Sonreír y una vida sana, la receta de los 100 años de Violeta

La abuela festejó con otras cuatro generaciones su centenario en una chacra de Plottier. Le contó a LMN cuáles son los secretos de su longevidad.

POR SOFIA SANDOVAL - ssandoval@lmneuquen.com.ar

Desde hace cien años, el aire de Neuquén se corta con la risa de Violeta Pichaud de Cavazza. Aunque ella no lo confiesa, quizás en su actitud risueña está el secreto para vivir un siglo entero: esa boca que se tensa enseguida para encontrar el lado más feliz de las cosas, esos ojos oscuros que chispean de alegría, ese júbilo que la rebalsa y contagia a los que la rodean.

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En su living de muebles antiguos y alfombras recargadas que cubren el parquet, Violeta camina despacio, pero con los pies bien afirmados. No usa bastones ni andador. Tampoco toma demasiadas pastillas: una para la presión, otra para controlar la orina y la tercera, que le acaban de sumar, para ayudar al corazón.

Los cien años que carga sobre los hombros le nublaron la vista. Apenas ve sombras borrosas: bultos sobre los que imagina rostros, letras y otras formas. “Es que yo siempre fui muy lectora, me quedaba todas las noches, a oscuras, con alguna novelita”, dice y aclara que sí se las ingenia para leer unos naipes de números grandes para jugar al solitario.

Sin embargo, esos cien años de vida no lograron robarle la lucidez ni la alegría: la mujer es un libro grueso de anécdotas familiares y una testigo viva de la historia de la ciudad, a la que llegó en el año 50, cuando estaba todo por hacer. Es también el centro de su vida familiar, un cuerpo celeste sobre el que orbitan cuatro de los cinco hijos que tuvo y un cúmulo de nietos, bisnietos y tataranietos.

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Hija de inmigrantes franceses, Violeta creció junto a nueve hermanos en una estancia en Quillén, en las cercanías de Aluminé. La falta de oportunidades educativas llevó a los Pichaud a trasladarse a Chile, primero; a San Martín de los Andes después, donde la mujer cumplió sus 15 años; y finalmente a Zapala, donde conoció a Roberto Cavazza, el amor de su vida.

El día que conoció el amor

“Zapala era un pueblo muy chico, el único acontecimiento era ver llegar al tren, porque el lugar era punta de riel”, recuerda. Un día, la mujer acudió a la estación con su mamá y una de sus hermanas, y vio a un hombre altísimo parado en la escalera del vagón. Ahí se encontraron: el metro noventa y cinco de él y el rostro de rasgos finos de ella, la mirada seductora de él y la risa eterna de Violeta, que no pudo más que reír al dejarlo así de prendido.

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“A los pocos días nos encontramos en la farmacia, y otro día en un baile”, recuerda. En esa fiesta, ella llevaba un talonario de rifas para recolectar fondos para una futura iglesia. Él quería a sacarla a bailar. “Yo bailo si me comprás un número”, le dijo ella. Al principio, el hombre se negó y pidió un baile gratuito, pero terminó por comprar el talonario completo. “Como había comprado todos los números, se ganó el premio”, señala. El botín era una caja anaranjada con caramelos, que Roberto le obsequió.

Su esposo era empleado de Vialidad Nacional y tenía asignada la construcción de la ruta 40, por lo que los Cavazza pasaron varios años en los campamentos que se hacían en las cercanías de las obras. “Yo era feliz, imaginate, era muy joven”, recuerda ella sobre la vida que tuvo al lado de su esposo, cuando la ilusión por forjar los caminos de la provincia los llevaba a recorrer distintas localidades del interior.

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En 1939 nació su primera hija, Violeta Alicia. Y más tarde llegaron Josefina Julia, Adelaida, Roberto y Hércules Luis. “Nacieron todos en Zapala, excepto Luis, que nació en Cipolletti, cuando ya estábamos instalados en Neuquén”, dice la mujer. Aclara que el más malcriado siempre fue el más chico y lo señala mientras ese hombre adulto la mira con atención, preparado para reforzar sus historias con los datos precisos de fechas y nombres propios.

