Un testigo del dolor ajeno
Sara Aedo
Neuquén.- Un día en el trabajo de José Ferradas es suficiente para validar el dicho que reza que “no somos nada”. Con una pala al hombro, guantes en el bolsillo y un atado de cigarrillos en un hueco de la camisa, José recorre parcela por parcela el cementerio del barrio Progreso. Lo transita desde hace 22 años y a pesar de cierta costumbre, cada amanecer trae consigo una nueva lucha entre la vida y la muerte.
La jornada laboral de José comienza a las 7 con las tareas menos gratas. Después de vestirse con un mameluco descartable, se dirige a la fosa que ese día será abierta para exhumar el cuerpo que allí descansa.
Por la superpoblación, el camposanto dispone que, en caso de que los deudos no paguen el servicio, los restos deben ser retirados antes de los 10 años. Con la orden judicial en mano, José hace cumplir el edicto. “Alguien tiene que hacer este trabajo, pero no es menos digno que cualquier otro”, dice convencido mientras fuma un cigarrillo.
A las dos de la tarde, el hombre que vive en el barrio Villa Ceferino con su mujer, Noralí, y cinco de sus 14 hijos, cruza el portón del cementerio y no mira hacia atrás. Ya en la vereda es otro hombre y se dirige a su casa, donde su esposa lo espera con algo de desconfianza porque no sabe con qué tipo de aroma aparecerá ese día.
Para su familia no es fácil tener a un sepulturero sentado a la mesa. Sin embargo, cuando la necesidad apremia y ya se le prendió a cada santo una vela, no queda otra que aceptar el trabajo menos deseado.
Tenía 40 años la primera vez que pisó el cementerio y era consciente de que, a medida que avanzaba su edad, se reducía la posibilidad de conseguir un trabajo en relación de dependencia. Su primera tarea fue la de exhumar, trasladar y volver a enterrar 110 cuerpos adultos y 80 bebés, cuando el cementerio le dejó espacio al trazado de la calle David Abraham, en los 90. Ese día supo que tendría estómago para todo.
Coraza
“Tenés que estar muy bien mentalmente para venir todos los días”, reflexiona sobre su trabajo. Con sus cuatro compañeros no dejan de discutir la necesidad de un aumento del 25 al 50 por ciento por tareas riesgosas, dado que la tarea que realizan es insalubre.
El paso de los años dibujó en la memoria de José un esquema exacto de la necrópolis.
Si los visitantes le brindan algunos datos clave, él puede recordar dónde habita cada difunto sin necesidad de recurrir al registro de la administración. Para José, la mente activa es la mejor manera de darle batalla a la muerte.
Estas dos décadas de oficio en el cementerio le enseñaron a José a desempeñarse en sus tareas siempre con una sonrisa. Es una forma de empalizar con el dolor ajeno pero, a la vez, de ponerle una firme barrera para que nada de lo que lo rodea lo afecte y luego lo traslade al terreno familiar.
Es que el hombre se maneja en un terreno que potencia cualquier sentimiento y él tiene que lidiar con todos ellos porque es la cara que los deudos observan cuando llegan a este lugar para darle a un ser amado el último adiós.
Provisto de una gruesa coraza y pensativo, aspira el último cigarrillo y recorre el camposanto con su mirada. A fin de cuentas sabe que, aunque intente ignorarlo, también es un ser humano acechado por el dolor y la muerte.
“Quien trabaja en un cementerio y no hace más nada cuando termina su turno, se apaga”.“Aunque no te guste el trabajo, el cementerio te atrae, quiere que te quedes acá”.“Todavía no me tocó enterrar a nadie de mi familia. Por eso doy gracias a Dios”. José Ferradas. Sepulturero del cementerio del barrio Progreso
También trabaja como albañil
Aunque la familia Ferradas junte el sueldo municipal de José y el de empleada doméstica de su esposa, las cuentas le siguen quedando en rojo. En una casa con cinco hijos la economía familiar tiende a tambalear.
Un poco por la necesidad económica y otro poco para despejar la mente es que, cuando termina su turno, José sale a trabajar como albañil, un oficio que mantiene como un as bajo la manga en tiempos de necesidad.
No hay sábados ni domingos libres cuando el objetivo primordial es llegar a fin de mes. Por eso José afirma que mientras tenga buena salud piensa seguir con esta doble jornada de trabajo.
22 años hace que Ferradas desarrolla sus tareas en el cementerio de Progreso.
“No quiero esto para mis hijos”
Un duro golpe fue el que le tocó vivir a José Ferradas en la adolescencia cuando sus padres murieron con apenas diez años de diferencia. Como una prueba de vida, el sepulturero decidió formar una extensa familia y tuvo 14 hijos.
El mayor tiene 37 años y el menor, 14. Una parte ya son trabajadores, otros estudiantes universitarios y unos pocos van al secundario, la mayoría con buenas notas.
“No quiero que ninguno tenga que hacer el trabajo que yo hago. Quiero que estudien y que sean buenas personas”, asegura. Orgulloso de sus hijos, los junta cada vez que puede en una larguísima mesa, en su casa del barrio Villa Ceferino.
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