Vidas jóvenes arrasadas

Lautaro y Nehuén, dos vidas arrasadas por un Estado ausente y carente de políticas activas.

La realidad nos interpela constantemente, y más cuando se trata de problemáticas que crecen a pasos agigantados mientras las políticas para mitigar los fenómenos llegan tarde y mal, y nunca se ponen a la vanguardia.

El caso de Lautaro, el joven de 20 años que en una fiesta de Año Nuevo recibió un piedrazo en la cabeza y estuvo al borde de la muerte durante 38 días, conmovió. El daño que sufrió –desde lo visual, el hundimiento de cráneo– le dejó secuelas que no han sido del todo establecidas, pero podría llegar a necesitar atención de por vida porque padece lagunas y fuertes dolores de cabeza que lo alejan por ahora de la posibilidad de trabajar o estudiar.

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Su agresor, Nehuén Rodríguez, de 18 años, fue condenado a tres años de prisión efectiva pero en septiembre podría recibir el beneficio de la libertad condicional, ya que estuvo seis meses en la cárcel y ahora está con prisión domiciliaria.

En esta historia como en casi todas, la gente toma partido pero en este caso, luego de dialogar con todos sus actores, vemos una problemática mucho más profunda.

Primero, el crecimiento del consumo de alcohol y droga entre los jóvenes –los adultos también lo hacen, pero en los jóvenes se visibiliza más–, sustancias que son desencadenantes de conductas violentas.

Después, un sistema penal que carece de alternativas para sancionar o corregir conductas. A nadie le cabe duda de que Nehuén hizo un daño terrible, pero tampoco es un delincuente como para mandarlo a un penal donde el roce con “pesados” lo va a terminar profesionalizando en el delito.

En definitiva, las ausencias del Estado nos muestran dos vidas jóvenes arrasadas.

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