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"Si hay unión, hay que casarse", dicen 70 años después de dar el sí

Elvira Minio y Avel Otero. Se prometieron compañía para siempre en febrero de 1947 y nunca más traicionaron ese compromiso.

En los primeros tiempos tras conocerse, la madre de la mujer no los dejaba ni a sol ni a sombra, recordó Avel.

Al cumplir 50 años de casados, volvieron a pasar por una iglesia para reafirmar el amor entre ellos.

Guadalupe Maqueda

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Neuquén.- No sé si la vida ha sido para ellos un jardín de luz, el remanso de un río o un campo de girasoles. Si por momentos fue el perfume de un jazmín en flor, la sombra de un sauce o el poema de un atardecer cayendo en sus ojos, el sueño más inspirador que hayan tenido. Pero algo muy fuerte y puro tiene que haberlos unido para caminar juntos y a la par durante tantos años. Como si la canción del legendario Pappo hubiese sido escrita para ellos. Y no es un cumplido ni una simple añoranza.

Elvira Minio (86) y Avel Otero (94) se eligen desde hace siete décadas y el cuatro de febrero están de festejo. Será una celebración familiar que convoque a todo el árbol genealógico que de ellos se desprende y sigue creciendo.

Antes de eso, charlamos un poco en el comedor de su casa, rodeados de imágenes en blanco y negro, boquitas pintadas y perfiles inmejorables. En la intimidad de su hogar, Elvira le acomoda el cuello de la camisa a su compañero y él le roza sutilmente un brazo para dejarlo hablar sobre la historia de sus vidas.

Se casaron el 1º de febrero de 1947 en una iglesia de General Roca, cuando entonces los casamientos eran fiestas familiares que seguían su ritual debajo de la carpa de una chacra, entre bandoneones que hacían sonar una milonga, un vals, un tango.

Ella, de General Roca, y él, de Viedma y el más chico de trece hermanos, se conocieron un año antes cuando Elvira tenía 16 años y Avel 24. “Es así, con ‘v’ porque un juez no sabía escribir”, comentó “Lelo”, como le dicen sus nietos, y soltó una carcajada.

Destinado a Neuquén como suboficial del Ejército, en sus días de franco visitaba a la familia que tenía en Roca y en uno de esos bailes que frecuentaba junto a otros compañeros conoció a la buena moza que lo acompaña, quien entonces no iba a ningún lado si no la llevaba su madre. “Le eché el ojo, me levanté y le dije ‘bailemos’”, recordó.

Empezaron bailando como amigos. Luego pasaron a verse en lo que denominaban “la vuelta al perro”, una vieja costumbre de la época que consistía en caminar tres cuadras mientras la gente conversaba y escuchaba música en la calle. Al principio, Elvira caminaba a la par de su madre y cuando la relación con Avel fue algo más que una amistad, caminaron juntos. Después, la cosa fue visitarla en su casa.

Avel se tomaba un colectivo al que llamaban “la balsa” y viajaba a verla casi todos los domingos. Cerca del puente Paso Córdova estaba la chacra de Elvira, donde su pretendiente tenía que alojarse en el cuarto de los hermanos varones. Y de ahí al baile, que duraba hasta las 3 de la madrugada, iban en una especie de jardinera tirada por un caballo. “Siempre con la suegra… No la dejaba ni a sol ni a sombra”, aseveró Lelo.

Después de un año de noviar, se comprometieron y se casaron. Y su primer destino juntos fue Neuquén, donde volvió al final de su carrera para jubilarse a los 48 años.

En el interín, sufrieron el dolor más grande: perdieron a un hijo de 26 años. Pero les quedó su legado, sumado a otra hija, seis nietos y 14 bisnietos.

“Es el mayor tesoro que tenemos”, confesaron, y a Elvira se le humedecieron los ojos. “Es lindo ver la trascendencia. Gracias a Dios estamos muy unidos y siempre nos reunimos todos. Los 35, incluida una amiga”, acotó. Avel asintió con la cabeza y metió otro bocado: “La única descarriada es mi hija, que se fue a vivir a La Angostura”.

¿Cuál es el secreto para estar juntos durante 70 años? “La buena convivencia, el respeto mutuo”, aseveró la mujer.

“Siempre nos llevamos bien, no hemos sido celosos, cada uno cumplió su rol y siempre estuvimos juntos”, confesó Avel, y Elvira hizo un paréntesis: “La única vez que estuvimos separados fue por ocho días en la época en que voltearon a Perón. Nunca hicimos nada con lo que el otro no estuviese de acuerdo”.

Las peleas que tienen son por los nietos, su mayor desvelo, y defienden a ultranza el matrimonio: “Si hay unión, hay que casarse”.

Tanto que, en su caso, al cumplir 50 años de casados volvieron a pasar por una iglesia para reafirmar su amor. Fundieron el oro de sus alianzas para hacerse unas nuevas y pasaron por el altar de la parroquia San José Obrero.

En febrero celebrarán sus 70 años de casados, y aunque no quisieran festejar nada, sus nietos no se la dejan pasar. “Y tenemos la confianza de llegar un poco más lejos”, concluyeron Lela y Lelo.

Siempre nos llevamos bien, no hemos sido celosos. Cada uno cumplió su rol y siempre estuvimos juntos”.

40 años en el barrio Parque

En su casa del barrio Parque, Avel y Elvira recuerdan que en sus comienzos era todo barda, donde sólo pasaban rodando los cardos. Allí viven hace unos 40 años y son prácticamente los únicos fundadores con vida. Junto a otros suboficiales formaron la cooperativa 14 de Septiembre, pidieron un préstamo bancario y una empresa construyó las 114 viviendas. Es el punto de encuentro de la familia y un museo de reliquias, donde -entre otras cosas- exhiben el sable de Avel y un cuadro del Ejército en reconocimiento por haber cumplido más de 50 años acompañando al Batallón de Ingenieros de Montaña VI.

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