Un músico de barrio con un don especial para ayudar a otros
Menduco o Mendu, como lo conocen, llegó al Alto Valle en 1984 desde su Mendoza natal para hacer un censo de viñedos.
A través de la equinoterapia y la musicoterapia comenzó a trabajar con personas con discapacidad. Hoy se desempeña en varios centros terapéuticos.
Analía Castro
Neuquén.- Multifacético y carismático. Un trotamundos que sabe leer la calle y que desafía los prejuicios en torno a la música, los mandatos sociales y la discapacidad.
Es difícil identificarlo con el nombre Enrique Araujo. Todos lo conocen como Menduco o Mendu, el músico devenido en terapeuta ocupacional que con su voz y sus acordes embellece el paisaje urbano en algunos puntos de la ciudad.
Detrás del hombre de la guitarra que canta a la gorra a metros del Cine Teatro Español y en la esquina de Combate San Lorenzo y Belgrano, se esconde un enólogo y un artista sensible con un don especial para conectar con otros seres humanos, incluso aquellos que la sociedad suele invisibilizar y discriminar.
Oriundo de San Martín, Mendoza, llegó al Alto Valle en 1984. “Yo soy técnico agrario y enólogo y vine a hacer un censo de viñedos. En ese momento se empezaba a hablar de los vinos de la zona fría”, contó Mendu, y continuó: “En mi pueblo había 400 bodegas, mi papá trabajaba en el INTA, era imposible que no se te meta por algún lado la profesión”.
Algo parecido sucedió con la música que desde siempre impregnó su vida, marcando su destino como algo natural. “Yo siempre estaba absorbiendo cosas. Tenía un tío que tocaba la guitarra clásica y otros con los que escuchaba cuecas cuyanas, milongas, Creedence y Bob Dylan. De a poquito me pude ir comprando los instrumentos y desarrollé el oficio. Siempre empezás con la guitarra, que se puede prestar”, señaló este hombre de 55 años que se abrió paso a partir de un aprendizaje intuitivo, aunque también estudió en un conservatorio mendocino.
Ya radicado en Neuquén, se sumó a la orquesta Impacto Nacional en percusión. “Hicimos toda la Línea Sur tocando. En un fin de semana gané lo que ganaba en un mes haciendo investigación. Así que renuncié al Instituto Nacional de Vitivinicultura y empecé a trabajar de músico”, relató. “Uno siente cuando una cosa va o no va, cuando uno no pertenece a un lugar, a veces observás una cosa más bonita al frente. Si no perseguís lo que te gusta y lo que te hace bien, es complicado vivir”, remarcó.
Más allá del volantazo y de animarse a vivir por temporadas con su música -incluso salir de gira por Latinoamérica-, combinó su vocación con otras actividades a las que llegó precisamente cantando.
“El estar tocando en lugares hace que conozca gente”, sostuvo Mendu, antes de recordar cómo comenzó a conectar a través de la equinoterapia y la musicoterapia con personas con discapacidad. “Cuando vino la democracia se buscaban actores culturales que pudieran ir a los barrios a movilizar todo lo que había quedado sesgado por la dictadura militar. A partir de los talleres de danza, títeres y teatro empecé a tener al hermanito de un nene que por ejemplo era ciego o tenía síndrome de Down. Cuando vieron que laburaba igual con cualquier pibe me empezaron a llamar de distintos lugares”, indicó.
“Yo ganaba más haciendo otra cosa y quería tocar en los bares, pero una vez un doctor me dijo ‘Esto no lo podés dejar. Hay personas que estudian para que un pibe los mire y estos no te sacan los ojos de encima. Los bares pueden esperar’”, rememoró.
“Por suerte no me tuve que dividir”, acotó en alusión a su tarea como terapeuta que le permite seguir en contacto con la música, el arte y los caballos, su otra pasión.
Actualmente, Menduco trabaja en el hogar Ayelen, en los centros terapéuticos Amuchen, Corazones, Don Remo y la Fundación Alas del Alma. “Son centros que se armaron a partir de talleres para chicos que no tenían contención”, explicó.
“Siempre entendí la discapacidad como la distancia que hay entre lo que no puedo hacer, lo que me han dicho que no puedo hacer y las herramientas que tengo para hacerlo”, dijo, y recordó un capítulo de una ficción donde una nena con una pierna más corta logró ganar una carrera al poder acceder a una zapatilla especial.
“Es interesante estudiar qué le puedo dar a este pibe para que pueda avanzar, a veces será una caricia, otras una palabra de aliento. El tema es verlos y pensar cómo les achicamos la brecha”, destacó.
“A veces es más fácil decir ‘pobrecito’ porque no te compromete en nada. Hay gente que no se acerca porque les tiene miedo. Hay que ver qué imposibilidad tenés vos para verte en aquel que tiene una imposibilidad, qué cosas se proyectan y se resignifican”, reflexionó Menduco.
Hay personas que estudian para que un pibe los mire y estos no te sacan los ojos de encima. Los bares pueden esperar”. Enrique Araujo
Un termómetro de lo social
Los vecinos del barrio Cumelén saben que los fines de semana encuentran a Menduco tocando en la esquina de Combate San Lorenzo y Belgrano, cerca de un supermercado. “Es un microcentro interesante. A veces hay más movida que en el centro”, analizó el músico. Agregó que la calle "refleja todo lo que está pasando". "Hace dos años la gente compraba, salía, tiraba el ticket y dejaba el vuelto. Ahora, se detienen en la vereda y estiran el ticket para ver qué le están cobrando. El cambio que te cae es distinto. Así y todo, siempre hay un presupuesto escondido para el arte. Si no colaboran, te alientan y a veces cantan con vos”.
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