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A 10 años del rescate milagroso de los 33 mineros chilenos que emocionó al mundo

Tras casi 70 días a 700 metros bajo tierra, sin comida, su rescate tuvo en vilo al planeta. Claudio Acuña, uno de los héroes, repasa esos días increíbles.

El jueves 5 de agosto de 2010, a Claudio Antonio Acuña Cortés le llamó la atención el ruido que provenía de las chimeneas de piedra de la mina. Escuchaba cómo pequeños pedazos de roca se desprendían de las paredes de tierra y se estrellaban contra el suelo. Hacía solo tres días que había comenzado a trabajar en la Minera de San José, en Chile, y para él no era normal lo que ocurría. Pero sus compañeros mineros lo tranquilizaron y le respondieron que era cosa de todos los días, que ya se acostumbraría.

Si bien Acuña Cortés era nuevo en esa mina, no lo era en la profesión. Había heredado el mismo trabajo que su padre realizó durante toda su vida y ahora él, a sus 34 años, lo ejercía con orgullo. Su puesto era el de perforador. Su misión, extraer de la tierra pedazos de oro y cobre. Claudio tenía la intención de trabajar un mes en San José, juntar un poco de dinero y luego mudarse con su pareja hacia otros pagos. Pero el destino le tenía preparado otros planes.

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Eran pasadas las dos y media de la tarde cuando el suelo, súbitamente, comenzó a temblar. Acuña Cortés conocía la sensación de un terremoto. Estaba familiarizado con la situación en donde el piso perdía su firmeza y las paredes se convertían en gelatina. Pero esta vez era diferente, siquiera comparable. Era más fuerte, más violento. Y el suelo no solo temblaba sino que se le desmoronaba encima suyo.

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La mina de San José, en Chile, en la que Acuña comenzó a trabajar tres días antes del derrumbe.

La mina de San José, en Chile, en la que Acuña comenzó a trabajar tres días antes del derrumbe.

Junto a sus compañeros, comenzaron a correr en busca de un lugar seguro. Un bloque de diorita, comparable al tamaño de un rascacielos, se había desprendido del corazón de la montaña y estaba arrasando con todo lo que encontraba a su paso. Dentro de la mina, volaban pedazos de piedra y caían junto a los pies de los mineros, mientras ellos huían del derrumbe, de la avalancha de polvo y del sonido ensordecedor que lo acompañaba.

Cuando lograron ponerse a salvo en un refugio y todo volvió lentamente a la calma, rodeados por un silencio sepulcral, se miraron entre sí con las caras cubiertas de suciedad. Contaron cuántos eran, se aseguraron que estén todos bien. Eran 33 y, por el momento, todos sanos. Pero estaban atrapados. No había salida alguna, el derrumbe había bloqueado la única rampa de acceso. Las escaleras de emergencia tampoco eran opción, la empresa había decidido dejarlas a medio colocar. Estaban acorralados hasta que alguien los rescatara, si es que alguna vez los encontraban. Estaban enterrados vivos a 700 metros de profundidad.

En el refugio en donde se encontraban había alimentos, pero no los suficientes. La despensa estaba pensada para alimentar a 25 hombres por tan solo 48 horas. Algunas latas de atún, algún que otro paquete de galletitas, un poco de leche y agua contaminada. Tendrían que racionar lo máximo posible. No sabían si quedarían atrapados allí una semana, un mes, una vida. Lo único seguro era la incertidumbre y el miedo que rondaba bajo la superficie.

Lentamente fueron pasando los días. Monótonos. Se arreglaban con una cucharada de atún cada 24 horas y cada vez más la desesperanza calaba dentro de sus venas. La mina seguía en completo silencio, no se escuchaba el sonido de las máquinas perforando el suelo para buscarlos. Algunos rezaban y encontraban en la fe una razón para seguir adelante. Otros se consolaban con recuerdos. Todos ahogaban su tristeza en llanto.

“Yo solo pedía a Dios no más. Pero cuando ya íbamos más días pensaba en morir. Pasado los cinco días perdí la esperanza, quería a puro morir porque no había nada por dónde salir. No escuchábamos el rescate. Y después, cuando se empezó a escuchar el sondaje, pasaba directo, no llegaba nunca donde estábamos nosotros. Por eso, pasaban los días y cada vez pensaba más en otras cosas”, recuerda Claudio Acuña Cortés en diálogo con LM Neuquén, a diez años del accidente.

