A los 90, Antonio revive los inicios petroleros

Antonio Arteaga pasó de peón a jefe en 30 años de trabajo en YPF. Jubilado, hoy imagina Vaca Muerta.

POR SOFIA SANDOVAL / ssandoval@lmneuquen.com.ar

Después de dedicar 35 años de su vida a la actividad petrolera, Antonio Arteaga se dio el lujo de descansar y abandonó para siempre los traslados constantes y la dureza de la vida cerca de los pozos. A sus 90 años conserva la misma pasión que le permitió escalar posiciones dentro de YPF hasta convertirse en un petrolero jerárquico con 700 personas cargo.

Como si haber nacido en la isla de Chiloé, en Chile, signara su destino, a sus 17 años eligió otra isla, la de Tierra del Fuego, para comenzar una vida nueva. Pasó por varios trabajos en la construcción y se salvó de hacer el servicio militar en Punta Arenas.

En una fecha cualquiera, pero que él recuerda a la perfección, comenzó a trabajar en YPF. Era el 6 de enero de 1949 y el joven Antonio no conocía nada del mundo petrolero. “No sabía ni para qué lado apretar una tuerca”, recuerda, y admite que ingresó tentado por las ventajas económicas de un trabajo fijo en una empresa estatal.

“Yo era muy intruso”, explica con una sonrisa al recordar aquellos primeros meses, cuando preguntaba una y mil veces a sus compañeros más experimentados sobre todos los procedimientos. “Ellos eran muy mezquinos y es muy duro para el que ingresa sin saber nada, pero en seis meses ya pude aprender y sentirme mejor”, relata.

Sus ansias de saber lo llevaron por un camino vertiginoso donde todo cambiaba, menos la empresa. Seguía siendo un ypefiano, pero pasó de peón en boca de pozo al enganchador que trabaja a 27 metros de altura. Fue maquinista y en dos años llegó a encargado de turno. “Siempre quería aprender, pedía libros y leía de todo”, dice. En ocho años llegó a ser jefe de campamento de exploración. Antonio fue testigo de la creación del TF1, el primer pozo de Tierra del Fuego, y se subía todos los días en un viejo Ford de la segunda guerra para cortar el campo e inventarse caminos para llegar a los pozos. “Íbamos en la caja del camión, en unos bancos de madera y, cuando no llegaba, teníamos que caminar 4 o 5 kilómetros con la nieve hasta la cintura”, explica.

Con el tiempo, presenció la llegada de los caminos que facilitaron el trabajo y le sucedieron otras tareas y paisajes: armó equipos en Comodoro Rivadavia y enfrentó los 24 grados bajo cero en una casilla de madera junto a un pozo en Mata Amarilla, en Santa Cruz, donde los pozos se descontrolaban con la presión del gas y el petróleo, y debían recurrir a equipos de empresas contratadas para regular el caudal.

Ya con un puesto de jerarquía, trabajó en Rincón de los Sauces y fue ascendido a jefe de perforación en la subadministración de Catriel. Corría el año 1977 y un decreto firmado por María Estela Martínez de Perón permitía que los ypefianos se jubilaran con 50 años de edad y 25 de servicio. “Yo comencé muy joven, así que tuve que trabajar 30 años hasta los 50”, recuerda.

“Ahora son roles muy técnicos, todo se maneja por computadora y los que ascienden tienen que tener otros estudios; ya no se puede hacer carrera desde peón como hice yo”, reflexiona Antonio y admite que su personalidad curiosa lo motiva a imaginar cómo sería trabajar hoy en Vaca Muerta.

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