El clima en Neuquén

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La Mañana cueva

Una cueva, el refugio de un hombre "en situación de calle"

Tiene 40 años y es uno de los tantos "sin techo" que trata de sobrevivir en Neuquén.

Adrián no quiere que le hagan fotos. Dice que no le gustan, que nunca le gustaron, ni siquiera cuando era un chico y vivía con su familia, cuando tenía una vida humilde, pero digna, en el histórico barrio Belgrano de la ciudad de Neuquén. Puede que sea por vergüenza. Él no lo confirma, aunque tendría todo el derecho a tenerla.

- Una de lejos, aunque sea.

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- Ninguna.

- Entonces una de espaldas para que no se te vea la cara.

- Tampoco. No me gustan las fotos.

Adrián sí accede a la entrevista, aunque su tiempo vale plata. En sus manos tiene un cartel que lo utiliza a diario para pedir limosna en las esquinas. Es de color blanco con unas pocas palabras pintadas a mano que explican lo que él cree que es: un hombre en “situación de calle”, un eufemismo en alza que define a aquellas personas marginadas y excluidas de todo que ni siquiera tienen un lugar dónde caerse muertas.

Cuenta que está en la calle hace casi dos años o un poco más. Tenía trabajos de pintura, el oficio que domina junto con el de ayudante de albañil, pero la pandemia lo hundió. Todas las herramientas que había comprado con una parte de la magra herencia que le dejó su papá al morir las tuvo que vender para poder comer y tener un techo. Al poco tiempo se quedó sin nada porque vivir es caro y porque la plata no vale nada. Y la calle se convirtió en su hogar. Así de brutal y repentino.

- ¿Qué reflexión podés hacer de tu situación?

- Es lo que toca.

- ¿Te quedó algo?

- Lo que tengo puesto y algunas cosas de abrigo que guardo. Tenía un celular, pero lo tuve que vender. Hoy es imposible mantenerlo. Lo único que me quedó es el DNI que lo volví a tramitar hace poco porque para mí es importante por si sale algún laburo.

El documento nacional de identidad tiene más importancia de la que le da Adrián. Es la constancia de que existe como ciudadano, que tiene un nombre y apellido, que figura en los registros del Estado, que está.

Es cierto que esa identificación es la única cuerda que todavía lo mantiene atado a la formalidad, aunque no tenga un hogar donde vivir. Pero él sabe que es un nudo que se afloja todos los días y es consciente de que en algún momento esa última esperanza puede terminar. Y si eso ocurre corre el riesgo de caer más bajo de lo que ya cayó. Es difícil imaginar cuánto porque su vida se desmoronó hasta el límite de la dignidad, pero podría ser peor.

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Una postal que se repite en muchos rincones de Neuquén.

Una postal que se repite en muchos rincones de Neuquén.

Adrián habla con entusiasmo, pese al drama que vive. Tiene 40 años y no se avergüenza de su situación, aunque reconoce que le cuesta pedir limosna porque si bien su pasado no fue fácil, alguna vez tuvo un techo, un trabajo, proyectos para soñar; en definitiva, una vida mejor.

No hace demasiada referencia a su niñez. Cuenta que pudo compartir la vida con otros cinco hermanos en la casa donde creció, que fue a la escuela donde estudió hasta séptimo grado y que después abandonó. Probablemente ese haya sido un punto de inflexión o el comienzo del recorrido por un camino sinuoso que terminó de manera dramática, en la situación que enfrenta hoy, donde sus prioridades son las más primitivas: tratar de alimentarse y de refugiarse del clima cuando se presenta hostil.

Dice que ya no va más a los bares y restaurantes del centro donde siempre hay desperdicios sabrosos para alimentarse porque ahora hay muchos que hacen lo mismo que hacía él. Cuando termina el horario de esparcimiento, comienza un peregrinaje constante hasta los lugares que están por cerrar y, por lo general, es tarde. La demanda creció y hay más competencia.

Por eso prefiere estar parado durante el día, pidiendo de manera tácita y anónima en una esquina. Siempre hay alguien que se conmueve con el eufemismo de su cartel y le da algunos billetes que le alcanzan para comprar un sándwich “o algo”. A veces junta 600 pesos; otras, con más suerte, pasa los 1.000. Para alimentarse sirve. No obstante, sigue recorriendo obras en construcción para buscar trabajos o changas, aunque sabe que es difícil.

- ¿Qué pensás de este país?

- Que en la Argentina ya no se puede soñar. Que ni siquiera la gente que tiene algo puede soñar.

- ¿Y de la situación económica?

- Que se está yendo al carajo.

- ¿Y no te da miedo?

- ¿Miedo? –pregunta y se ríe- Si yo ya perdí todo….

Vivir en la calle es difícil, pero cuando alguien está solo se hace más llevadero, sin la responsabilidad de tener que preocuparse por una pareja o por niños. Por eso Adrián dice que no tiene a nadie a su lado ni tampoco proyecta nada parecido a una familia, ni siquiera a la que tuvo en su niñez, aquel núcleo social primario con el que también perdió contacto. Reconoce que no se relaciona con nadie de su pasado, pero prefiere no hablar del tema y seguir contando los enormes desafíos que enfrenta a diario para poder mantenerse vivo.

Asegura que siempre hay alguien que le presta un baño para poder higienizarse con agua caliente en los días de invierno y que en el verano o en la primavera es más fácil porque los ríos limpian y refrescan.