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Los mineros se alimentaron con lo poco que había en el refugio.

Los mineros se alimentaron con lo poco que había en el refugio.

En superficie, la noticia ya había revolucionado a Chile y recorría el mundo. Horas después de la catástrofe, las autoridades comenzaron con las labores de rescate. Pero dos días después el Ministro de Minería, Laurence Golborne, informó sobre un nuevo derrumbe en la mina y decidió paralizar la búsqueda hasta encontrar un nuevo camino de entrada. “Las probabilidades hoy día son más escasas de las que eran ayer”, le dijo en aquellos días a los medios de comunicación.

Los familiares de los 33 mineros querían seguir de cerca la situación. Montaron carpas y se instalaron detrás del cerco de la minera San José para estar, día y noche, vigilando cómo las máquinas excavadoras trabajaban para salvar a sus seres queridos. Rodeado de carteles que rezaban “¡Fuerza mineros!”, prontamente el asentamiento adoptó el nombre “Campamento Esperanza”, lugar que llegó a albergar hasta a unas 3.000 personas.

Ya habían pasado más de dos semanas del accidente. En la superficie, las esperanzas de encontrarlos con vida se iban dolorosamente evaporando. Debajo de la tierra, los mineros ya presentaban claros signos de desnutrición y se creían condenados. La comida se había agotado, no aguantarían mucho más en ese estado.

Finalmente, el 22 de agosto de 2010, 17 días después del derrumbe, ocurrió el milagro que todos esperaban pero pocos creían realmente que sucedería. La sonda de rescate se abrió paso dentro del refugio. No todo estaba perdido.

Cuando los mineros vieron al armatoste de hierro llegar hasta ellos, la emoción se apoderó de sus cuerpos. Algunos comenzaron a golpear la sonda para que en la superficie supieran que allí estaban, resistiendo, haciendo ruido, luchando por sobrevivir. Otros, se apresuraron a pintar con pintura roja al aparato para que sepan que los habían encontrado. José Ojeda escribió en un papel un mensaje simple, concreto, que daba cuenta de su estado. Cuando terminó de garabatearlo, con Acuña lo ataron a la sonda y se aseguraron que su grito de esperanza llegue al mundo entero: "estamos bien en el refugio los 33".

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El presidente de Chile, Sebastián Piñera, con el mensaje de los mineros que demostró que estaban con vida.

El presidente de Chile, Sebastián Piñera, con el mensaje de los mineros que demostró que estaban con vida.

“Todos estábamos felices, nos abrazábamos, llorábamos. Bueno, es que lloramos siempre. Cuando llegó la sonda fue una alegría weon. Después nos preguntábamos cuándo íbamos a salir, por dónde, en qué fecha. No sabían. Ahí casi nos mataron de nuevo, porque ya era mucho tiempo abajo. No era muy bueno eso para nosotros”, relata el sobreviviente.

Si bien los habían encontrado, no era para nada fácil sacarlos de allí abajo. Tendrían que ser pacientes mientras los ingenieros lograban que la salida sea segura. Por lo menos ahora tenían contacto con la superficie y la situación había cambiado radicalmente. Comenzaron a recibir comida, música, cartas y revistas. Incluso, Claudio cumplió sus 35 años en la oscuridad de la mina el 9 de septiembre y le enviaron un cupcake de regalo, sopló una vela y todos sus compañeros le cantaron el feliz cumpleaños.

Sin embargo, también comenzó a haber más disputas. Antes de ser hallados con vida, todos se encontraban en la soledad del subsuelo y atravesaban la misma situación. Ahora, el mundo entero sabía quiénes eran. La noticia había cobrado relevancia internacional y todos los noticieros del globo cubrían el evento. Dentro de la mina tenían cámaras que los acompañaban a toda hora, había personas que los buscaban a través de sus familiares para ofrecerles tratos millonarios, pero solo a algunos pocos.

“Dentro de la mina, todos aportamos algo. No había solo dos líderes como dicen. Todos lo éramos, todos teníamos una opinión sobre cada tema. No había un líder. No me gusta que hablen así, porque fuimos los 33. Éramos todos hermanos, éramos todos uno, no más”, aclaró Acuña.

