El día que el horror ensombreció al Parque Norte
En el Parque Norte la vista es reparadora, la naturaleza tranquiliza y la barda entrega tímidos horizontes. Pero el 1° de agosto de 2014, pasadas las 15, todo sucumbió y el lugar devino en paisajes propios del infierno de Dante.
El ex policía Agripino Rubio, que hacía 12 días había recuperado la libertad tras cumplir una condena por abuso sexual en la meseta, había vuelto a atacar. Estaba vez, a dos jóvenes estudiantes universitarias, una neuquina y la otra de Buenos Aires, a quienes abordó a punta de cuchillo y bajo amenaza de matar a una si la otra escapaba.
En ese entonces, los alrededores del parque eran un páramo desolado sobre el que pesaba la promesa de un tercer puente, y los únicos caminos que habían eran pequeñas huellas marcadas por ciclistas y runners.
Rubio, conocedor de la geografía por sus anteriores ataques, las condujo hasta un sector donde quedaron a su merced.
Justo enfrente del parque, del otro lado de la calle Jesús María, hay una pequeña casa esquina que acusó recibo del hecho.
La joven neuquina residía ahí de toda la vida. Se había criado jugando, corriendo y pedaleando en el Parque Norte, que ahora se transformaba en una pesadilla omnipresente tras las ventanas.
La otra superviviente estaba de vacaciones en Neuquén. Lo único que se llevó de recuerdo de esta provincia fue el horror.
Mabel y Oscar, padres de la joven neuquina, tampoco salieron ilesos de semejante encrucijada. Hoy, 9 años después, se sientan con LMN y exploran el duro recorrido que tuvieron que transitar.
A lo largo de la charla, no mencionan por su nombre al agresor, evitan decir el tipo de delito, pero realzan las palabras “disfrute”, “respeto”, “crecimiento” y “cicatriz”.
Un serial anda suelto
Agripino Rubio es un ex policía con rasgos psicopáticos que encuentra el goce en abusar de mujeres jóvenes reduciéndolas con armas. El poder y el control que ejerce sobre sus víctimas le producen excitación.
En noviembre de 2000, y luego en el mismo mes de 2001, abusó de dos mujeres con el mismo modus operandi. El lugar elegido fue la barda neuquina, en inmediaciones del tercer puente.
El denominado “violador de la meseta” fue condenado a 10 años de prisión. Como pasa con toda condena, los plazos se fueron agotando. El 11 de octubre de 2011, accedió al beneficio de las salidas transitorias y, el 11 de enero de 2014, en condiciones temporales de obtener la libertad asistida, comenzó a vivir en libertad.
El 11 de julio de 2014, Agripino Rubio agotó pena. Ese día al mediodía, la Justicia neuquina dejó que un violador retornara a las calles sin haber recibido ningún tipo de tratamiento y, por su perfil criminal, solo era cuestión de tiempo que otra presa cayera en sus manos.
El 1° de agosto de 2014, 12 días después de haber cumplido pena, Rubio volvió al ruedo y en un espacio geográfico que conocía como la palma de su mano: la meseta.
A punta de cuchillo, abordó a dos jóvenes estudiantes que habían salido a caminar por Parque Norte. En la zona de la antena se produjo el abordaje. De ahí, las condujo bajo una perversa amenaza hasta inmediaciones del tercer puente.
La amenaza concreta era que, si una intentaba huir, mataba a la que tenía sujeta y con el cuchillo sobre el cuello. Ese fue su método de control de la situación, a sabiendas de que no podía retener a las dos jóvenes.
El lugar donde las atacó en la meseta lo conocía muy bien y sabía que era ideal para retener a las víctimas.
Las jóvenes describieron el sitio así: “Para abajo, si te tirabas, con suerte, solo salías fracturada. Para arriba era sumamente empinado y, si salías corriendo, te agarraba ahí nomás”.
Bajo amenaza, las desnudó y abusó de ellas. Cuando las jóvenes llegaron al umbral donde presentían que ya no quedaba nada, atacaron. Una de ellas le arrojó una piedra y fue ahí que ambas se lanzaron en una carrera frenética para escapar y conseguir ayuda.
