Su ceguera no es barrera para estudiar Economía

Carlos Tapia ya es un alumno más en la universidad.

Ana Laura Calducci
calduccia@lmneuquen.com.ar

Neuquén
En un aula abarrotada de estudiantes, el profesor explica conceptos complejos sobre economía. Carlos Tapia escucha atento, mientras toma apuntes en su computadora portátil. Aunque está ciego casi desde el nacimiento, se las arregla para ser uno más en la universidad.

Con apenas 19 años, ya superó airoso muchas barreras. Por eso, está dispuesto a poner todo su esfuerzo en saltar un escalón más y conseguir su título.

Carlos habla de sus logros con humildad y una gran cuota de ironía. Está acostumbrado a vivir en un mundo preparado para los videntes, donde fue abriéndose paso con inteligencia y garra. El año pasado, terminó el secundario como abanderado en el Manuel Belgrano de Cipolletti.

Joven académico
Carlos también practicó atletismo durante varios años con honores y hasta se dedicó en su adolescencia a escribir poemas.

Hoy, debe enfrentar el mundo adulto. Está cursando el primer año de Economía en la Universidad Nacional del Comahue, una carrera nada fácil.

Sus armas para defenderse constan de una notebook que lee textos con una voz virtual y una vieja máquina Perkins, que escribe en braille con seis teclas. Después, todo depende de su ingenio.

El primer día “fue feo”, según recuerda. La parada de colectivos quedaba lejos de su casa y, al llegar a Neuquén, debió caminar un rato hasta la facultad. Una vez adentro, se encontró con un enjambre de pasillos y escaleras. Contó que el edificio “es prácticamente un laberinto”.

Pero lo que más le preocupaba era la barrera de la indiferencia. Cuando entró al curso de nivelación de Matemáticas, en su primera clase, sentía una mezcla de ansiedad y temor. “Y cuando vi a la profesora, me dije: ¡Uh, tiene una cara de mala!”, relató entre risas. Cada vez que puede, Carlos bromea sobre la ceguera, invitando a quienes lo acompañan a tomarlo con naturalidad.

Comentó que lo angustiaba “pensar que después iba a tener que hablar con esa profe supuestamente mala, que era la primera persona con la que me iba a relacionar de la facultad”. Pero se equivocó. La docente terminó siendo una de las personas que más lo ayudaron, y además encontró un ambiente inclusivo, donde las autoridades, profesores y compañeros siempre le dan una mano.

En su familia nadie se sorprendió cuando avisó que se había anotado en la universidad. “Desde que empecé el secundario que les vengo diciendo que iba estudiar una carrera”, explicó.

Contó que se decidió a tener un título de muy chico porque veía a “sus amigos ciegos más grandes que terminaron el secundario y se quedaron ahí, que no consiguen trabajo en ningún lado”.

Él está convencido de que llegará a recibirse. Y su plan no termina ahí: quiere entrar en un banco o dar clases de Contabilidad. También sueña con usar sus conocimientos económicos en un cargo público.

“Me gustaría meterme en la política y creo que estaría bueno que sea en Cipolletti, el lugar donde crecí”, confesó con la sonrisa que lo caracteriza.

Testimonio
Un guerrero desde la incubadora

Cuando nació, Carlos pudo ver por unas horas. Pero luego sus ojos se dañaron para siempre. Desde entonces, le da batalla a la adversidad, siempre con una sonrisa.

“Me quedé ciego en la incubadora, creo que fue exceso de oxígeno o que no me pusieron las antiparras y puede ser un poco de las dos”, contó.

Comentó que en su casa están acostumbrados a que “siempre la pelee”.

Sus hermanos más chicos, que están en el secundario, lo tienen de ejemplo. Por eso, se cuida de no dar pasos en falso. “A mi familia algunas cosas se las cuento y otras no, por si no se dan, para no ilusionarlos”, explicó.

Para los gráficos de la facultad, fabrica sus propias regletas donde dibuja con punzón, porque las compradas son muy caras. También tiene una tutora que le pasa los archivos PDF de los libros a un Word, así los puede escuchar con su lector de pantalla. “Es un programa que hace que la compu hable”, aclaró.

Vocación
Los números en lugar de las leyes

Hasta el año pasado, Carlos Tapia quería ser abogado. Pero en el secundario lo castigaron con una clase de Contabilidad y, sin esperarlo, se enganchó con los números.

Su travesura fue hacerse la rata junto a otros compañeros en un acto escolar. Como él era el abanderado, su ausencia se sintió. Como castigo, lo obligaron a dar clases de apoyo a otros chicos. Eligió Contabilidad, al azar.

“Me gustaba un poco esa materia, y en quinto año también Economía por los contenidos que veíamos, pero ese día me encantó dar la clase”, recordó. En ese momento, decidió que su futuro no estaba en el Derecho sino entre los números.

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