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A los 105 años, la abuela Beatriz disfruta y se ríe de la vida

La pandemia no le cambió el espíritu alegre que siempre la acompañó. "Ya va a pasar", asegura.

Tiene la risa incorporada y la suelta en cada palabra o recuerdo que evoca. Acaso porque su pasado está cargado de felicidad y las cosas lindas que le ocurrieron en la vida fueron mucho más que las otras que quedaron escondidas por el olvido.

Beatriz Gerschman es una mujer fresca, llena de vitalidad y con el orgullo de haber vivido 105 años.

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Nació en Colonia Mauricio, cerca de Carlos Casares (provincia de Buenos Aires), el 28 de diciembre de 1915, cuando el mundo era completamente distinto y todavía no había sufrido muchos de los acontecimientos que durante décadas conmocionaron a la humanidad.

Así de longeva es Beatriz. Por más que no lo recuerde, a los tres años de haber visto la luz por primera vez, una pandemia sacudiría al planeta. Era la Gripe Española, una enfermedad que sumió a las comunidades a la angustia, las obligó a realizar cuarentenas y al uso de barbijo. Ella no lo recuerda, pero en la Argentina, y en especial Buenos Aires, se vivió esa sensación de incertidumbre, igual que hoy, poco más de un siglo después.

Tan eterna parece que ya cuando era una beba el mundo atravesaba la mitad de un conflicto sangriento e inútil, como la Primera Guerra Mundial. Y para tener una dimensión del tiempo a nivel regional, el día que nació, la ciudad de Neuquén recién cumplía apenas 11 años como flamante capital del territorio. Así de longeva es Beatriz, pero su mente mantiene con frescura los recuerdos más remotos.

“Yo tuve una infancia muy buena. Con padres buenos, una adolescencia buena”, recordó hace poco tiempo cuando su familia le festejó los 100 años.

Es probable que haya sido una infancia buena como dice, pero en aquellos tiempos, hasta la niñez estaba cargada de sacrificios. Desde niña, Beatriz ayudaba a su padre en la carnicería que tenía la familia y de adolescente jugó un papel clave para llevar los papeles del negocio y hasta para manejar un automóvil que la trasladaba para hacer trámites y compras.

Recuerda que fue un Ford T y que la licencia para conducirlo la obtuvo de casualidad, a los 14 años. Su papá, un inmigrante judío de origen ruso, había quedado imposibilitado de manejarlo y las autoridades de aquel entonces le dieron el permiso para que la adolescente lo pudiera hacer.

La jovencita valiente colaboró en todo. Se crío en ese mundo duro de la industria de la carne, que en aquellos tiempos era una actividad reservada solo para los hombres. Pero ella igual se abrió camino entre las medias reses y el trabajo pesado. Sería una actitud que mantendría a lo largo de su vida. Igual que su alegría y sus contagiosas sonrisas.

Dice que de muy chica desayunaba temprano unos bifes a la plancha; después, se tomaba un café con leche con tostadas y finalmente almorzaba puchero. Todas comidas calóricas que le daban energía para afrontar el trabajo que fuera.

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Junto a su marido Samuel, durante unas vacaciones.

Junto a su marido Samuel, durante unas vacaciones.

En un grupo de amigos conoció al hombre que la acompañaría a lo largo de su vida. Se llamaba Samuel Mutchinick y, según Beatriz, era un tipo encantador y risueño como ella. Dice que tuvo la suerte de que la eligiera entre un grupo de adolescentes pretendientes que también soñaban con formar una familia. “Todas mis amigas me decían ¡qué suerte que tenés! Y es verdad. Tuve suerte porque hoy en día te toca cada uno...”, recuerda y lanza una carcajada.

Un día apareció la oportunidad de una nueva aventura en un lugar lejano en la Patagonia. Un hermano de Samuel se había asentado en General Roca, Río Negro, y le iba bien administrando un corralón. La instalación de un negocio similar en Cipolletti, un incipiente pueblo productivo que tenía una gran proyección de crecimiento podía ser un buen negocio. A la pareja le gustó el desafío y fue ella la que empujó a su marido a esta nueva aventura. En 1943, Samuel y Beatriz llegaron al valle para poner en marcha aquel emprendimiento y nunca más se fueron.

El matrimonio echó raíces inmediatamente. La llegada de tres hijas terminó conformando la familia que tanto habían soñado y con el correr de los años la pareja se adaptó al modo de vida del valle, donde el tiempo pasaba distinto, cada vecino conocía al otro y la solidaridad y la alegría se imponían frente a cualquier contratiempo.

En aquellas épocas era común los almuerzos domingueros compartidos entre varias familias; encuentros que se extendían hasta entrada la tarde, con música, bailes y juegos de cartas.

