La historia es ilustrativa, porque si bien es posible que una botella de vino acceda a ese precio por voluntad de la bodega, no siempre es posible que llegue. Y eso dispara una pregunta aún más difícil de responder: ¿cómo y por qué llega?
20.000 euros la botella es lo que vale el vino más caro de Pomerol. Se llama Pétrus y es un tinto.
Primero, la notoriedad. La fama es todo aquello que no nos pertenece pero que define en el resto lo que debe esperar de nosotros. De igual manera, esa notoriedad puede convertir a una botella completamente desconocida en algo que todos quieren probar. Esa fama se consigue de algunas maneras: por puntajes de expertos, por premios, por boca a boca de los consumidores. Claro que construir notoriedad lleva tiempo y para eso el prestigio de la bodega es clave. Por ejemplo: hace casi dos siglos que Lafite Rothschild elabora su vino en Burdeos, Francia; en ese tiempo, se granjeó reputación y hoy cuesta unos cuantos cientos de euros a cosecha nueva. Otro ejemplo: Cobos Malbec (2006, $S/D) fue el vino argentino mejor puntuado por expertos extranjeros y su precio ascendió notablemente. Sin embargo, no se cumple en el caso de Famiglia Bianchi Malbec (2012, $148), aunque cuando fue "el mejor tinto del mundo".
La escasez es todo. Si la notoriedad no garantiza precio, sí lo hace sumado a la escasez. Como ejemplifica el precio del dólar hoy, lo que todo el mundo quiere aumenta en la medida en que es escaso. Y el vino es un ejemplo de manual. La poca disponibilidad de botellas notables hace que su precio sólo trepe. Si además se asocia su escasa producción a una parcela específica de viña, el precio sólo puede aumentar en la medida en que aumenta la notoriedad, porque el volumen a elaborar es siempre el mismo. Así está pensado Pétrus –el tinto más caro de Pomerol, Francia- que con sus 11,5 hectáreas de vid, produce un limitado número de botellas por año-, cuyo precio asciende a más de 2000 euros a botella nueva. Lo mismo pasa en Argentina con tintos como Yacochuya ($625), elaborado de un pequeño viñedo, o de nuevo Cobos Malbec (2013, $2300), de una parcela única de Agrelo.
El sabor diferente. Por último, pero tan importante como el resto, es que el vino resulte diferente. Esto es: aquellos vinos que tienen identidad –de terroir, de estilo, de autoría– y que la sostienen en el tiempo, consiguen que la gente los reconozca y los convierta en especialidades por las que esté dispuesto a pagar. Salvando las distancias, es los productos Apple: siempre tiene un plus, por lo que el consumidor que lo comprende paga lo que piden. En todo caso, para que una botella trepe en precio no alcanza con que sea excelente. Además, tiene que ser diferente. Porque puede haber muchos vinos excelentes, pero sólo un puñado de únicos. En nuestro mercado, buenos ejemplos de excelentes, escasos y notables vinos son Última Hoja (2008, $2950), Luigi Bosca Icono (2009, $2000), Per Se La Craie (2013, $1300) y Catena Zapata Estiba Reservada (2004, $4000).
Con todo, ninguno de estos valores se cumple si, además, no hay perseverancia y sostenimiento del plan. Es decir: que al cabo de los años lo que se dijo, se siga cumpliendo. Lo que se dice una reputación de prestigio.
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