De estas últimas tres décadas se destacan las muertes de los ex presidentes Arturo Illia y Raúl Alfonsín. Ahora, de un peronista. Los dos radicales clausuraron sus vidas cuando la vejez les llegó. Murieron a tiempo. El primero a los 83 años y el segundo con un año menos. Sus funerales resultaron importantes. Sus muertes dejaron a los homenajeantes con palabras inmediatas, muchas de ellas ciertas aunque otras inventadas como discurso de ocasión en clave de mensaje dirigido al “estilo” del oficialismo, sobre todo con la muerte del año pasado. Sobre el cajón de Alfonsín muchos columnistas hablaron de un pasado presidencial dorado marcado increíblemente por el diálogo y el consenso. Se olvidaron de las silbatinas en la Rural, de los carapintadas en armas, de una CGT de una docena de paros nacionales, de un estado de sitio, de hiperinflación y saqueos, de la hiperdeuda externa, etc. Además se ocultaba que Alfonsín fue un político de vocación y, como tal, luchó denodadamente por el poder. De Illia se reconocía la limitada legitimidad electoral de origen. Se exaltaba su “democratismo” y sencillez.
La reciente muerte de Néstor Kirchner se distingue de estas otras en muchos aspectos. En principio porque es otro político de vocación. Además de ser un político peronista. En esa doble condición dio un valor a la política como lucha por encima de todo. Y la política como tal tiene conflicto, ruptura, activismo. Sólo así es Política en mayúscula. Kirchner fue un político entero, de desafíos y aprendizajes. ¿O acaso no aprendió algo en su biografía política que pasó de jefe municipal de una ciudad austral a arquitecto de una comunidad de Estados nacionales con cuatrocientos millones de habitantes?
Kirchner no murió a tiempo en una cándida vejez rodeado de nietos y bisnietos. Hubo entrega a la vida. Su muerte es la de un hombre-generación. Falleció posiblemente a la edad promedio en que muchos otros murieron por trajinar vidas intensas. Pero, aun así, su desaparición a los 60 años resulta extraña. Como inaudita ha sido la muerte de otros tantos peronistas. Tal vez comparable a la de Eva Duarte más que a la del mismo Juan Perón. Es que lo ocurrido con Eva Duarte implicó un tiempo de mayor densidad para el peronismo. ¿O acaso ese movimiento social y político no fue relanzado décadas después resignificándolo en una suerte de llama revolucionaria? Es más, en gran parte de la cultura política peronista sigue presente esa suerte de distinción entre un peronismo de Evita y otro peronismo de Perón. El primero, de los desposeídos, de su oposición sin claudicación a las oligarquías. El segundo hablaba de algo parecido pero con acento en el estratega y el conductor político. En Kirchner hubo mucho de ambos peronismos.
La vuelta a la vida y un incendio de sentidos
De estos días de mucha gente en la calle y pronunciamientos sentidos se destaca el corto mensaje del Encuentro Nacional de Organizaciones Territoriales de los Pueblos Originarios. Decía su comunicado: “La muerte es el regreso a la fuerza que le dio vida, todos y todas venimos de una fuerza, esa fuerza hoy se transforma en muchas personas movilizadas reconociendo la entrega humana de Néstor”. Y continuaba: “Nuestra mejor manera de recordarlo, nuestro homenaje es poner en práctica lo que hizo en su gobierno, la impronta totalmente nueva a cualquier lógica anterior a ÉL fue la decisión política de que las Organizaciones ocupen los lugares de decisión dentro de la estructura del Estado”.
