Yo no soy de aquí, pero tú tampoco

¿Por qué nos cuesta ver en el acento venezolano el antiguo sacrificio de nuestros abuelos inmigrantes?

La vieja premisa impuesta en el Preámbulo de nuestra Constitución que concibe al país como una nación de puertas abiertas parece tambalear de vez en cuando. Tambalea ante cada gesto de reprobación que los propios habitantes hacen a los acentos extraños, a las pieles más oscuras, a los ojos más rasgados. Tambalea ante la clausura cada vez más evidente de los países desarrollados. Tambalea y reaviva el temor de que los que vienen de afuera lograrán, cual bárbaros, saquear nuestros recursos y corromper nuestra cultura.

La inmigración, en Argentina, es sólo una cuestión de tiempo. Como si existiera una fecha adecuada para hacerse una vida nueva por estos lares, los propios hijos de los migrantes viejos desaprueban a los que llegan después. Y mientras vanaglorian la actitud sacrificada y emprendedora de sus abuelos, que llegaron con dos o tres billetes a construir su vida desde cero, no se dejan conmover por la desesperación que empujó a otros a renunciar a todo lo conocido para exponerse a un doloroso desarraigo.

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Como dice una canción, todos somos hijos, padres, nietos y bisnietos de inmigrantes. ¿Por qué nos cuesta, entonces, ver en el acento venezolano que escuchamos hoy el antiguo sacrificio de nuestros abuelos? ¿Por qué vemos una amenaza en las pieles más oscuras y no una simple diferencia superficial?

Mientras se escribe este texto, un vía crucis de centroamericanos pasa las más crudas penurias para llegar caminando hasta Estados Unidos, donde los esperan miles de soldados dispuestos a no permitirles el paso. Lo que pase después tiene que ser, necesariamente, un llamado de atención a nuestras propias actitudes hacia los migrantes.

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