Así fue que se encontraron con un grupo de runners que las asistieron, las cubrieron con sus prendas deportivas y las contuvieron hasta que llegó la Policía.
La descripción que aportó una de las jóvenes fue clave: “Se parece a Joaquín Sabina”. La meseta y ese dato impactaron en la memoria de un policía, y de inmediato se inició la cacería en busca de Rubio, el violador de la meseta.
Con el identikit de Rubio en todos los medios, en menos de 72 horas, terminó cayendo en el Alto Valle de Río Negro. Conocedor de distintos artilugios para evitar ser reconocido, se había rapado la cabeza y dejado la barba candado para modificar su fisonomía.
Nada de eso le sirvió. Las jóvenes, pese al trauma, habían pasado un largo rato con su agresor y tenían su rostro grabado a fuego. Fue categórica la identificación que hicieron en la rueda de reconocimiento.
En 2015, Rubio fue a juicio por jurados, donde fue condenado por unanimidad y luego se le dictó una pena de 18 años de prisión por doble abuso sexual gravemente ultrajante, agravado por la utilización de arma blanca y robo con arma.
El perverso ex policía, verborrágico y leguleyo, arguyó una gran conspiración en su contra, algo que sigue sosteniendo.
En la actualidad, Rubio está en la cárcel de Zapala y tiene autorizada una salida de seis horas a Picún Leufú para ver a su madre, que está convaleciente. “Con debida custodia policial penitenciaria, cuando las condiciones del servicio lo permitan”, se dejó asentado en la audiencia respectiva.
Mabel y Oscar
El caso me tocó cubrirlo desde el inicio y tuve la suerte de conocer a Oscar, papá de la joven neuquina superviviente.
A lo largo de la investigación, siempre mantuvimos contacto y, previo al juicio, las dos jóvenes, con la reserva del caso, brindaron lo que creo que fue su única entrevista. Ambas estaban con tratamiento psicológico.
Cuando le consulté a Oscar sobre el informe que estaba preparando, me confió que no tenían muchas ganas de hablar, pero quedamos en que fuera a visitarlos. Siguen viviendo frente al Parque Norte.
El reencuentro fue muy cálido. Con Oscar y Mabel tomamos un café y hubo una charla muy profunda, extensa y con momentos que solo quedan entre nosotros.
Tras esa charla, aceptaron dar una entrevista, quizás la última, porque todos tienen derecho a pasar página. Ahora, queda convivir lo mejor que se pueda con las cicatrices.
“Nos fuimos haciendo en ese camino. Tratábamos de ayudar y acompañar a nuestra hija. Todos aprendiendo y tratando, en ese transitar, de disfrutar de las pequeñas cosas que iban surgiendo”, confió Oscar, que desde que se jubiló se volcó de lleno al deporte.
Vivir justo frente al parque
“El parque era parte del patio de nuestra casa porque toda la vida vivimos ahí, enfrente. Al principio fue bastante duro porque salir de casa era ver el parque y revivir el hecho, pero después tuvimos que avanzar porque ir al parque es parte de lo que nos gusta hacer. Tuvimos que intentar sacar ese recuerdo para volver a disfrutar del lugar, aunque vuelve cuando transitamos por algunas zonas. Ahora, después de lo que pasó, siempre estás alerta de todo lo que pueda estar ocurriendo alrededor tuyo, más cuando entrás al bosque. Esa es una huella que queda”, reveló Oscar.
Mabel explicó: “A mi hija le costó volver al parque y recién lo hizo después de la pandemia, en 2022. Fue a caminar con el hermano y un par de amigos que la acompañaron. No le preguntamos nada al respecto porque eso es algo muy personal y cada uno de nosotros, desde distinto lugar, lo fuimos madurando; caculo que ella también hizo su propio proceso. Creo que ese retornar al parque fue parte de su proceso de sanación. Poder volver y aprender sobre los pasos. Además, intuyo que ella lo hizo porque sintió que estaba preparada y quería retornar porque también ese parque es el lugar donde creció”.
