Ese domingo 30 de octubre de 1983, la historia argentina cambió para siempre. Más de 15 millones de argentinos concurrieron a votar. El país recuperaba el estado de derecho luego de siete años de la noche más oscura, más dolorosa, el de una dictadura militar que violó todos los derechos y dejó 30 mil desaparecidos.
Ese día, Diego Armando Maradona cumplió veintitrés años y ya su apellido se había convertido en un país, como definió tan certeramente el periodista Alejandro Wall.
Durante su campaña electoral, Raúl Alfonsín rescató el olvidado Preámbulo de la Constitución y desde los afiches con un simple gesto mostraba un símbolo de triunfo y también de unión: sus dos manos cruzadas y levantadas. Una imagen que se convirtió en ícono de la restauración democrática. Tres años después, en el Estadio Azteca de México, el genio del fútbol mundial levantó la Copa y la besó con esa alegría infinita en una imagen que quedó eternizada para siempre. Como también quedó eternizado el festejo de los campeones del mundo en Casa Rosada cuando Alfonsín “nos regaló el balcón, la posibilidad de estar al lado de la gente”, según expresó Maradona.
Ayer, recordé aquella primera vez en las urnas, la emoción de aquellos hombres y mujeres que habían depositado masivamente su confianza para transitar una vida en libertad. También al genio del fútbol mundial aquella calurosa tarde mexicana del 22 de junio de 1986 ante 114 mil personas, llevando la pelota desde mitad de la cancha, apilando jugadores ingleses en el campo de batalla del Azteca que lo llevaría hasta el arco de Shilton para acariciarla con la zurda, convirtiendo ese grito, ese gol en una postal inmortal.
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