Este mensaje es narrativa viva que dice mucho de lo que señalan mil estudios dedicados a los fenómenos carismáticos y los liderazgos de masas. También del político de vocación. Habla de ciertas resistencias que ofrece la modernidad actual que supone estar enteramente anclada en el individualismo competitivo. En definitiva este relato, acerca del regreso a la fuerza dándole una nueva vida a Kirchner viene de la mano de un mundo comunitario que ha sido arrasado por las modernidades impuestas del telégrafo, el ferrocarril y el Winchester primero y actualmente por el avance sojero y los proyectos urbanísticos y turísticos. Un mundo de comunidades que se propone recuperar identidad y tierras para el relanzamiento de sus vidas. Ese universo comunitario es un pasado no tan distante, pertinaz y resistente. Igual que eso que hace seis años empezó a llamarse kirchnerismo.
Algo similar de aquello debe haber en los miles que fueron a despedir a Néstor Kirchner y a encontrarse con su esposa presidenta. Fueron más de cuarenta y ocho horas de un fenómeno de masas que no pueden ser reducidos a un compromiso irracional o de sometimiento del yo que supone toda relación carismática. Kirchner no es Perón como Cristina Fernández tampoco es Eva Duarte. De hecho, la construcción carismática de Néstor Kirchner sigue siendo un fenómeno sin explicaciones definitivas. Y por ello resulta muy difícil calificar ese encuentro de identidades tan diversas en la capilla ardiente. A modo de ensayo puede ser pensado como coincidencia de amantes que viven una nueva hora diez años después donde “algo se va incendiar” -diría Andrés Calamaro-. También a modo de un necesario recordatorio o en clave de reconocimiento de lo hecho para uno y para los suyos. Estuvieron allí: amas de casa que ingresaron al sistema jubilatorio, muchachones que fueron recuperados como HIJOS, dirigentes de los movimientos sociales, militantes de organismos de derechos humanos, trabajadores sindicalizados y sin sindicatos, jóvenes -muchos jóvenes sin encuadramientos que volvieron a creer en la política y se sienten interpelados por la incorrección-, presidentes latinoamericanos que pierden a un compañero de un continentalismo de nuevo tipo. Otros tantos pudieron haberse movilizado sabiendo que lo hacían de manera tardía y en esas horas lo sentían imprescindible. Amén de aquellos que habían sellado su compromiso militante desde hace unos años y lloraron la muerte a partir del primer minuto. Todos demostraron un sentir sincero y dolido. Este cronista prefiere quedarse con la metáfora de un incendio de sentidos.
El contraeditorialismo
En mayo se equivocó una parte del mundo crítico al gobierno cuando creyó que los festejos del Bicentenario serían eventos de calles vacías, afectados por una apropiación indebida de la idea de nación y patria del actual equipo gobernante. Nada de eso ocurrió, ya que los festejos fueron multitudinarios. También hubo errores de apreciación anticipando el fracaso del Censo Nacional ante los temores de vecindarios enteros aterrados por la ola de inseguridad. El Censo Nacional se realizó sin mediar otra novedad que la que impuso la muerte del ex presidente.
Pero aún más grave parece la escasa lectura de la historia reciente hecha por los “mercados” y operadores políticos que armaron burbujas bursátiles –la suba de las acciones de Clarín- o anunciaron la recomposición del gabinete de Cristina Fernández. Los errores se transforman en actos de manipulación y, aún más, fraudulentos, cuando se habla en nombre de “círculos de confianza” a la pareja presidencial para dar cuenta de acciones futuras. Este recurso muy utilizado por varios columnistas que alimentan muchas veces la voz de la oposición no sólo carece de rigor profesional. En definitiva es una fórmula –la de no citar la fuente y armar hipotéticas diálogos- que cae por su propio peso. Quien escribe estas líneas es historiador y sabe del valor de la fuente y su relación causal con los hechos que se quieren enunciar. En estos días se ha abusado hasta el cansancio de dicho mecanismo falsificador llegando a elaborar verdaderos diagnósticos para pensar el futuro vital y político de Cristina Fernández. Prescripciones que en algunos casos son más propios de psicólogos que de periodistas opinadores ganados por sus deseos y no por la verdad histórica.


