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Vence la diabetes haciendo cumbre en los volcanes

Diego Leguiza tiene 36, es insulinodependiente y ya subió el Lanín.

Pablo Montanaro / montanarop@lmneuquen.com.ar

Cuando el médico le recomendó a Diego Leguiza que realizara actividades físicas que no le insumieran demasiado esfuerzo por su diabetes, este hombre de 36 años sintió que en ese momento se le derrumbaba el sueño de ascender el volcán Lanín, que descubrió en su primer viaje a la cordillera hace una década.

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A los 29 años le diagnosticaron diabetes tipo 1, por lo cual necesitaba inyectarse insulina todos los días para controlar la cantidad de glucosa en sangre. “La enfermedad apareció de la noche a la mañana. Hacía tiempo que tenía síntomas a los que no les daba importancia, como descenso de peso en forma inexplicable, cansancio, agotamiento y mucha sed. Cuando consulté, el médico me dijo que el páncreas no estaba funcionando bien y entonces debuté con la insulina, no tenía otra opción”, explicó a LM Neuquén el hombre que vive en el barrio Brentana de Cipolletti y es licenciado en diagnóstico por imágenes.

Enamorado de la majestuosidad del Lanín y cargando con su estado de insulinodependiente, Diego desoyó al médico que le recomendó andar en bicicleta o caminar por el parque. “Si mi sueño era subir el Lanín, por qué me iba a limitar a dar vueltas por el parque”, sostuvo. Con ese impulso se propuso conocer aún más sobre la enfermedad, las dietas y los controles que él mismo podía realizar y, sobre todo, hacer montañismo.

Comenzó a experimentar cómo reaccionaba su físico emprendiendo la marcha en montañas de escasa altura para luego encarar las más altas. Recuerda la primera cumbre que logró, el cerro Corona de 2992 metros en Huinganco, y luego el cerro Palao en Chos Malal de 3600 metros. “Empecé con montañas de baja altura, las del norte neuquino, hasta que me animé a las de mayor altura”, explicó.

“Si mi sueño era subir el Lanín, por qué me iba a limitar a andar en bicicleta o dar vueltas por el parque”, Diego Leguiza, licenciado y deportista.

Durante las travesías se controlaba la glucemia con un medidor de glucosa. “De esta manera controlaba mis niveles de azúcar en sangre. Si estaban altos, tenía que inyectarme insulina y si eran bajos tenía que comer algo dulce para no correr el riesgo de una hipoglucemia y desmayarme”, describió.

Conquistadas esas cumbres, Diego intensificó el desafío. En febrero de 2018 logró llegar a los 4707 metros del volcán Domuyo, la montaña más alta de la Patagonia, y en diciembre de ese mismo año alcanzó los casi 4 mil metros del Tromen.

Tras dos intentos fallidos en el Lanín, finalmente pudo cumplir su sueño el 22 de febrero de este año. “En uno de los ascensos erré en mi control. Aún no tenía la experiencia suficiente respecto del control de mi enfermedad, los hidratos de carbono que tenía que comer para mantenerme en actividad durante varias horas. Tuve que bajarme a los 3000 metros. El objetivo principal es disfrutar de la montaña y no poner en riesgo mi vida”.

Durante el ascenso al Lanín se le rompió el medidor de glucosa. “Por suerte había llevado otro de repuesto y pude seguir con el ascenso, si no tenía que bajar porque iba a ser imposible seguir haciendo un desgaste físico sin control”.

En cada una de las cumbres que conquistó, Diego desplegó una bandera que reza “Con diabetes se puede”. “La frase es una forma de mostrar no solo el logro personal, que eso no es lo importante, sino que el límite está en la cabeza de cada uno y que con controles y cuidándose uno puede cumplir cualquier sueño que se proponga”, concluyó.

El Aconcagua, su próximo objetivo

Tres veces por semana Diego Leguiza se entrena en un gimnasio y los fines de semana sale a correr por la barda neuquina durante dos o tres horas. Además de mantenerse en buena condición física por su enfermedad, la rutina tiene que ver con su próximo objetivo: escalar en enero de 2020 el Aconcagua, de 6960 metros.

Para ello tiene previsto realizar durante el año algunos ascensos con nieve en San Martín de los Andes y Bariloche y luego encarar cerros mendocinos de 5 mil o 6 mil metros “para evaluar cómo responde mi cuerpo y mis valores de glucemia en esas alturas”.

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