- La última que pedí un baño en un hostel me querían cobrar 2.500 pesos.

- ¿Y las estaciones de servicio?

- Ya no te lo prestan porque hay gente que hizo desastres. Supongo que tienen razón.

La soledad lo ayuda a sobrevivir en las calles; mucho más en la jungla que se convierte la ciudad mientras la mayoría descansa. Es que hasta en los lugares públicos más concurridos durante el día acechan los peligros menos esperados cuando desaparece el sol. Cada recoveco que esconde las sombras puede ser un refugio, pero también una trampa.

Adrián asegura que los robos son frecuentes hasta entre los más pobres, que hay una batalla permanente por la supervivencia que no tiene códigos y que ni siquiera respeta los rangos más penosos de la indigencia. Una manta, un abrigo, un tacho para calentar algo… cualquier cosa es un bien preciado que puede ser arrebatado durante las horas del sueño o puede ser motivo de una pelea con final dramático, si hay resistencia. Y él lo quiere evitar para no tener problemas.

- ¿Y entonces?

- ¿Entonces qué?

- ¿Dónde dormís, si la calle está tan jodida?

- En una cueva.

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La cueva donde se refugia Adrián con sus pertenencias secándose al sol.

La cueva donde se refugia Adrián con sus pertenencias secándose al sol.

Parque Norte es uno de los espacios públicos más valorados que tiene la ciudad de Neuquén. Es agreste, naturalmente bello, con un bosque que alguna vez fue incipiente, pero que ahora es frondoso y se levanta como un milagro en el arenal. Los pinos crecen en la meseta más alta, pero también en las laderas de la barda; entre medio serpentean senderos largos y angostos, ideales para quienes deciden practicar trekking o realizar caminatas distendidas en cualquier estación del año.

Es un ecosistema que respira aire puro y que alberga una fauna cada vez más variada. Allí conviven zorros grises, liebres, cuises y aves de distintas especies, aunque desde hace poco, un nuevo e inesperado habitante rompió la calma silvestre.

Detrás del monumento al coronel Manuel Olascoaga, sitio donde descansan los restos del primer gobernador de Neuquén y su esposa, hay un cañadón profundo que se pierde en la espesura del bosque. En una de sus laderas hay una pequeña cueva que pasa desapercibida y a la que se accede por una subida con poca pendiente. Ese es el lugar donde duerme Adrián.

En el refugio hay un par de mantas sucias que lo abrigan en las noches frías; en un rincón, un espacio para el fogón que enciende cuando ya no pasa gente. El nuevo morador del parque tiene que tomar esas precauciones para que no lo denuncien. Aunque ya lo denunciaron.

- Me descubrieron unos empleados municipales y llamaron a la Policía. Cuando vinieron les expliqué que prendí un fuego para no tener frío y me dejaron, pero me pidieron que lo controlara. Pensaban que yo era uno de esos que cada tanto incendian el bosque.

- ¿Y te creyeron?

- ¡Y sí!. ¿Cómo se les ocurre que voy a querer incendiar el bosque? Yo solo quiero tener un lugar para dormir.

- Zafaste.

- No, porque después desviaron el riego a propósito para que se inundara el lugar y se me mojó todo.

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Una casa abandonada en Santa Genoveva se convirtió en un refugio.

Una casa abandonada en Santa Genoveva se convirtió en un refugio.

La realidad de Adrián no es muy distinta a la de otras 40 personas que viven en las calles neuquinas, según Red Solidaria, organización que lleva adelante un monitoreo constante, especialmente durante los meses de invierno. Un grupo de voluntarios recorre las calles de la capital para asistir a los desamparados con un plato de comida o con ropa de abrigo. Es una rutina tan repetida durante las noches frías que quienes colaboran en esta cruzada ya conocen los nombres de cada uno, como también sus historias, sus urgencias y el lugar donde paran para pedir o descansar.

Hay al menos 10 en el balneario municipal; otras 5 en la Terminal de Ómnibus; 4 en inmediaciones del CPEM 23; 4 en la Avenida Argentina; el resto, en obras de construcción abandonadas y en distintos rincones que tiene la ciudad.

Muchas de estas personas tienen problemas de adicciones o sufren enfermedades mentales, algunas conocen el encierro de la cárcel, otras tienen deudas con la Justicia, la mayoría dejó de tener contacto con la familia y todas por igual sobreviven haciendo equilibrio en una cuerda invisible colgada en los márgenes de la vida. ¿En cuántos de estos grupos está representado Adrián? Solo él lo sabe.

Mientras tanto, en una dimensión paralela, la sociedad libra a diario apasionadas batallas lingüísticas en pos de esa entelequia llamada “inclusión” y la dirigencia se esfuerza para inventar eufemismos cada vez más complejos para que la existencia no parezca tan dura, como si las palabras fueran más importantes que las acciones, como si esos atajos pudieran cambiar en serio el destino de las personas.

Sería políticamente correcto catalogar a Adrián como un "hombre en situación de calle" para maquillar sus padecimientos y sus necesidades, pero la realidad es diferente y es cruda.

Adrián es un excluido, un indigente, un tipo que mendiga para comer y que duerme en una cueva. Acaso es el fantasma que nadie quiere ver, que deambula todos los días sin proyectos ni futuro. O el hombre resignado a soportar lo que él cree que le tocó en suerte: la condena del abandono para vivir una vida de mierda.

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