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La Mañana historias

A los 79, aprende a leer y a escribir con su familia

Isabel Caniullan hace la primaria en su casa, en un paraje de Junín.

Pablo Montanaro

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Junín de los Andes.- “Haga mejor la ‘pancita’ del 5”, le sugiere la maestra Edith Gutiérrez a Isabel Caniullan, de 79 años. “La mano está mal acostumbrada”, responde rápidamente la mujer, con una sonrisa por el error.

Todos los miércoles, durante una hora y media, Isabel junto a su hijo Oscar, sus nueras Genoveva y Alicia, y sus nietos Hilda y Juan reciben las indicaciones de dos maestras que les enseñan a leer y a escribir con el sistema semipresencial para adultos que ofrece el Centro de Educación Integral (CEI) San Ignacio, una escuela agrotécnica ubicada en el paraje San Cabao, a 10 kilómetros de Junín de los Andes.

Las clases se desarrollan en la casa de Oscar, ubicada en el paraje Huilqui Menuco, a escasos metros de la costa del río Aluminé. Hasta allí llegan Edith y su colega Gladys Ortega, después de transitar con la camioneta, que ellas mismas manejan, más de 40 minutos por caminos sinuosos de montaña y ripio.

A las 9:30 en punto Isabel sale de su casa ya preparada con sus cuadernos y lápices, y con las dos maestras se dirigen hasta la casa de Oscar, de 53 años. Nació en abril de 1938, vive con su esposo Marcelino, su nieta Cecilia y dos bisnietos, Rayen y Aldana. Afirma que tiene siete hijos, tres varones y cuatro mujeres. De niña sus padres la dejaron viviendo con una gente conocida que vivía cerca de Pampa del Malleo para que pudiera ir a la escuela. “Yo iba caminando a la escuela pero cuando había viento, nevaba o hacía mucho frío era imposible llegar. Entonces mis papás no me dejaron ir más porque era lejos. En ese tiempo no teníamos vehículo, ni había caminos, era la nada. Ahora hay ruta, caminos, transporte para ir a la escuela”, recuerda quien sólo llegó a segundo grado.

Ahora la maestra le propone hacer un ejercicio que consiste en unir los puntos del 1 al 37 para formar un dibujo. Comenta que se levanta con la luz del sol para regar, lavar y revisar su huerta, “porque algo hay que hacer”. Cada tanto su mirada se posa en la tarea que están haciendo sus familiares. Oscar lee en voz baja pero de corrido y bien un relato mapuche; su nuera Genoveva, de 48 años, la mujer de Oscar, se esfuerza para resolver unas cuentas y su nieta María, de 22, refleja interés en lo nuevo que está aprendiendo en Ciencias Sociales. María hizo hasta cuarto grado y se ilusiona con terminar la primaria. “Capaz que con el tiempo pueda hacer algo más, esto me va a servir el día de mañana”, dice.

“Me cuesta todo porque me había olvidado. Leer me gusta más y las cuentas me cuestan más”, confiesa Genoveva. Oscar comenta que antes miraba cómo el resto de la familia aprendía, hasta que un día decidió empezar para así terminar la primaria. Se alegra de haber dado ese paso porque el próximo año se gradúa. “Terminarla es un orgullo para mí. Significa una vida mejor, un avance”, cuenta quien siempre trabajó en el campo, en las estancias de la zona.

“Un chancho”, dice en voz alta Isabel, y muestra el papel donde unió los puntos hasta formar el dibujo del animal. Las maestras felicitan a sus alumnos porque terminaron todas las oraciones colocando el punto. Cuando le pregunto a Isabel por qué empezó a estudiar, responde: “Para no olvidarse”. Dice que no le gusta llevarse tarea a la casa, que prefiere trabajar en clase porque aprende más. “Para eso son maestras, para que nos enseñen bien, no para que me den tarea”.

Con su ejemplo, Isabel le demuestra a su familia que vale la pena el esfuerzo para aprender.

Cuando la escuela va al hogar con el fin de alfabetizar

El grupo de docentes del CEI San Ignacio visita una vez por semana cuatro parajes de Junín de los Andes para darles clases a los pobladores rurales. Más de 40 alumnos mayores de 30 años y provenientes de diversas comunidades y parajes asisten a las clases del programa semipresencial de adultos que desde 1995 ofrece esta escuela secundaria agrotécnica, ubicada en el paraje San Cabao, a 10 kilómetros de Junín de los Andes.

Como explican sus autoridades, es una manera de implementar una alternativa concreta de educación para adultos mapuches rurales, con el objetivo de alfabetizar y ofrecer la posibilidad de certificar séptimo grado de la escuela primaria a aquellas personas mayores que por diversos motivos no han podido acceder a la educación primaria o han debido abandonarla anticipadamente.

De martes a viernes, las docentes llegan hasta los parajes Aucapán, Huilqui Menuco, Atreuco y Costa del Malleo para dar clases a quienes requieren de esta propuesta. Los alumnos aprenden de los cuadernillos con temas específicos de lengua, cultura mapuche, matemática, ciencias sociales y naturales.

“Cuando bajamos de la camioneta muchas personas nos paran y nos dicen que quieren empezar”, explica Gladys Ortega. Su colega Edith Gutiérrez acota que después de cada clase salen reconfortadas “por cada cosa que aprenden y por algo de la enseñanza que ellos nos brindan a nosotras”.

“Esta familia le da valor a la educación”

“Es hermoso y conmovedor que una familia se reúna todas las semanas alrededor de una mesa y nos espere con sus cuadernos y lápices para que nosotras le enseñemos”, comentó la docente Edith Gutiérrez (la tercera de derecha a izquierda en la foto), “Lo que tenemos que rescatar es el valor que esta familia le da a la educación. Estas personas no estudian con un propósito determinado”, precisó. “Está bueno que los mayores les transmitan a los más jóvenes este valor por educarse”, concluyó.

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