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Unió Ushuaia con Alaska en avioneta y se enamoró de Neuquén

Carlos es un cordobés que recorre el conteniente. Intenta romper el mito de que volar es caro y aseguró: "Tiene el mismo costo que el auto, pero tardás menos".

Carlos González tiene 54 años y recorrió casi toda nuestra provincia como pocos. Vive en Córdoba y pasa varias veces al año por Neuquén porque es “la puerta de la Patagonia”. Se dirige seguido a Bariloche y cuando sobrevuela por la zona de San Martín de los Andes y Villa La Angostura intenta descender la altitud para disfrutar de una de las “postales más lindas” del camino.

Si bien caminó poco el suelo neuquino, tiene otra visión. Detalló cada uno de los colores que atraviesan las distintas localidades: “Va desde lo árido y desértico, a lo húmedo cuando llega la pre cordillera de los andes. Y cambia siempre, dependiendo de qué estación esté. Y ni hablar cómo se ve la represa El Chocón, una hermosura”.

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Más allá de la “amplitud de colores” por la que destaca a Neuquén, Carlos está dentro de un selecto grupo que unió América en un viaje por el aire. “Todo arrancó por una locura”, anticipó, pero “quiso empezar por el inicio”.

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Volar es una de las pasiones de Carlos para sus viajes.

Volar es una de las pasiones de Carlos para sus viajes.

En 1993 le dieron el carnet y oficializó una de las pasiones que lo había marcado de chico. El padre de un amigo suyo, era piloto fumigador y una de la diversiones era acompañarlo: ahí consumió la adrenalina de volar. Ese bicho se volvió a despertar varios años después en una exposición de su trabajo vinculado a recursos humanos, donde leyó un cartel: “A usted le costó nueve meses aprender a caminar y nosotros en tres meses te enseñamos a volar”.

Arrancó sin dudarlo, pero la primera clase atravesó el miedo de volar. El avión con el que comenzaron a hacer las pruebas se le paró el motor y se vivieron "momento tensos". “Ahí me planteé si realmente me gustaba o no. Porque me asusté mucho, pero por suerte pasé ese cagazo y fui a la segunda clases y ahí comenzó todo”, contó.

Voló tres años en un ultraliviano y después de un pequeño accidente aéreo decidió elevar el nivel de la aeronave. Hizo un nuevo curso de piloto de un avión con Piper. “Y ahí nomás, en 1997, compramos con tres amigos un avión para nosotros y ahí fue otra cosa”, describió.

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Tener un avión propio le dio más libertades, además de que puede llevar a cuatro personas. Los dos amigos comenzaron a utilizarlo menos y Carlos se apropio del vehículo. Esto le permitió poder generar nuevas relaciones y colaboró en una revista de fotografía de aviones en el aire.

Una de esas imágenes que sacó, cautivó a un candiense que le mandó un mail. El mensaje era claro: “Si yo voy a Argentina, ¿me llevas a Ushuaia en tu avión?”. La respuesta del argentino fue retrucarle: “Sí, pero si vos me llevas en el tuyo a Alaska”. Y así, comenzó el viaje de punta a punta del continente.

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Primero Carlos voló a Canadá y fueron juntos a Alaska en 2003. Luego, el canadiense en febrero del 2004 llegó a la Argentina y fueron al sur, recorrieron Bariloche, Neuquén, cruzaron a Chile y pasaron por varios puntos más. Mientras estas locuras pasaban, este cordobés seguía al frente de su empresa de recursos humanos junto a su esposa. “La verdad que ella fue la que más me bancó esas cosas y gracias a ella pude volar todo lo que volé”, aseguró.

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Pasaron los viajes y Carlos decidió comprar un avión de fábrica. Está vez uno 0 kilómetros en los Estados Unidos y el canadiense lo acompañó al estado de Kansas a retirlarlo, en donde está una de las concesionarias.

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Lo encargó y a los meses tenía fecha de entrega. Llegó en un auto alquilado y se fue volando en un avión nuevo. “Es que sí, la fábrica tiene pista. Vos una vez que lo tienen listo, vas y el primer vuelo lo hacés con alguien de la empresa que te explica todo y se fija que esté todo okey. Y después se baja, y chau, me vine volando hasta Córdoba”, contó.

La experiencia fue “increíble”. El canadiense lo acompañó en el viaje, en el que ninguno de los dos había pilotado tantos kilómetros. Además, eran pilotos de avión privado y lo que no sabían era manejar de noche o por las nubes. Pero se “mandaron igual”.

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Salieron de Kansas y, tras 13 paradas y 21 días, llegaron a Córdoba. “Las rutas aéreas dentro de EEUU son fáciles porque está todo muy organizado. El problema es cuando salís de Miami, que ahí es tierra de nadie. Es volar a tu aire. Con los chalecos salvavidas siempre puestos porque si te caes al agua, te salva la vida”, describió.

