Una mujer campesina con saberes ancestrales

Hortensia Mora. Es reconocida y valorada en Bajada del Agrio por los innumerables trabajos que realizó en el campo.

Fabián Cares - Especial

Nació el 3 de septiembre de – 1955 en el paraje Punta Alta, unos 15 kilómetros al norte de Bajada del Agrio. La mujer desarrolló su vida – en un puesto en El Salado, el cual hoy está a cargo de uno de sus hijos.

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Hacer patria y sacar adelante una familia sin perder las tradiciones no fue solo cosa de hombres. En la historia y en la vida de los pueblos hubo mujeres que han dejado todos los esfuerzos que sus cuerpos y sus corazones les permitieron. Atropellaron la vida con decisión, coraje y valentía. Hoy sienten el orgullo de decir que le ganaron la batalla a un destino incierto, tienen su propio hogar y sus hijos son hombres y mujeres de bien.

A punto de cumplir 64 años, Hortensia Mora es una mujer campesina de ley, con el orgullo innegable de haberle hecho frente al campo y de cumplir miles de trabajos, muchos de ellos reservados a los hombres, para llevar el peso a la casa y “parar la olla”, como supo decir mientras apuraba un mate que le cebaba su hijo Cristóbal. “Yo nací en el paraje Punta Alta”, dice con el orgullo por su terruño natal. “Nací en el campo, hice arreos, tuve animales. Fui peón de estancia y cuidé muchos animales también. Lo hice en los parajes de Cajón Chico y Mallín Largo (Loncopué arriba)”, agrega con más orgullo todavía por el deber cumplido en su duro transitar por la vida en medio de animales, cerros y climas extremos.

Hortensia contó además que sabe hacer aperos y chiguas. “A mi papá no lo alcancé a conocer, tuve la dicha de que me dejó el apellido nomás. Yo me crié con mi mamá en Punta Alta y acá nomás me quedé, en este pago”, resume.

También se mostró orgullosa porque sus hijos heredaron el amor por el campo y sus tradiciones. “Mis hijos son todos campesinos y trabajan en estancias”, acota. La mujer cuenta que por esas cosas de la vida su matrimonio no tuvo el destino esperado y tuvo que hacerle frente con esfuerzo, dedicación y mucho amor para poder criar a sus nueve hijos. Ocho de ellos la siguen acompañando.

Hortensia Mora
A mi papá no lo conocí, tuve la dicha de que me dejó el apellido. Me crié con mi mamá en Punta alta y acá nomás me quedé, en este pago”.

Hoy, con mucho camino andado, se siente satisfecha y feliz porque el pueblo la reconoce por todas las cosas que hizo en el campo, como también porque es elaboradora de quesos y panificación casera y porque fue una emblemática mujer criadora de animales.

Con las manos curtidas por el trabajo de años en el campo pero llenas de sabiduría y con el arte intacto de transformar algunos nutrientes naturales en hermosas piezas de la gastronomía, Hortensia aún conserva el maravilloso don de hacer queso de chiva o de vaca, oficio que aprendió de su madre. Después de andar de peón en distintas estancias, fue perfeccionando la técnica que hoy la hace distinta y todo el pueblo y turistas le reconocen el sabor y la textura de sus productos. En medio de la charla, la mujer ingresa a una habitación y vuelve con un par de quesos y los coloca sobre la mesa; a continuación, toma los moldes que utiliza para su elaboración y comienza a explicar con amabilidad y paciencia el proceso para darles forma a esos manjares para acompañar el pan en una imperdible rueda de mates.

Hortensia sostiene que la materia prima tiene que ser muy buena. Asimismo, las tareas de ordeñe se deben hacer en las primeras horas de la mañana. “Yo a las 6 de la mañana estoy en pie para comenzar todas las tareas”, dice. Una vez que tiene la leche, con un paño la cuela en una olla. La calienta al fuego un poco, sin hervirla, y le agrega el cuajo, que ayuda a coagular la leche. Esa preparación la deja reposar y una vez que la leche se ha cuajado, con una espumadera lleva adelante la tarea que se llama “cortar el cuajo”. A partir de ahí toma la mezcla y la pasa por un paño colador para separar el suero. “Después, en una bolsa lo cuelgo todo para que se escurra bien”, dice Hortensia. Y agrega: “Después, tomó una pedazo de la mezcla y lo pongo en la adobera (molde) y lo presiono y le voy dando forma. Después, lo dejo reposar hasta el otro día y lo desmoldo”.

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Luego sale a vender los quesos por el pueblo y muchos camioneros de empresas cercanas pasan temprano por su casa para “llevarse un quesito con pan casero”, dice.

Un carro con mucha historia

Hortensia cuenta que en la búsqueda de generar recursos para solventar a su familia, muchas veces se adentró en el campo para buscar leña de algarrobo y de molle. Lo que juntaba lo cargaba en un carro tirado por una yunta de bueyes. Ese carro era de una herencia familiar y la acompañó en muchas faenas. El intendente Ricardo Esparza, consciente de la historia de doña Hortensia y de su querido carro, le propuso comprarlo para darle un reconocimiento a ese medio de movilidad, y hoy se erige orgulloso en la plazoleta central del pueblo.

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