Un silencioso trabajo con el objetivo de cruzar el disco
Pablo Montanaro
Neuquén
El sol del miércoles empieza a asomar en el predio de Crouzeilles y Punta Indio, donde en breve un grupo de personas comenzará a poner en marcha la silenciosa y trascendental tarea de preparar los caballos que el domingo buscarán sacar varios cuerpos de ventaja y llegar al disco. Una tarea que se hace en forma rutinaria todos los días en cada uno de los veinte studs del Hipódromo de Neuquén.
Desde las 6 el movimiento es notorio; peones y ayudantes inician su trabajo con los caballos, preparándolos para que jockeys y entrenadores realicen el vareo (entrenamiento) diario.
Daniel Chiacchiarini, el cuidador del stud Los Chicos llega a las 6 en punto para supervisar las tareas. Este stud cuenta con 11 caballos, en tanto el resto tiene un promedio de 6 animales. “Nunca vi a los caballos como un negocio, sino más bien como un hobby”, aclara este hombre de 59 años que vive de la fruticultura pero que desde hace tres décadas se dedica a cuidar caballos. “Casi la mitad de mi vida que estoy en esto porque desde muy chico siento pasión por los caballos”, cuenta, y antes de que se lo pregunte aclara que nunca montó pero que le hubiese gustado: “Es como el tipo al que le gusta el automovilismo y su máximo deseo es manejar un coche de turismo carretera”.
Por la mañana, durante unas tres horas, los peones limpian las camas de los caballos, los cepillan, limpian el bebedero y los van preparando para varear en la pista. “Mientras uno de los peones lo prepara, otro lo varea, luego lo entrega, lo lleva a comer y sale el siguiente caballo para galopar o realizar algún trabajo específico. Es un trabajo de mucha coordinación”, explica el peón Marcelo Morales. El mismo trabajo se realiza por la tarde, generalmente entre las 15 y las 18.30.
Detrás de cada caballo se genera una actividad que involucra a muchas personas, desde peones pasando por veterinarios hasta el que vende la avena o la viruta de madera para las caballerizas.
Morales cuenta que hace más de un año que trabaja en el stud bajo responsabilidad de Chiacchiarini pero desde muy chico estuvo involucrado con los caballos. “Nací y me crié en un campo de la provincia de Río Negro, así que siempre estuve con los caballos, incluso he dejado otros trabajos, como en un aserradero, para venir acá. Es lo que me gusta hacer”, explica con entusiasmo.
Mientras prepara las herramientas para atender el casco de la pata de uno de los caballos, este hombre de 43 años que durante mucho tiempo se dedicó a la doma confiesa que tiempo atrás, de más joven le gustaba la idea de ser jockey. En su rostro y en su manera de moverse se refleja su apasionada dedicación por la tarea que realiza porque como afirma, “mi función es estar con los caballos que son como los chicos: hay que tenerles paciencia, no hay que maltratarlos ni pegarles, sino que hay que enseñarles las cosas y así ellos aprenden”. Sin duda, el peón es la persona que más tiempo pasa con el animal, es quien descubre sus dolores y caprichos.
La mayoría de los jockeys que corren en la zona provienen de campos del interior. Otros trabajaban como peones, vareaban y así se fueron haciendo como el caso de Jorge Hernández, quien le tomó el gusto a las carreras, le dio el peso y se metió de jockey, o de Patricio Peredo, “quien trabajaba con un veterinario, andaba a caballo y como era livianito lo llamaban para montar algún caballo”, cuenta Chiacchiarini.
Las tareas en los studs van concluyendo, la tarde se retira lentamente sobre el predio ubicado en el oeste de la ciudad y solo se escucha la respiración de los caballos y algún que otro relincho. La escenografía se repetirá mañana y así hasta el domingo cuando comience a aumentar la adrenalina de dueños, cuidadores, peones y jockeys cuando la tierra de la pista comience a temblar.


