Una deuda de la escuela

Cuando iba al secundario, conocí a una chica un año menor que yo. Creo que se llamaba Catalina y era una promesa, un diamante en bruto. Estaba llena de proyectos, era lúcida y elocuente y participaba con entusiasmo en todas las actividades estudiantiles. La miraba y me la imaginaba dentro de un lustro cosechando éxitos.

Me sorprendí una tarde cuando vi cómo su vientre abultado se escapaba de los pantalones tiro bajo que se usaban a fines de los 2000. Tenía sólo 16 años y una gestación que, posiblemente, dejaría truncas algunas de esas promesas.

El embarazo adolescente parecía afectar solamente a las alumnas de sectores más vulnerables, que no recibían en casa la educación sexual que, entonces, era tímida y minada de tabúes en la secundaria.

Luego me enteré de que Catalina sí tomaba pastillas anticonceptivas, pero las mezcló con otros medicamentos sin saber que algunos reducen el efecto del control de natalidad.

Yo tampoco lo sabía, aunque me jactaba de pertenecer a una familia donde mis padres, también llenos de tabúes, me habían hablado del tema. Se lo conté a mi mamá y ella se mostró igual de sorprendida. A las dos, entonces, nos faltaba educación sexual.

Probablemente Catalina transformó sus sueños y tuvo éxitos, aunque distintos a los que yo le auguraba. Pero me demostró la deuda que tuvo la escuela con ella y con miles de chicas que necesitan más que a su familia para tener una educación sexual de calidad.

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