"Valía más una oveja que un soldado"

El ex combatiente Ernesto Alonso, querellante en la causa que investiga las torturas a soldados en Malvinas, reclama que esos delitos sean considerados de lesa humanidad.

Por PAULA BISTAGNINO

Cuando el presidente de facto Leopoldo Fortunato Galtieri decidió la invasión armada de las Islas Malvinas, Ernesto Alonso tenía 18 años y estaba a punto de terminar sus 12 meses de Servicio Militar Obligatorio. Pero, como casi toda la clase 62 y la recién ingresada 63, fue llamado y llevado a la guerra. Le habían dicho, como a sus compañeros conscriptos, que el destino era permanecer en el continente, pero al llegar a Río Gallegos se enteraron de que irían a las islas. En sus dos meses en Monte Longdon, fue testigo de cómo los militares maltrataban y torturaban a sus compañeros. “Se podría decir que tuve la suerte de que no me tocara a mí más que el maltrato habitual, pero vi cómo estaqueaban o metían en pozos de agua a mis compañeros y fui testigo de la muerte del soldado (Héctor) Rola por congelamiento. Los militares llevaron a las islas la misma metodología del terror y la tortura que aplicaban acá en los centros de detención clandestina. Nosotros fuimos las últimas víctimas colectivas de la dictadura militar”, define el ex combatiente y secretario de Relaciones Institucionales del Centro de Ex Combatientes de Islas Malvinas (CECIM) de La Plata. Esta organización es querellante en la causa que desde 2007  investiga más de cien casos de torturas de militares a soldados durante el conflicto bélico en el Atlántico Sur y que, luego de cinco años de avance, recibió un revés de la Cámara Nacional de Casación Penal, que consideró que estos delitos prescribieron. La semana pasada, acompañados por el Premio Nobel de La Paz y titular de la Comisión Provincial por la Memoria (CPM), Adolfo Pérez Esquivel, los integrantes del CECIM, presentaron un recurso de queja a la Corte Suprema de Justicia de la Nación para que, tal como lo hicieron una jueza de primera instancia y la Cámara de Comodoro Rivadavia, ratifique que estos delitos son de lesa humanidad y, 30 años después, sus responsables puedan ser juzgados.
 
¿Por qué se tardó tantos años en llevar a la Justicia estos casos?
Después de Malvinas, el conjunto de las Fuerzas Armadas estructuró un relato épico sobre cómo había sido la guerra. Un relato que no tenía nada que ver con lo que nosotros habíamos vivido y visto, pero que se impuso al punto de que ningún soldado fue citado a declarar en el juicio a las Juntas Militares. Tampoco fuimos tomados en cuenta para el informe Rattenbach. Porque de alguna manera nos pusieron en el bronces y así nos deshumanizaron. Pero además, lo que trataron con esto fue imponernos un pacto de silencio. Y si bien, por miedo o porque no había lugar, muchos soldados se callaron, apenas empezó la democracia, otros creímos necesario reconstruir lo que nos había pasado y, como parte de eso, planteamos la necesidad de formar una comisión  bicameral que investigara los hechos ocurridos en Malvinas. Así empezamos a conocernos, a organizarnos y a saber que esto no fue la locura de un hijo de puta, sino una metodología. Porque hoy podemos decir que en todas las unidades militares de Malvinas, fueran del Ejército, de la Fuerza Aérea o de la Marina, en todas hubo por lo menos un caso de tortura.
 
¿Cómo se explica que en una guerra los superiores torturen a su ejército?
Tiene que ver con una ideología. Los militares trasladaron a las islas lo que ya se daba en la colimba. Porque estas cosas sucedían con los soldados que estaban haciendo el servicio militar. La denigración, por ser morocho, judío, rubio o simplemente civil, era una constante. Nosotros éramos sus sirvientes y además, por no ser militares, éramos inferiores, Ellos eran la casta militar, seres superiores dueños de la vida y la muerte de todos los que vivíamos acá. Y eso no cambió por el hecho de estar en una guerra. En Malvinas valía más la vida de una oveja que la de un soldado. Entonces, un soldado podía morirse de hambre, pero no matar a una oveja para comérsela. Hubo torturas terribles por matar a una oveja. Se ordenaba no tener hambre y se ordenaba no tener frío. Decían que eso era psicológico. Mientras, ellos tenían comida y abrigo, por supuesto. Entonces teníamos dos frentes: los ingleses, que sólo los vimos un rato, y estos tipos que nos atacaban todo el día. Si bien había tipos con los que uno podía tener un trato normal, las Fuerzas Armadas no eran un conjunto de individualidades, sino que funcionaban con una ideología formada durante muchos años y que perduró más allá de la dictadura, por lo menos hasta la muerte del soldado Carrasco, que le puso fin al Servicio Militar Obligatorio. Recién ahora podemos empezar a decir que eso cambió y se incorporaron otros criterios, más democráticos y más humanos en la formación militar.
 
