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Una médica con espíritu guerrero que venció a la muerte

Marita Gálvez. En julio de 2011 tuvo un accidente con su auto que la dejó en coma y con graves secuelas cerebrales de las cuales se recuperó.

PABLO MONTANARO

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Nació en Corrientes. En 1999 eligió Neuquén para trabajar como médica en Chos Malal.

"De repente me di cuenta de que era una niñita en el cuerpo de una mujer de 41 años", dice en relación con el momento en que inició su rehabilitación.

"Los límites están para romperse" es el lema que enarboló Marita Gálvez, quien con coraje, fuerza de voluntad y determinación dejó atrás un accidente que la dejó en coma, sin poder caminar y con graves secuelas cerebrales, y hoy es un ejemplo de superación.

No recuerda absolutamente nada de aquel fatídico accidente del 8 de julio de 2011. Solamente que era un día a pleno sol. Viajaba junto a sus dos hijos, Paloma, de 8 años, y Joaquín, de 13, desde Neuquén hacia Buenos Aires. “Era una época de escasez de nafta, pero yo había llenado el tanque la noche anterior”, cuenta. Al pasar el cruce de Conquista del Desierto, a unos 200 kilómetros de Neuquén, le dijo a sus hijos que pararía en General Acha y siguió camino. Unos minutos después, perdió el control del auto que manejaba, volcó y ella perdió el conocimiento al sufrir un traumatismo encefálico grave, además de una fractura en el antebrazo izquierdo e infinidad de golpes. Sus hijos resultaron ilesos.

Marita nació en Corrientes y seducida por el sistema público de salud de Neuquén, en 1999 se trasladó a la provincia junto a su esposo donde trabajó en el hospital de Chos Malal hasta enero de 2006 para luego hacerlo en el Heller de esta ciudad. Sus intensas jornadas laborales las complementaba con actividad física en un gimnasio de la calle Belgrano al 200 dirigido por Santiago Vimo, profesor nacional de Educación Física.

Marita ingresó al hospital de General Acha, La Pampa, dos horas después del accidente, inconsciente. Pero por el estado de gravedad que presentaba fue derivada al hospital Lucio Molas de Santa Rosa, donde permaneció un mes en terapia intensiva. Luego fue trasladada a la capital neuquina donde fue internada en el Castro Rendón y posteriormente en el Heller, donde trabajaba. “Tenía un traumatismo grave de cráneo, estuve con respirador y la médica del SIEN, Luciana Ortiz Luna, de la que fui docente durante su formación, vino a buscarme para trasladarme al Bouquet Roldán, donde me internaron y un tiempo después empecé la rehabilitación. Su esposo fue quien me ayudó para volver a caminar”.

“Nadie podía arriesgar un pronóstico, si me iba a despertar y cómo”, cuenta emocionada. Permaneció tres meses en coma y estuvo internada hasta diciembre de 2011. Hasta que un día frente a su colega y amigo el doctor César González, Marita despertó y dijo: “A las 12:30 salen mis hijos del colegio, ¿podés decirles que vengan?”. Recuerda que cuando despertó cayó "en la cuenta que tenía pañales, que estaba del lado del paciente y lo más terrible: que no podía caminar”. Y agrega: “Tenía un cuerpo de un adulto con capacidades de un bebé, no caminaba, no podía hacer mis necesidades por cuenta propia”.

Comenzó la rehabilitación con los profesionales del Bouquet Roldán. “Andaba con un andador y un día el kinesiólogo me dice: 'Ahora vamos a probar a dar pasitos', era como que me dijeran 'Ahora vamos a escalar el Aconcagua'”. Un día Marita acompañada por uno de sus hermanos pasó frente al gimnasio al que antes del accidente concurría. Casualmente Vimo la observó en la calle con un andador y un sobrepeso de más de 20 kilos, con el pelo corto por las cirugías, con una traqueotomía y un caminar espástico. Vimo no se animó a saludarla. Le extrañó no verla con esa sonrisa y esa vitalidad con la que antes entraba al gimnasio.

Unos días después, Marita decidió volver al gimnasio con el gran objetivo de “recuperar mi cuerpo, tenía problemas de equilibrio, de coordinación para caminar”. Ante semejante desafío, el entrenador transformó el gimnasio basado en un entrenamiento funcional de alta intensidad que llamó Método Kropp 3D. Para Marita ese lugar fue su espacio de recuperación física y espiritual.

Un año después, la mujer volvió al lugar del accidente para "sentir esa soledad, esa incertidumbre de mis hijos al quedarse solos en medio de esa ruta, en la nada y no saber qué les iba a pasar". "Cargo con las cicatrices del alma de mis hijos”, confiesa. Y agrega que para Paloma y Joaquín “no fue fácil pasar de ser hijos a ser padres" y que ellos fueron su sostén como también su familia, amigos y compañeros de trabajo.

Dice que nunca se preguntó por qué a ella sino para qué. "Todo este tiempo me planteé cuál era mi misión, y quizás sea para decir que siempre se puede, que los límites están para romperse y eso fue muy motivador para mí".

Todo el tiempo me pregunté para qué y no por qué a mí. Acaso para decir que los límites están para romperse".

"Nunca perdió la sonrisa"

El preparador físico Santiago Vimo resaltó la sonrisa con la que Marita Gálvez llega todos los días al gimnasio de la calle Belgrano. "Nunca le escuché una queja por su situación, ella venía a entrenar con una traqueotomía, no podía respirar bien, se ahogaba, y sin embargo nunca perdió la sonrisa".

También destacó que es "un ícono de la fuerza de voluntad". "Tenemos un eslogan que es 'No entrenamos cuerpos, sino la voluntad y el compromiso del esfuerzo'. Marita me inspiró. Cada vez que la vemos recordamos que los milagros existen".

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