Acá surgió algo muy interesante que fueron elaborando Mabel y Oscar, cada uno desde la individualidad y luego en la unión, que fue respetar los espacios y momentos del proceso de su hija. Como dijimos, el trauma no se supera, pero se puede aprender a convivir con él, por eso es importante el respeto y acompañamiento a sabiendas de que cada uno tiene sus propios tiempos. Así son los duelos.
Incluso, la joven logró elaborar el lugar que le tocó en esta trama y evitar el sentimiento de culpa que suelen tener algunas víctimas. “Ella siempre me decía ‘no éramos nosotras las que cometimos el error de estar en ese lugar y momento. Nosotras no somos las culpables, la otra persona es la equivocada’”, contó Mabel sobre esa confesión de su hija.
Enterarse de lo ocurrido
“Estábamos en el trabajo cuando nos enteramos y fuimos a un lugar de la barda que, como había llovido, estaba con barro. Mabel, que andaba con zapatos, quedó enterrada. Yo corrí hasta que encontré a la Policía y a uno de los chicos que la auxilió y me dijo que ya habían salido en la ambulancia para el hospital. Ahí tuve la alegría de saber que estaba viva y después, cuando la vi en el hospital, le di un abrazo fuerte y nos largamos a llorar. Después, ella quedó en manos de la gente que le estaba haciendo todas las pericias. Fue hermoso poder abrazarla de vuelta, cuando muchas familias no tienen la posibilidad de hacer eso. Ni me lo puedo imaginar”, contó Oscar, que tiene esa capacidad de entender el drama y ponerlo en contexto.
“A mí me pasó de llegar al lugar y ver todo como en las películas, pero sabiendo que no era una película. La primera sensación fue tremenda. Fue un alivio muy grande. Yo me iba acercando al lugar, toda angustiada, y se me acercó una persona que me dijo ‘tranquila que están bien y están vivas’. Después de las pericias, recién ahí la pude ver y abrazar. No sé si le dije ‘va a estar todo bien’ o algo así, a sabiendas de que no iba a estar todo bien porque las cicatrices siguen ahí y las heridas a veces se superan, a veces no”, detalló Mabel, que cargaba con la experiencia previa de atravesar un diagnóstico de salud crítico.
Ambos completaron una frase contundente. “Esta es una marca que va a estar ahí”, aseveró Oscar. “Que nos va a acompañar el resto de nuestras vidas porque es algo que sucedió”, concluyó Mabel.
Lo que siguió
“Uno se prepara para enfrentar ciertas situaciones, pero hay otras que te desbordan. En ese momento no sabía cómo actuar y reaccionar. Hoy, después de mucho tiempo, puedo hablar de otra manera”, advirtió Mabel.
Oscar, por su parte, explicó: “En ese momento no pensamos nunca en nuestro trabajo. Éramos padre y madre, no importaba ninguna otra cosa. Nos quedamos más tranquilos cuando nos dijeron que no había peligro de muerte. Después, solo nos importaba su salud física y emocional”.
A esto Mabel agregó: “Estábamos lidiando con la emergencia de ese momento y la única herramienta que teníamos era amor. Por dentro, preocupación, dolor, odio y muchas emociones encontradas”.
El devenir no les dio respiro. “Después de saber que nuestra hija estaba viva, ahí sí nos ocupamos de saber qué había pasado, quién era el personaje. Muchos compañeros de trabajo (del Poder Judicial) nos ayudaron a difundir el identikit. Se armó una red de personas que nos acompañaron en ese proceso, principalmente familiares y amigos. Incluso, se acercaron víctimas anteriores”, recordó Oscar.
Día de furia
Con la hija en casa y el violador detenido, Mabel y Oscar debieron afrontar un denso transitar por el día a día.
Nada es sencillo cuando la tragedia golpea a la puerta. Reconstruir los pedazos que quedan para seguir obliga a atravesar sensaciones y sentimientos nunca explorados, y nadie atraviesa el infierno sin salir un poco chamuscado.
