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La Mañana Columna de Opinión

Un privilegio camuflado

Mientras sufrimos con cada extensión del aislamiento, otros consiguen su preciada libertad.

Desde hace casi un mes, nuestros días se transformaron en un vaivén entre cuatro paredes, confinados con familia, mascotas, pareja, o quizá solos. El riesgo de exponerse al virus que arrasa con países del primer mundo era muy grande y, según dicen, el Gobierno lo supo controlar a tiempo.

Recetas, ejercicios, manualidades, meditación, libros, películas, series, juegos. Las recomendaciones para llenar el día son infinitas y llegan de todas las direcciones. Todos están enfermos por realizar tantas actividades como su cerebro y su cuerpo les permitan en un espacio reducido, mientras aguardan el fin del confinamiento.

Sin embargo, para otros, la pandemia significó la libertad de la que hace tanto no gozaban. Son quienes cumplían condenas, por diversos motivos, y por alguna u otra razón comenzaron a recibir el beneficio de la prisión domiciliaria durante la semana pasada. La mayoría lleva años confinados entre las cuatro paredes a las que nosotros tanto tememos.

Quizá debamos consultar con ellos, para saber cómo pasaban sus días, que nos compartan sus “tips” para lograr que la mente no quiera encenderse en llamas después de unos minutos de silencio con uno mismo. Quizá les deberíamos preguntar con quiénes hablaban, en qué pensaban, o cómo medían el paso de las horas tras las rejas.

Como suele suceder con tantas cosas, no somos conscientes de la fortuna de tener algo hasta que lo perdemos. Hoy, no solo es libertad, sino también salud.

El encierro impuesto pesa y cuesta. Pero si comenzamos a pensarlo como un privilegio, en lugar de un castigo, quizá nos resulte más ameno.