De cada país que salían debían completar “10 papeles”. Cinco de esas copias se las daban al país a donde entraban. “Y siempre, cuando vas de país a país, debés llegar a un aeropuerto Internacional sino te podés meter en un quilombo bárbaro”, explicó.

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Con la hoja de ruta que salieron de EE.UU. pasaron por arriba del Triángulo de las Bermudas, por “islas paradisíacas” y también por ciudades grandes, como Puerto Iguazú, acá en Argentina. Por algunos tramos del viaje, decidieron bajar la altitud para estar cerca de los espejos de aguas y “percibir” las profundidades y los distintos colores. “Lo que pasa es que el avión se mueve en tres dimensiones. Podés volar desde muy bajo hasta 3 mil metros. Y hacerlo en ambas posiciones tiene su encanto. Es decir, de un lado apreciar la magnitud y por otro lado los detalles”, explicó.

En estos tipos de viaje, la rutina de Carlos es comenzar bien temprano. Desayuna, hace el plan de vuelo y pilotea hasta el mediodía. “Durante el horario de la siesta, hay tormentas. Entonces, viajás algunas horas temprano, cuando el día acompaña y después llegás al próximo aeropuerto, cargas combustible y te vas al hotel a preparar la ruta para el día siguiente”, expuso.

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Durante ese primer viaje, de EE.UU. a Argentina, se quedaron "encerrados" en medio del mar por una tormenta a 100 kilómetros de la costa y no sabían cómo cruzarla. “Lo que hicimos es bajar hasta casi el ras del agua y esperábamos ahí, hasta que encontramos una cortina dentro de la tormenta y nos mandamos. Y así pudimos llegar a la ciudad de Belén, en Brasil”, relató.

Es que las tormentas son uno de los mayores problemas para estos tipos de vuelos, ya que si ingresa a alguna te puede destruir toda la nave y “el final es cantado, ¿no?”. Más allá de esa complicación, el vuelo no tuvo muchos retrasos ni sustos. “Solo ese y otra tormenta ya en Misiones que nos hizo quedarnos algunas noches más en Posadas”, agregó.

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---> ¿Cómo es viajar de vacaciones en avioneta?

Carlos plantea que “no hay muchas diferencias” entre viajar en auto con familia a hacerlo en avioneta. “Sacando el costo del avión que por ahí conseguís por 80 mil dólares o menos, el costo de viaje es el mismo”, planteó al explicar que volar “ te lleva el 30 por ciento de tiempo que un viaje en auto y el costo es el mismo”.

Según explicó, en un avión podés gastar 40 litros de nafta por hora, pero hacés 250 kilómetros. “Normalmente los aviones de menos de una tonelada no pagan nada de costos de aterrizaje y el estacionamiento por ahí no te cobra o por ahí le dejas 300 pesos por una noche”, describió.

En cambio, en el auto tardás mucho más del doble de tiempo y es la misma cantidad de nafta, “más todo el resto de peajes y el costo del tiempo”, sin contar la seguridad. “En las rutas te cruzas con decenas de autos que van a mucha velocidad, en cambio en el avión eso no pasa y genera que el riesgo baje”, explicó.

Por estas razones, Carlos utiliza el avión como medios de transporte para viajar junto a su familia. Hace algunos días, se hicieron una escapada a Salta. Salieron al mediodía de Córdoba, en poco más de dos horas ya estaba almorzando en el centro de la ciudad. “Imagínate en un auto, por ahí son 9 nueve horas. Llegaba justo para cenar”, aseguró.

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Si bien planteó que lo ideal es planificar “bien el viaje”, la ruta, la cantidad de combustible que necesitás por dónde vas a ir, también se puede improvisar, pero no es lo recomendable. “Para ir a Salta, lo planifiqué con varios días, tomé coordenadas que debía pasar, miré el clima e hice todo como corresponde”, dijo.

Y el comienzo del viaje es "sencillo”. Se dirige hasta el hangar y avisa a la Torre de Control en qué posición está, a qué pista vas a ir. “Siempre se despega en contra viento. Y cuando te dan la autorización desde la torre, salís y ya pasás con otra frecuencia de radio y podés ir hablando con las distintas localidades que vas sobrevolando”, explicó.

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Más allá de estos viajes en familia, Carlos continúa ganando horas de vuelo. En algunas semanas volverá a ir a Estados Unidos a comprar otro avión y recorrerá por cuarta vez todo América. Está redactando su segundo libro contando sus experiencias vividas y las ganancias que obtendrá con sus textos irán a financiar las horas de vuelo de los que están recibiendo arrancando y “por ahí económicamente les cuesta”.

Con la idea de seguir ayudando y persiguiendo esta pasión, Carlos rompe con algunos prejuicios sobre los costos de los vuelo y desea seguir volando muy alto. "Ojalá que más gente se entere que hay otras formas posibles de viajar", concluyó.

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