Este establecimiento, recién abierto en un barrio de moda por un intelectual budista para “concientizar sobre la muerte”, vende bebidas con nombres como “nacimiento”, “muerte”, “vejez” o “sufrimiento”. Se accede al local por un callejón oscuro lleno de letreros luminosos con preguntas como “¿Cuál es el propósito de tu vida?”. En el centro de este “café de la muerte” está la atracción principal: un ataúd con un epitafio en inglés que dice “Eventually you can bring nothing” (No es necesario traer nada).

Muchos se meten en él y se dejan encerrar por un momento. “Me siento como en un entierro”, explica Duanghatai Boonmoh, una mujer de 28 años que recupera la sonrisa bebiendo un batido de chocolate, después de haber pasado por el ataúd. “Lo primero que me pasó por la cabeza fue: ‘¿Y si nadie lo abre?’. Es la duda que uno siente cuando se acerca a la muerte”, confiesa después de yacer en el féretro blanco con adornos dorados, forrado por dentro con una tela rosa.

El creador de este bar, Veeranut Rojanaprapa, niega buscar sólo el lucro, en una ciudad donde hay ya una oferta muy peculiar, con locales donde el cliente puede disfrazarse de sirena o de unicornio.

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