“Los días te van sucediendo. Muchas veces, más allá de las emociones tremendas que te surgen, hubo gente que me preguntó si lo mataría, y nosotros no estamos preparados para eso, pero ese día, cuando iba corriendo por la barda, si se me cruzaba a ese personaje, seguramente hubiera actuado más como en un día de furia. Te tocaron lo más íntimo y profundo que tiene una persona, los hijos. Después, esos sentimientos los pude ir canalizando por cosas que nos hacen sentir bien. Esto es muy de uno y cada uno lo lleva como puede, y no es igual en todos los casos ni en todas las parejas”, explicó Oscar.
“Siempre descargué en la música y el canto, ese es mi cable a tierra”, anticipó Mabel, y cuando volvía a la pregunta de su día de furia, consultó: “¿Cuál de todos los días? No podía pensar en otra cosa en ese momento. Por naturaleza yo soy de llorar y lloro por los rincones y me hace bien. Oscar corre y yo lloro”.
Después, hizo una pausa y afirmó: “Lo único que quería es que esta persona llegara a donde está ahora, por mi hija, por su amiga, por las víctimas anteriores y las que podrían llegar a venir”.
Hay algo que tiene que quedar claro: cuando a una persona le tocan a los hijos, todos los sentimientos y pulsiones se estrechan y cualquier reacción es posible. Después, está todo lo otro, la crianza, la formación y los valores que también juegan un rol muy importante en esas horas críticas donde aparece un factor estresante que puede disparar todo tipo de reacciones, hasta las más primitivas.
Creer, confrontar y crecer
Recuerdo que un profesor en la universidad contó que por más ateo que uno fuera, frente a la irracionalidad de algunos sucesos uno se ve obligado a creer en algo aunque sea por necesidad.
Esto lo experimentaron en carne propia Mabel y Oscar. “Soy creyente, pero en algunos casos sentís que te abandonaron, y aunque uno no crea en nada, en esos momentos uno necesita creer”, afirmó Mabel, que sabe del peso de la cruz.
El silencio ganó un espacio muy concreto a la hora de hablar de Agripino Rubio. Para ellos es muy difícil nombrarlo, y se entiende.
“Parte de la decisión que tomamos en su momento para proteger a nuestra hija fue salir a enfrentar una situación que no muchos enfrentaban. Estoy convencido de que por ese tipo de delito, si sale, va a volver a cometerlo. No me cabe duda, la incógnita es quién va a ser la próxima víctima”, advirtió Oscar.
“Me genera que es una persona que no tiene empatía por la vida y que disfruta lo que ha hecho. No le tengo odio, tuve ganas de apretarle el cogote, pero son sentimientos que uno los va trabajando y transformando con el tiempo porque, si no los trabajás, te enferman”, aclaró Mabel.
En cuanto a la justicia, ambos dejaron entrever lo cansino que es ese peregrinar pese a la celeridad con la que se esclareció el caso y se dictó pena. No obstante, el proceso es tan duro como agotador.
“La justicia nunca alcanza. Si mirás cómo se desarrollan otros procesos, realmente creo que tuvimos suerte, y sobre todo la firme decisión de mi hija de querer ir hasta el final, lo que significó para ella tener que enfrentar a su victimario”, aseguró Mabel.
A la distancia, valoraron el camino que decidió afrontar y enfrentar la hija.
“Particularmente, creo que le costó muchísimo, pero hoy ella proyecta y eso es muy bueno. Está en pareja. Todos esos pequeños avances que fue haciendo con el tiempo y las personas que se encontró en el camino y la contuvieron, más allá de nuestro amor y apoyo. Pudo sanar por mérito propio y tiene una cicatriz que la va a acompañar el resto de su vida”, manifestó Mabel.
Oscar, desde su óptica, rescató: “Me mostró que fue creciendo y la fortaleza que tiene. Busca proyectos y fue tejiendo sus propias relaciones que la fueron conteniendo. La veo fortalecida y con convicción de lo que quiere hacer. Está muy empoderada con la causa de las mujeres. Todo me hace pensar que ella ha aprendido a convivir con eso”.
Para esta familia todo cambió, incluso la casa. Cuando hice la entrevista previa al juicio de 2015, la penumbra ganaba la pulseada en algunos ambientes, y no era para menos. Ahora, la luz se impone, genera la sensación de que no existen las paredes y de que hay más aire. En definitiva, todo se transforma.
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