¿Cómo y cuándo nace la causa?
Empieza en 2005 en Corrientes. El entonces subsecretario de Derechos Humanos provincial, el doctor Pablo Vassel, es quien luego de escuchar sobre las torturas, cumpliendo con su deber público, empieza a recoger los primeros 23 testimonios de soldados correntinos. Nosotros, desde el CECIM, nos contactamos con ellos y en 2007 presentamos la primera denuncia que, por una cuestión de ejercer soberanía, se hace en el juzgado federal de Río Grande. Y, a partir de ahí, empezamos a trabajar con distintos espacios públicos, como la Secretaría de Derechos Humanos de la provincia de Buenos Aires, la Defensoría de la Ciudad de Buenos Aires, Santa Fe y la Cámara de Diputados de Chaco. Así, por primera vez los compañeros que habían sido víctimas vieron una posibilidad cierta de contar lo que sufrieron y se empiezan a sumar denuncias. Con mucho dolor, porque fue un silencio de 25 años. A nosotros nos pasó lo mismo que a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo: hasta los ’90  a ellas les decían que eran unas viejas locas y a nosotros, unos cobardes, traidores, mentirosos y llorones. Todavía se escuchan barbaridades como que nosotros trabajamos para los ingleses, pero ahora ha empezó un proceso que tiene que ver con un cambio de paradigma sobre todo. Y, por eso, como contrapartida, los denunciados empezaron a ejercer su defensa con chicanas jurídicas.
 
¿Cuántas son las denuncias y cuántos los imputados?
Hoy hay más de cien denuncias de torturas, y cada persona que denunció, tiene dos testigos. Las torturas incluyen estaqueamientos, inmersión en pozos de agua helada, muerte por hambre, simulacros de fusilamiento, picaneo con los teléfonos de campaña, abusos sexuales y toda clase de vejámenes y humillaciones. La impunidad de los militares, sumada al aislamiento de estar en Malvinas, llevó a situaciones monstruosas porque cualquier cabo de 25 años, cualquier suboficial novato, podía hacer cualquier cosa con un soldado y estaba permitido. En cuanto a los imputados, son unos 80 militares. La causa está caratulada Jorge Taranto, pero hay de todos los rangos, oficiales y suboficiales. Y en su mayoría son los mismos que están siendo procesados, juzgados y condenados por delitos de lesa humanidad en el continente: por ejemplo, hay pilotos de los vuelos de la muere, hay apropiadores de bebés, hay torturadores. Son los mismos y, salvo uno de ellos que murió en combate, están todos vivos, o la gran mayoría.
 
¿Cuáles fueron los argumentos de la Cámara de Casación para negar que sean delitos de lesa humanidad?
Los argumentos son los mismos que usan los acusados, que vienen tratando de justificar el estaqueamiento como algo que estaba dentro del código militar. Todas mentiras. Y la Cámara, donde lamentablemente todavía hay una estructura muy ligada a los jueces de la impunidad, saca un fallo diciendo que esto prescribió y que debería haber sido juzgado en su momento por el Código de Justicia Militar. Eso frenó la causa y por eso la semana pasada, junto con el fiscal general Javier de Luca, presentamos el recurso de queja a la Corte Suprema con el apoyo de la Comisión Provincial por la Memoria, que presentó un amicus curiae en apoyo a nuestro pedido. Lo que queremos es que la Corte se expida sobre esto y considere que los abusos cometidos por militares en Malvinas son crímenes de lesa humanidad y, por lo tanto, imprescriptibles. Confiamos en nuestra Corte, que es arte de este proceso de adecuación de las instituciones de la democracia que están juzgando los delitos aberrantes de la dictadura. Además, aunque haya tardado 25 años, hoy hay un nuevo paradigma sobre la cuestión Malvinas y sobre nosotros. A diferencia de los años 80, cuando nos pusieron en ese relato épico como guerreros heroicos, hoy vuelven a vernos como lo que éramos: pibes de 18 años que fuimos llevados a una guerra sin preparación, sin las condiciones mínimas e indispensables para la supervivencia. No es poco para nosotros, después de tantos años de silencio y dolor clandestino.

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