El día que se mudaron a Neuquén

Violeta vive hace más de 60 años en la misma casa. “No tengo nada nuevo, pero todo está impecable”, dice y señala un antiguo sillón de terciopelo verde, una mesa de madera maciza y una nutrida biblioteca donde conviven ejemplares de tapas oxidadas con tomos casi intactos de Agatha Christie y Florencia Bonelli. La vivienda fue edificada por su suegro en dos lotes que Roberto compró al borde de Neuquén.

“Le decían que estaba loco, que cómo iba a vivir cerca de la cárcel y del cementerio”, explica ella. La zona de Tucumán al 200 era un arenal, un desierto triste donde nadie se hubiera afincado por esos años. “Me mostró el lote y me preguntó ‘¿te gusta?’, y le dije que sí”, dice y, así, plasma el optimismo que la caracterizó siempre.

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Sólo después llegarían las casas y el avance implacable de la urbanización, que convirtió su cuadra en una de las más céntricas de Neuquén. Por muchos años, su morada fue la casa de los pinos, por dos coníferas altas que recibían a los visitantes llegados desde la cordillera o desde Zapala.

“Como teníamos muchos amigos en el interior, la casa siempre estaba llena de gente que venía al hospital o a hacer algún trámite”, detalla la mujer. Las habitaciones de sus hijos se ocupaban por foráneos con demasiada frecuencia y los niños vivían esas noches como una fiesta, porque su mamá los dejaba acostarse en colchones en el piso, bien cerca de la chimenea del living.

“Mi marido traía una camionada de leña de pino de Aluminé y la teníamos en una leñera; ahora la clausuramos, porque la leña se fue por las nubes”, explica ella. Aún con la chimenea clausurada, el living de su casa guarda el encanto del pasado, con un sinnúmero de portarretratos que mezclan fotos nuevas con antiguos retratos en blanco y negro.

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“Tuve suerte, me tocó un buen hombre”, dice sobre su altísimo esposo, que resalta en las fotos sobre las cabezas de todos. Roberto falleció en 1977 pero le dejó una familia completa que la acompaña siempre. “Nunca tuve que salir a trabajar afuera, me dediqué a la casa y a los chicos, pero había veces en que quería pintarme y salir a una oficina para descansar un poco; porque el trabajo de la casa no se acaba nunca”, señala.

El secreto de la longevidad

En esa misma casa, donde ya no quedan pinos, vive Violeta ahora. La acompaña su hija mayor, de 80 años, a la que apodan Bocha. Aunque ambas tienen una edad avanzada, no reciben el cuidado de terceros. “Nos acompañamos entre las dos y tenemos muchas visitas de amigos y vecinos”, aclara la mujer y recuerda anécdotas de sus tataranietos, de escasos años, que la alegran con sus ocurrencias infantiles. También las de Marcos, su primer nieto, que es residente en el Castro Rendón y le da consejos médicos por teléfono.

Cuando le preguntan por el secreto de su longevidad, asegura que siempre fue una mujer muy sana. “Nunca tuve nada grave, más que alguna enfermedad de esas que te contagian los chicos”, dice y aclara que todos los momentos felices de su vida alimentan la fuerza de ahora, una que no parece acorde al siglo que carga sobre la espalda.

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--> Hasta de España vinieron para festejar el cumple

“Tuvimos que achicar un poco la lista de invitados”, dicen los hijos de Violeta Cavazza, desde un living donde se repiten los ramos de flores que la mujer recibió el día de su cumpleaños número cien. Aunque hicieron lo posible por mantener el carácter íntimo de la fiesta, el evento de ayer reunió a más de cien invitados, que son los familiares directos y apenas algunos amigos de la cumpleañera.

En su siglo de vida, Violeta tuvo 5 hijos, 14 nietos, 16 bisnietos y 5 tataranietos. Muchos están invitados a la fiesta. A ellos se suman sus familias y algunas de sus íntimas amigas que, en algunos casos, son hijas de personas que la mujer conocía y que ya fallecieron.

Con un almuerzo en una chacra cerca de Plottier, sus hijos buscan agasajarla y reunirla con todas esas personas que fueron parte de su vida y que, por cuestiones geográficas, ve con menos regularidad. “Vino gente de Madryn, de Trelew, de Zapala y hasta de España”, relataron.

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