Sin hinchas, se murió la fiesta

Jugar sin hinchada es como bailar sin música”. Lo escribió Eduardo Galeano hace 23 años. Lo entendieron, muy fácil, todos los futboleros. Los dirigentes y los funcionarios no tienen la misma capacidad de comprensión. Y la siguen pifiando. Pegándole de puntín para sacarse el problema de encima, sin darse cuenta de que cada revoleo a la tribuna vacía no sólo es un golpe al corazón del hincha, sino un paso atrás en un camino que será cada vez más difícil desandar.

Ayer se confirmó que el clásico rosarino, uno de los más lindos y pasionales del mundo, se va a jugar fuera de la ciudad, fuera de la provincia. Y a puertas cerradas. La cancha de Arsenal, bien lejos para que no haya líos cerca del estadio, será el triste escenario del esperado duelo de cuartos de final de Copa Argentina. Sin gente. Sin música. Aunque el silencio que acompañará el partido hará más ruido que mil hinchadas juntas. Gritándoles en la cara a los responsables toda su inoperancia.

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El clásico rosarino, uno de los más lindos y pasionales del mundo, se va a jugar a puertas cerradas.

Ya hace años que pusieron un torniquete para solucionar un problema que se les fue de las manos y sacaron a los visitantes de las canchas argentinas como única respuesta a los barras, un monstruo que ayudaron a agigantar desde la política y desde la AFA. Nada hicieron desde entonces para que vuelvan. Al contrario, se juegan partidos sólo con policías en las tribunas. Sin nada que custodiar.

Ya hace años que decidieron meter la mugre bajo la alfombra. Y cada torneo que pasa sin que nada cambie anuncia malas noticias. Un día se hizo imposible mezclar hinchas del mismo equipo en una platea. Los fueron separando, cada vez más lejos, cada vez más custodiados, hasta esto: mandarlos a todos a sus casas para que vean el partido tranquilos, sentados en el sillón.

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