Una estatua lista, la otra...

Es muy difícil no caer en la tentación. Puesto el resultado, con la temperatura bien alta por el fervor de unos ante la victoria y la calentura de los otros por la derrota, la historia más reciente empuja a endulzar los oídos del Muñeco y a llenar de preguntas los del Mellizo.

Es cierto que el DT de River gana y pierde en dosis similares los superclásicos domésticos y que cayó frente a los dirigidos por Barros Schelotto en los dos últimos que se jugaron en el Monumental, donde todavía no festejó “por los tres puntos”. Pero en tardes como la de ayer agiganta su imagen de entrenador que sabe jugar partidos decisivos, que supera a su colega en la táctica, en los cambios, en la elección de los soldados y en cómo los prepara para las batallas. Gallardo ya aprobó muchos de esos exámenes finales y los tres más importantes frente a su clásico rival, los que cambiaron la paternidad copera y la mudaron de barrio, asegurándole una estatua el día que decida buscar otros destinos. Por eso siempre se lleva buena parte de los méritos.

Del otro lado, el DT de Boca todavía adeuda ese tipo de notas. Es cierto que ya dio dos vueltas olímpicas en torneos locales y busca un tricampeonato que ningún técnico logró en el banco xeneize. Pero en tardes como la de ayer agiganta la idea de que las finales, por ahora, no son lo suyo. Y en cada batalla perdida, generan dudas su elecciones tácticas y las de sus soldados, esos nombres que se apilan en defensa sin dar soluciones, las variantes permanentes (Tévez por Mauro Zárate, por caso, en el duelo de ayer) que complican la idea de juego del conjunto. Su destino estará muy atado a lo que ocurra en la Libertadores. Sin esa gloria, su estatua como DT no se va a mandar a hacer.

Gallardo ya aprobó muchos exámenes finales y el Mellizo todavía adeuda ese tipo de notas.

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