Un delantero que hacía goles por unos kilos de costeletas

Nicolás "Chiqui" Castillo. En los años 60 brilló en la delantera de Independiente de Neuquén, donde fue goleador varias veces.

Se formó en el potrero de calles Chubut y Libertad. A los 16 años debutó con un gol en la Primera del rojo neuquino.

Su ídolo era el delantero de San Lorenzo José Sanfilippo. Una lesión en los ligamentos lo dejó fuera de las canchas.

PABLO MONTANARO
montanarop@lmneuquen.com.ar

"Fue una gran frustración no haber podido jugar más al fútbol, era joven y tenía futuro", dice Nicolás Castillo, a los 68 años, en el living de su casa de la calle Tierra del Fuego, mientras descuelga las fotos en las que se lo puede observar con la camiseta a rayas rojas y blancas de Independiente de Neuquén. Tenía 25 años cuando se rompió los ligamentos en un fuerte choque con el arquero de El Chocón. Fue en un partido que Chiqui, como se lo conoce, había decidido no jugar, pero sus amigos lo convencieron. "Tocaron la puerta de casa insistentemente y no les pude decir que no. Al final, de ese partido me volví con la rodilla hecha pedazos", recuerda.

Mi primer gol en Primera lo hice contra Centenario con picardía. Salté con el arquero y le bajé el pantalón y así pude cabecear".

Su pasión futbolera la heredó de su padre, un ferroviario nacido en Las Lajas que desplegó su habilidad en un equipo de Plaza Huincul. "A mi papá no le gustaba el viento y además en Huincul no había nada, así que con el auge del ferrocarril se vino para Neuquén. Era mecánico de máquinas", relata mientras Raquel, su mujer, con quien el 23 de diciembre pasado cumplieron 49 años de casados, le ceba el primer mate de la tarde.

Su padre, que también se llamaba Nicolás, le enseñó a patear con una pelota de trapo en aquel potrero de tierra y piedras de calles Chubut y Libertad, donde después se levantó la cancha de Ferrocarril Sud. "Mi papá era wing derecho, le decían 'cortadita' por la velocidad que tenía al correr.

Yo salí a él, era rápido para jugar", agrega.

A los 7 años, Chiqui ya corría detrás de una pelota de cuero y le daba de puntín. Así pasaba tardes enteras en el potrero con sus cuatro hermanos, todos nacidos en abril, con un poco más de un año de diferencia. Después llegarían las dos hermanas mujeres.

Hizo las inferiores en Independiente, hasta que a los 16 años logró dar el salto al equipo de Primera.

Fue en un partido de visitante contra Centenario. Después de jugar el partido de reserva, mientras se cambiaba en el vestuario, el técnico de la Primera le pidió que no se fuera porque iba a debutar con la número 9. "Fue una alegría inmensa, imagínese. Los defensores de Centenario eran todos altos, unos monstruos para mí, que era un fideo, pesaba 60 kilos", comenta. Y agrega que estaba acostumbrado a jugar con las medias bajas y sin canilleras. Cuando el técnico lo vio, le recomendó que se pusiera algodones y vendas. "Desde ese día empecé a jugar con las medias altas y unas canilleras hechas con una lata de aceite Cocinero", recuerda.

El debut en Primera no podía haber sido el más ideal para un pibe de 16 años. Al minuto, Chiqui convirtió el primer gol del partido que Independiente le ganó 3 a 1 a Centenario. Hace una pausa como si fuera a ubicarse en el área chica, entre los gigantescos defensores de Centenario, a la espera del córner que va a hacer su compañero de equipo. "Tiran el córner y cuando saltamos con el arquero, le bajo un poco el pantalón y así pude cabecear. Me querían matar. Fue mi primer gol en Primera", describe.

Los que disfrutaron sus corridas, eludiendo patadas rivales, y gritaron sus goles afirman que era un goleador que no perdonaba cuando tenía el arco en frente. Su ídolo, en aquellos años 60, era José Sanfilippo, el goleador de San Lorenzo de Almagro, aunque admite que a él le gustaba jugar en toda la cancha, correr a buscar la pelota, mostrarse a sus compañeros. "Además, le pegaba con las dos piernas porque me pasaba horas frente a una pared para perfeccionar la pegada", asegura.

Sus goles se cotizaban, pero en las tribunas. "Los hinchas en la tribuna juntaban lo que podían, y cuando terminaba el partido me daban un sobre con billetes y monedas", cuenta. Y agrega un dato curioso: "Una mujer que su marido tenía una carnicería me gritaba 'Chiqui, si metés un gol te doy dos kilos de costeleta'". Asegura que la mujer cumplía con la propuesta.

"Fui siempre goleador, incluso cuando volví a jugar después de la lesión convertí 32 goles", cuenta quien ya no recuerda cuántas vueltas olímpicas dio con el rojo neuquino ni tampoco quién se quedó con los trofeos, porque un día se los regaló a los chicos del barrio.

TRABAJOS
De la farmacia a Tribunales

Los días de juventud de Nicolás Castillo no sólo pasaban por jugar al fútbol, sino que también tuvo que salir a trabajar para colaborar con la economía familiar.

Después de hacer sexto grado comenzó a trabajar como cadete en la farmacia Avenida. "Un día pedí una escoba para barrer y el dueño me preguntó si quería trabajar", dice.

En 1966 tuvo la oportunidad de ingresar a Tribunales, donde trabajó 41 años hasta que se jubiló, en 2007. "Empecé a hacer limpieza y terminé como jefe del departamento de expedientes", cuenta con orgullo.

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