Francisco Sánchez está triste. Extraña a sus abuelos que viven en la provincia de Santa Fe y que por la cuarentena hace meses que no los puede ver, aunque encontró, a sus seis años, una forma de desahogarse: la escritura.
El 14 de marzo del 2020, este nene junto a sus padres se fueron a vivir a Aluminé, escapando de Cayastá, una localidad al norte de la provincia de Santa Fe, por una “leve alergia'' que tienen él y su mamá a los agrotóxicos. A los pocos días de llegar, comenzó la cuarentena y la readaptación de Francisco fue “un tanto complicada”.
Sin poder gestar relaciones en la escuela, comenzó a tener una dinámica particular si se la compara con otros chicos de su misma edad. Iba una vez por semana a la biblioteca y agarraba un par de libros. Siete días después los devolvía, ya leídos, y tomaba prestados otros. “Desde los cinco años que lee solo y se devora unos seis al mes. Sean novelas o textos de ciencia para nenes”, dijo Paola, su mamá.
Es que en este hogar casi no existen las pantallas y tampoco sobra el papel. No tienen televisores y solo poseen una computadora -con pantalla de tubo- que la usan para trabajar. Y, al haberse mudado, todo el material de lectura lo fueron regalando y actualmente se apoyan solo en las bibliotecas.
Sus padres intentan alejarlo lo más que puedan de las pantallas y buscan que el menor tenga una vida “más real”. Pero, en esa dinámica, la cuarentena generó momentos “tristes”, a partir del encierro, el traslado de su Cayastá natal y la falta de sus familiares.
A mediados de junio del año pasado, una de las tardes de plena pandemia la radio anunció un proyecto para escribir un libro colaborativo con historias de la pandemia. Paola supo que esa herramienta sería una forma para que su hijo pudiera expresar el malestar y no lo dudó. “Cuando se lo dije, se entusiasmó y comenzó a pensar sobre qué podía escribir”, agregó la madre.
Empezó a buscar historias cercanas y la única recomendación de Paola fue “escribí lo que sentís”. El nene tomó eso y tomó una lapicera y un papel, y redactó:
“No habló de él, sino de su perra. Igual, también, fue algo útil. Él se puso en el lugar de Margarita, que no salía y mostró cómo se sentían ambos”, dijo con orgullo y aseguró que nadie lo ayudó. Lo escribió “solito”.
Tomaron el texto y el dibujo, los pusieron dentro de un sobre y lo dejaron en un buzón de la biblioteca, que se encargaba del proyecto. Meses después, ya para noviembre, el aporte de Francisco estaba impreso en un libro que salió a la venta bajo el título “Historias en Cuarentena”.
Hasta el momento de la publicación, la biblioteca estuvo cerrada. Solo trabajaba con la modalidad take away y, a partir de las habilitaciones, la primera vez que Francisco pudo ingresar fue para leer el proyecto del que había participado.
La sorpresa al observar tantos libros juntos por primera vez lo nubló. Las estanterías de la Biblioteca Juan Benigar se llevaron toda la emoción y cuando él fue a leer su cuento en formato papel, “no le dio ni bola”.
En el análisis posterior que hizo su madre, contó que lo observó disfrutar más de la escritura que de la lectura y, “sin lugar a dudas”, la cantidad de cosas para leer que vio en ese lugar, lo emocionó. Es que Francisco en Santa Fe iba a una escuela rural, conectada con la naturaleza, pero con algunas falencias. Si bien “nunca le faltó nada”, es la primera vez que tiene esa imagen en su retina.
Siendo uno de los 36 autores del libro, que se puede conseguir en la ciudad de Neuquén en la Librería Malapalabra, dejó de lado la ficción y ahora se está abocando a la ciencia. En las últimas semanas, está retirando libros vinculados al universo o bichos, y se está metiendo en ese mundo.
Con poca edad y gracias al proyecto encabezado por la biblioteca, Francisco encontró una forma de canalizar lo que le pasa. Si bien escribe para desahogar, “se dio cuenta que la publicación no es lo suyo” porque, por ahora, no le gusta la exposición. Es más, pidió que su cara no salga en la nota y sus padres, además de respetar la decisión, aseguran que es tímido y “se hará lo que él quiera”.
Tras haber leído más de 50 libros en lo que va de la cuarentena, Francisco, a sus siete años, recomendó su libro favorito: Truck va de paseo, de la escritora argentina Beatriz Doumerc.
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