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Uno de los tantos encuentros familiares que disfrutaban Beatriz y Samuel.

Uno de los tantos encuentros familiares que disfrutaban Beatriz y Samuel.

“Eran unas fiestas hermosas donde nos reuníamos como 40 personas”, rememora Beatriz. Y dice que los amigos se iban turnando todas las semanas para hacer de anfitriones. Así, las fiestas siempre se hacían en diferentes casas. Nunca una era igual a la otra, pero todas tenían algo en común: la diversión.

“Ahora esas costumbres se perdieron. La gente hace casas muy lindas, pero te invitan a tomar un café a la confitería”, reflexiona.

Indudablemente aquellas juntadas eran un recreo o un desahogo después de la rutina y el trabajo duro de la semana. Samuel atendía el corralón, Beatriz lo ayudaba, pero también criaba a sus hijas y atendía las necesidades de la casa.

Su pericia en el manejo de automóviles –algo poco usual para las mujeres de aquel entonces- le permitía recorrer calles y caminos, y dirigirse a otros pueblos que, por el estado de las rutas, parecían increíblemente lejanos por más que estuvieran a pocos kilómetros. “Para ir a Roca era un martirio. El camino era espantoso; todo lleno de piedras”, recuerda. Pero Beatriz era una mujer guapa, decidida y fuerte (empoderada, dirían hoy). Y para allá rumbeaba cuando había que hacerlo.

¿Pudo haber sido esa determinación, esa actitud siempre optimista y esa alegría de disfrutar la vida la que le permitió vivir tanto?

“Tuve un marido excelente, hijas buenas y ahora nietos y bisnietos. Yo gozo de esto. Tengo que agradecerle a Dios que me dio una vida sana”, asegura.

Samuel (10 años mayor) murió en 1981 y para Beatriz –entonces con 65-, fue un golpe fuerte. No solo se había quedado sin su compañero. Había perdido aquel hombre que le contagiaba las alegrías, el que organizaba las fiestas y los bailes, el que la había enamorado de jovencita y le había inculcado esa actitud de fortaleza para transitar la vida.

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Beatriz dice que hay que comer de todo para llevar una vida saludable.

Beatriz dice que hay que comer de todo para llevar una vida saludable.

Pudo haber sido eso también lo que la llevó a seguir caminando sola, a festejar cada cumpleaños como si fuera el último; a soplar 70 velitas y después, 80, y luego 90, 100, 105; a continuar regalando sonrisas y a recordar el pasado con más alegrías que nostalgias.

Beatriz vive hoy acompañada de sus hijas en un departamento de la ciudad de Neuquén. Ya no está sola porque no es momento para la soledad y menos todavía en tiempos de pandemia y angustia como los actuales. Sin embargo, la abuela mantiene el optimismo de siempre, aun cuando escucha las historias de estragos que deja el virus por su paso.

Una de las nietas recordó la charla que tuvo hace poco con el médico de la familia cuando le consultó si era prudente vacunar a Beatriz. Dice que el hombre se quedó pensando y que reconoció que no sabía cómo podía reaccionar una persona tan longeva frente a inmunizaciones como estas que se fabricaron en tiempo récord para enfrentar la peste. Tiene 105 años ¿Y si le hace mal?

Cuando la nieta se lo contó, la abuela fue contundente: “Llevame que me quiero vacunar”. Y hasta el estadio Ruca Che la trasladaron para aplicarle la primera dosis. Poco después le dieron la segunda. Ella posó valientemente para la foto. ¿De qué otra manera lo haría?

Una rutina de gimnasia liviana la ayuda a mejorar su movilidad y una alimentación variada (está en contra de la onda vegetariana y le encantan los asados) le permite mantenerse fuerte y sana. Pero son sus ganas de vivir las que le facilitan esa lucidez y esa coraza contra cualquier enfermedad, así como también le permiten disfrutar al máximo la compañía de sus hijas, sus nietos y bisnietos.

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Beatriz, en su casa. Una buena dieta y un poco de gimnasia la mantienen en forma.

Beatriz, en su casa. Una buena dieta y un poco de gimnasia la mantienen en forma.

“La vida es linda; a veces es jodida como ahora, pero el Covid va a pasar”, dice a modo de sentencia y con total sinceridad.

Y tiene fundamentos para hacerlo.

Beatriz es la testigo que lleva más de un siglo mirando cómo cambia el mundo para bien y para mal; es la abuela divertida que tira buena onda cada vez que se junta con la familia; y también es la mujer optimista de la sonrisa perenne, la que vivió tantas cosas lindas que ya ni se acuerda, pero que está dispuesta a hacer cualquier esfuerzo para seguir disfrutando un poquito más.

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