Una guerra sangrienta por una invasión de ratones que no fue

Pehuenches y puelches tuvieron un duro enfrentamiento por el fracaso de un plan para expulsar a los españoles del territorio chileno en el siglo XVII.

Por Mario Cippitelli - cippitellim@lmneuquen.com.ar

Cualquier acción por más pequeña que pareciera era motivo para iniciar una guerra entre las tribus que habitaban la región de la Araucanía a uno y otro lado de la cordillera a mediados del siglo XVII. A veces era la entrada de un intruso al campo de caza equivocado. Otras, el robo de ganado o el secuestro de una mujer por parte de un intruso enamorado.

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Fueron batallas que en la mayoría de las veces llegaban al exterminio del más débil y que recién comenzaron a ser menos comunes a partir la unión de las comunidades y la creación de la gran nación mapuche.

En 1630 el desencadenante de un brutal enfrentamiento entre puelches y pehuenches no había tenido origen en ninguna de esas cuestiones sino a una supuesta estafa a partir de un acuerdo que hicieron ambas tribus en la región de Boroa (IX Región de la Araucanía).

Por aquel entonces, el Reino de Chile no les daba tregua a los pueblos originarios con sus intentos de expansión y la resistencia era feroz. Los pehuenches necesitaban encontrar una herramienta que permitiera expulsar de su territorio a los españoles, más allá de las batallas que tanta sangre les costaba y semejante miseria les originaba. Necesitaban algo distinto. Una estrategia diferente que los ayudara en su lucha y en su defensa.

La supuesta solución la ofreció un indio puelche quien cierto día citó al cacique de una comunidad pehuenche para darle el “remedio” que terminaría con los españoles de una vez por todas. Les dijo que él tenía el mejor método de lucha y que no pasaba por la violencia sino por una cuestión más vinculada a la naturaleza y que no por eso sería menos efectiva. Dijo que les traería una decena de ratones de una especie muy voraz, que se encargarían de multiplicarse de forma tal que acabarían destruyendo todos los campos sembrados de los invasores. Es más, aseguraba que los animales –pequeños y de cola larga- serían tantos que terminarían devorando todo a su paso, incluidos a los españoles. No había ninguna necesidad de pelear. Era tan simple como soltar estos roedores cerca de los asentamientos enemigos para que en poco tiempo causen una verdadera desolación.

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Los pehuenches pensaron aquella propuesta que parecía tan sencilla como eficaz, aunque dudaron. Las relaciones con los puelches no habían sido malas a lo largo de los años. Compartían muchas cosas en común como su cultura, parte de su idioma, pero siempre existían ciertas rispideces que por algo los diferenciaban.

No obstante, terminaron aceptando aquel ofrecimiento que no sería gratis. El acuerdo era que por esos ratones voraces le entregaría a su negociador una gran cantidad de ganado a cambio. El puelche viajó a su tierra, regresó con los roedores y el acuerdo se selló. Sólo restaba poner plan en marcha.

Pocos días después un grupo de pehuenches llevó sigilosamente a los pequeños animales hasta las inmediaciones del asentamiento español y los soltó. Era cuestión de esperar.

Sin embargo, el tiempo pasó y los campos sembrados seguían tan florecientes como siempre. Es más, hasta parecía que el enemigo estaba viviendo un momento de prosperidad como nunca antes. Los ratones no se habían multiplicado como pronosticó el puelche. Todo seguía igual o mejor que antes. Algo había fallado.

Los pehuenches se sintieron realmente estafados por aquel embustero y decidieron cobrarse la mentira. Se sentían tan furiosos como avergonzados.

El padre jesuita Diego Rosales tuvo que intervenir ante la dura pelea entre comunidades

Poco tiempo después, llegaron hasta las tierras de los puelches donde habitaba aquel farsante y saquearon y mataron a cuanto enemigo encontraron. No perdonaron a nadie porque en aquellos tiempos se sostenía que todos eran responsables. Si no estaba el culpable otros debían pagar por ello. Así, masacraron a toda la comunidad, sin distinción de género o edades. Fue una masacre que encendió una guerra que se prolongó durante años.

¿Había sido realmente una estafa o un malentendido? ¿Qué tenía de cierto el poder de los roedores?

El indio que llevó la propuesta había visto la devastación que los ratones causaban en su tierra. No sabía que eso ocurría cada 30 años, cuando florecía la caña colihue. Este fenómeno generaba esas increíbles “ratadas” de millones de animales que devoraban todo a su paso. Lo había sufrido en carne propia él y su comunidad. Por eso pensaba que era la mejor arma que podían utilizar los pehuenches en contra de los españoles. El único problema que tuvo fue el cálculo de años con la floración de las cañas.

La anécdota de la guerra entre pehuenches y puelches fue citada por el neuquino Félix San Martín en su libro El Paso de la Villarrica (1940) donde hace referencia a la intervención que tuvo que hacer el padre jesuita Diego Rosales en 1635, tratando de pacificar a las tribus enfrentadas, tal como lo relató él mismo en el tomo III de su libro Historia general del Reyno de Chile.

San Martín contó aspectos de aquel enfrentamiento entre tribus, pero también relató su propia experiencia frente a este fenómeno natural que se daba en la cordillera neuquina, durante los viajes que realizó a principios del siglo pasado: “Hemos visto en la resaca de los lagos Quillén, Ruca Choroi y Aluminé, hace algo más de veinte años, innúmera cantidad de ratones ahogados en su intento de vadear esas enormes masa de agua, obedeciendo quién sabe a qué fuerza misteriosa que les impele a marchar en una dirección dada”.

El neuquino ahondó además en las relaciones que tenían por aquel entonces las comunidades aborígenes que vivían en esa región y en las relaciones entre las autoridades de Chile y los jesuitas que habían llegado desde España, como el padre Rosales.

Pasaron casi 400 años desde aquella propuesta original y prometedora que realizó el puelche a los pehuenches y el brutal enfrentamiento que desató esa mala predicción.

Pasó la historia, rica y trágica, como también el desarrollo de los pueblos a uno y otro lado de la cordillera patagónica.

Ajenos a todo, millones de ratoncitos de cola larga habitan desde siempre en una vasta región cordillerana. Conviven con otras especies, el medio ambiente y los hombres.

Lo hacen de manera discreta y a escondidas hasta que ocurre algo mágico y espectacular que los enloquece: el aviso de la naturaleza cada vez que florecen las cañas colihues.

(Especial agradecimiento a la profesora Elsa Bezerra)

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