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La cápsula de hierro Fénix 2 trajo uno por uno a los mineros a la superficie, a través de 700 metros.

La cápsula de hierro Fénix 2 trajo uno por uno a los mineros a la superficie, a través de 700 metros.

El 12 de octubre de 2010, 69 días después del accidente, el Gobierno chileno anunció que ya estaban listos para traerlos de vuelta a la superficie. Con asesoramiento de la NASA y a través de una cápsula de hierro apodada Fénix 2, uno por uno los mineros fueron transitando los 700 metros que los distanciaba del aire fresco. Cada sobreviviente fue reconocido por el número de rescate. El primero fue Florencio Ávalos, que salió a las 0:10 del 13 de octubre. El último, Luis Urzúa, casi 22 horas más tarde. Acuña Cortés fue bautizado como el minero 26.

San José era un mundo de gente. Familiares, periodistas, funcionarios, todos querían presenciar el acontecimiento que se ya se había convertido en Historia. “Chi-chi-chi-le-le-le, los mineros de Chile”, se oía cada vez que uno de los sobrevivientes lograba salir de la mina. 1.300 millones de televidentes vieron en vivo los rescates, superando por más de 400 millones la llegada del hombre a la Luna en 1969.

“Cuando salí, la gente había cambiado. Me miraban de otra forma, como si fuera un ídolo. Que te toquen, que te abracen, que te lloren. Y yo no sabía por qué lloraban y me decían que porque fui un héroe. Pero nosotros no fuimos ningunos héroes, nosotros fuimos víctimas de la mala seguridad que tenía la mina. Nosotros fuimos víctimas, nada más. Yo ahora vivo el día a día, no programo más. Porque tenía hartos planes y de un día para otro casi se me van. Hoy, yo le doy gracias a Dios y a mi familia”, relató Acuña.

C5N LLEGADA DE CLAUDIO ACUÑA - EL 26º MINERO RESCATADO

Dentro de la mina recibieron promesas de todo tipo. Pero cuando salieron, las palabras se esfumaron y solo algunos de sus compañeros recibieron algún tipo de compensación económica. Pese a ello, Claudio rehizo su vida. Tuvo un hijo, Claudio Agustín, de 6 años, vive en pareja y, aunque por un tiempo trabajó como chofer, pronto las minas comenzaron a llamarlo de nuevo.

“Volví a la mina subterránea. Mi señora decía que no, mi familia… pero yo decía que a mí me gustaba, me llegaba ese olorcito, en la respiración. Yo lo sentía, parecía que la mina me estaba llamando. No sé, sería para morirme, no sé, pero yo estoy trabajando de nuevo. Me salió esta oportunidad y me fui a trabajar a la Minera Andina, cerca de la Cordillera de los Andes”, explicó.

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Claudio Acuña con la cápsula Fénix que lo rescató hace 10 años, junto a los otros 32 mineros.

Claudio Acuña con la cápsula Fénix que lo rescató hace 10 años, junto a los otros 32 mineros.

Según comunicó la Coordinadora de Trabajadores de la Minería de Chile a diez años del rescate, los riesgos del oficio siguen presentes todos los días por falencias de seguridad y, hasta el 2019, “más de 229 mineros no han corrido la misma suerte que los 33 rescatados y lamentablemente han perdido la vida en su lugar de trabajo”.

Para Claudio Acuña, la seguridad de algunas mineras ha cambiado para mejor durante la última década, pero todavía falta mucho por delante: “Las mineras privadas no cambian, ya han muerto hartos mineros en 2020. Pero donde trabajo ahora estoy 90% seguro, sino no hubiera ido tampoco. Sabes, los mineros no somos bien mirados, así como cualquier persona. Salís transpirado, salís.. salís cochino, así es como sale el minero. Pero no cualquiera lo puede hacer. Eso sí po, ese es el orgullo que yo tengo. Me siento orgulloso con mi trabajo y me gusta, por eso lo hago. Es la profesión que yo escogí”.

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Acuña, el minero 26, trabajó un tiempo como chofer pero luego volvió a su tarea junto a los mineros de Chile. 

Acuña, el minero 26, trabajó un tiempo como chofer pero luego volvió a su tarea junto a los mineros de Chile.

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