que debo expresar algunas ideas con la sana intención de aportar un poco de luz ante tanta oscuridad.

Ante la realidad que esta viviendo nuestro país no puedo permanecer en silencio. Siento que debo expresar  algunas ideas con la sana intención de aportar un poco de luz ante tanta oscuridad.

 

Por un lado frente a las estructuras autoritarias, las injusticias crónicas y la descomposición social que hoy se vive se experimenta una sensación de impotencia, de angustia, de desconcierto y de temor. Ya lo hemos vivido esto.

 

Muchas personas desalentadas piensan que no sirve luchar. Otras adhieren al sistema dominante y apoyan al gobernante protegiendo no ya el bien del país sino los propios intereses. Y otros reaccionan, se rebelan, no están de acuerdo con ese autoritarismo defendiendo legítimamente sus derechos.

 

Una sociedad que pierde la capacidad de lucha, de expresarse camina hacia su sepultura.

La impotencia entierra gente viva pero la lucha resucita para seguir sosteniendo las causas justas.

Desistir de la lucha es apresurar la derrota.

Esto creo que originó la reacción de ayer del cacerolazo.

 

Pero para mantener al pueblo en estado de defensa de sus derechos es preciso tener argumentos validos que beneficien a todos y emplear métodos que sumen y no que resten.

 

La prioridad le corresponde al pueblo no a los gobernantes.

No es la sociedad la que esta al servicio del estado del pueblo.

El gobernante debe hacerse eco de esta prioridad y actuar de acuerdo a ese clamor popular.

 

Es criminal sacrificar las necesidades del pueblo para satisfacer los intereses de un grupo autoritario y alejado de la realidad que vive la población.

 

Para algunos gobernantes pareciera que esta prohibido crear nuevas alternativas, opinar distinto de lo que ellos opinan. Pareciera que el disenso esta prohibido, es golpista. ¿Será porque no se sienten seguros de lo que están haciendo?

 

Escuchar al pueblo, dialogar con él, respetar sus opiniones es una obligación ineludible de todo buen gobernante.

 

Claro esta que existen los representantes que deben hablar en nombre del pueblo pero cuando  estos no lo hacen o solo defienden sus intereses es lógico y natural que surja esta reacción popular de cacerolazo.

 

En estos días vemos emerger un pueblo que no quiere someterse a medidas inconsultas, confiscatorias que atentan contra sus derechos y por eso ha reaccionado como nunca reclamando ser escuchados, ser tenidos en cuenta a la hora de gobernar.

 

Sin que nadie les dijera lo que pueden hacer ni se los obligue ni se les pague, ha reaccionado pacíficamente manifestando su disgusto, su inconformidad.

 

Se ha convertido en un pueblo protagonista que anhela soluciones a este clima de incertidumbre, de cuasi anarquía y ante posibles males mayores dice no a la violencia, no a la división de lo argentinos.

 

Ante esta realidad negativa que lastima y que hiere al país no debemos sumergirnos en el pesimismo que paraliza sino pensar serenamente para que se renueve el optimismo que podemos salir de esta situación, crecer como país, aumentar la producción de bienes para que haya una mejor distribución y desaparezca el hambre y la miseria, la falta de trabajo que es tan mala consejera y que humilla.

 

Es preciso exigir pacíficamente y sin claudicar. Para que el poder público recupere la capacidad de gobernar honestamente sirviendo al pueblo sin divisiones ni luchas de clases, sin oídos, ni revanchismos, sin creerse dueños de la verdad.

 

Es necesario recuperar la esperanza de que es posible una sociedad mas justa donde se viva en libertad y el pan sea un derecho fundamental de todos lo habitantes, que no falte el pan de la salud y de la educación, que no falte el pan de la verdad y de la justicia, que no falte el pan del respeto del otro y de su dignidad.

 

Esta esperanza que “es pasión por lo posible” no debe llevar a pensar que podemos superar esta situación y lograr esta paz y unidad entre los argentinos que es una aparición profunda de todo ser humano bien nacido.

 

La paz es lo que da plenitud a la vida, es armonía con todos, es creadora de bienes para todos. Pero la verdadera paz.

 

Porque existe una paz hipócrita de los que hablan de la paz pero se arman hasta los dientes y en su corazón crece el odio, el rencor, la revancha.

 

Es la paz que somete a los pueblos por temor, que engaña a los pobres con promesas que jamás se cumplen, que traiciona los compromisos con los mas débiles y causa insatisfacción en lo pueblos.

 

Queremos una paz digna y autentica que incluye a todos estimulando el diálogo respetuoso, buscando el bienestar de todos, promoviendo la justicia, la verdad, facilitando la creación de empleos y el salario justo, la salud y la alimentación, la vivienda, la escuela y la seguridad. Es decir una paz que nazca de cumplir con la misión de servir y proveer al bienestar de la población.

 

Gustavo H. Valls

L.E. 7.298.643